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Patriotismo en el siglo XXI


  • Escrito por J. Nicolás Ferrando
  • Publicado en Opinión
(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

Estamos asistiendo, quizás sin saberlo, a un acontecimiento que marcará nuestras, ya de por sí ajetreadas e inseguras, vidas desde apareció el COVID-19. Lo que se está discutiendo estos días en Europa es crucial para nuestro futuro y por eso me he decidido a aceptar la educada y cordial invitación de El Obrero de realizar una tribuna libre, porque creo que debemos detenernos por un instante y pensar en nuestro porvenir de manera especial y examinar con lupa algunos conceptos. Nuestra supervivencia está, realmente, en juego. No exagero y me da algo de miedo escénico hacerlo, porque no escapo a la vulnerabilidad humana.

He criticado en otras ocasiones en el pasado al presidente Pedro Sánchez por diversos motivos. La hemeroteca está ahí para recordarlo y no tengo ninguna intención de esconderlo. Le conozco, por mi actividad editorial, desde que fue concejal en el Ayuntamiento de Madrid (¡Qué tiempos!) y, francamente, tengo sentimientos encontrados sobre su persona que no proceden relatar ahora. No obstante, hoy voy a salir, por primera vez, en su auxilio, aunque sé que no lo necesita, porque creo que está defendiendo con bastante entereza y dignidad el interés nacional en unas circunstancias excepcionales. Se llama patriotismo, algo que creo practicar en mis opiniones públicas, mis libros y, sobre todo, en lo más difícil: mis impuestos. No vale de nada hablar de patriotismo si escondes cuentas en Suiza u otros paraísos fiscales o tus cuentas están manchadas de corrupción. O, también, si justificas todo lo anterior con argumentos peregrinos que son complicados de sostener. Eso va por muchos que se llenan mucho la boca y también por nuestro amiguete Juan Carlos, el emérito, al que he perdido la cuenta de los que lo defendieron en el pasado y ahora hacen el ensayo de tragarse sus palabras.

Concurre además otro extremo: no soy español de origen sino que lo soy por adopción, con nacionalidad en rigurosa regla, señores de Vox. Nací en Argentina y encontré, con tan sólo veinte añitos, en España una acogida que me enamoró y aquí, otros veinte años después, estoy y sigo. Algunos, ya por eso, más en esta realidad tan dispersa y volátil, negarían de plano mis argumentos pero, al margen de ello, los voy a dar sin ningún tipo de tapujo ni aspaviento a continuación.

Lo que se está negociando este fin de semana estival de infarto en Bruselas no es otra cosa que la misma existencia de Europa. No lo olvidemos. ¿Por qué hago esta afirmación tan rotunda? Sinceramente, porque si el viejo continente no sale reforzado de esta durísima negociación no podrá constituirse en una unión política de peso en un futuro. Hace demasiado frío fuera de Europa pero habrá que plantearse o, al menos, imaginarse esa malsonante eventualidad. De momento, nadie quiere hacerlo.

Están sobre la mesa, en la discusión propia de la cumbre, el presupuesto comunitario de los próximos años, el fondo extraordinario de reconstrucción del COVID-19, una regalía de los países frugales que procede de la época de Margaret Tatcher y otros aspectos de los que ya ha hablado todo tipo de prensa en distintas crónicas, más o menos acertadas. Ese es el debate formal entre los mandatarios europeos pero lo que subyace en el ambiente es la propia permanencia de un sistema que no tengo demasiado claro que sea bueno o malo pero es el que tenemos y hemos elaborado, a duras penas, para evitar una tercera guerra u otros desastres mayores.

La cuestión no está en cuánto se destina a transferencias y cuánto a préstamos. No, de verdad que no. El eje crucial de todo es si queremos, con nuestras notables diferencias, seguir juntos en un camino cada vez más sinuoso, con una guerra comercial de dos gigantes en medio y con una Rusia que no termina de democratizarse. Si queremos seguir juntos, habrá que armonizar innumerables cuestiones que no van a ser fáciles pero creo que no hay otra alternativa. Debemos transitar este camino de la mano de países que, a priori, piensan que nos tomamos todas las cosas a risa o, peor aún, que no cumplimos las leyes o que pretendemos vivir del Estado. Todo muy discutible pero qué se sigue diciendo por lo bajo, qué quede muy claro.

Pedro Sánchez se lo ha tomado en serio, todo hay que decirlo, y ha articulado un frente con Italia, Portugal, Grecia e, incluso, Francia. Ha puesto en su agenda este tema como prioridad. Ser patriota es reconocerlo abiertamente. Somos los que hemos tenido la mala suerte de que el COVID-19 nos ataque más fuerte, entre otras cosas, por nuestra forma de ser más cercana y espontánea. Y esto es muy sencillo: o pagamos todos los platos rotos o merece la pena pensar en otras alternativas para una, casi segura, futura crisis, aunque eso duela y nos coloque en el terreno de la incertidumbre.

Voy a poner un ejemplo: en una comunidad de propietarios, algo que abunda en España y de la que se han confeccionado míticas series de TV, si hay una avería en una parte de la misma todos se comen el marrón, hablando en plata. Por supuesto, que a los que no les ha tocado la avería quieren que les suponga el menor trauma posible y es muy lícito pero de ahí a desentenderse hay un trecho y no puede tener justificación alguna.

La comunidad de propietarios llamada Europa tiene, desde luego, una junta en la que el propietario España está herido, junto a otros. Se está hablando, precisamente, de ello y Pedro Sánchez está aguantando el tipo con mucho estoicismo. Yo, desde luego, me hubiera derrumbado mucho antes pero, por suerte, soy editor de libros y no presidente del gobierno elegido por el voto de los españoles. Lo que hay que hacer, más allá de las discordancias del pasado, es apoyarle en esta aventura porque, aún con muchísimos fallos, nos ha enseñado otro camino a la resolución de conflictos trascendentales: hoy se habla de ERTES, de ayudas a Autónomos, de Créditos ICO, de Ingreso Mínimo Vital y no de despidos y desahucios, como hace una década. No lo olvidemos.

Y si las cosas se ponen feas y hay que plantearse abandonar esta comunidad llamada Europa, hay que estar detrás de quién ha demostrado estar a las alturas de las circunstancias. ¡Patriotismo del siglo XXI, señores!


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