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Enrique Múgica, itinerario de libertad


  • Escrito por Felipe Nieto y Abdón Mateos
  • Publicado en Opinión
(Tiempo de lectura: 5 - 10 minutos)

El “rayo que no cesa” de la epidemia Covid-19 que asola en nuestros días a todo un planeta inerme y desconcertado, ha herido de muerte a Enrique Múgica Herzog (San Sebastián, 1932), uno de los dirigentes históricos del socialismo español con más dilatada trayectoria política.

En los años finales de sus estudios en la Facultad de Derecho de la Universidad de Madrid, en 1954 concretamente, ingresó en el partido comunista español, PCE, de la mano de Jorge Semprún, entonces enviado desde París para tareas de agitación y propaganda en los medios intelectuales y estudiantiles. Se habían conocido el año anterior en su ciudad natal, San Sebastián, donde seguía residiendo y siguiendo “por libre” los estudios de Derecho con matrícula en la Universidad de Valladolid. Fue en la casa de Gabriel Celaya, a donde había acudido el joven Múgica, desde bachiller amante de las Letras y de la poesía, para participar en una campaña de recaudación de fondos con la que evitar el traslado de los restos mortales del poeta Miguel Hernández, diez años después de su muerte, a una fosa-columbario prácticamente anónima.

Desde su llegada a Madrid, Múgica desarrolló una gran actividad cultural, fuera aprovechando cauces legales, como revistas del SEU y sus medios materiales, fuera en los márgenes institucionales, con numerosas iniciativas como los Encuentros de la poesía con la Universidad, artículos, Boletines, manifiestos y congresos de estudiantes fallidos a los que se sumó un numeroso grupo de estudiantes que protagonizaría actos de protesta de importancia hasta entonces nunca vista en una universidad española. Hitos destacados fueron el homenaje laico al “filósofo liberal” Ortega y Gasset –así rezaba la esquela no oficial que los estudiantes insertaron en sus boletines–, que murió en octubre de 1955 y la celebración de elecciones estudiantiles libres en la facultad de Derecho, violentamente suspendidas por la invasión y asalto falangista de la universidad ante la victoria evidente de las candidaturas ajenas al obligatorio sindicato estudiantil, el SEU. Enfrentamientos posteriores en las calles de Madrid entre falangistas y estudiantes, con un herido grave producido por disparos de los mismos falangistas, culminaron con el cierre de la universidad, el cese de los ministros de Educación (Joaquín Ruiz-Giménez), secretario del Movimiento Nacional, del rector Laín Entralgo, y el encarcelamiento de un numeroso grupo de estudiantes, considerados “autores” de los sucesos violentos, y de otro importante grupo de profesionales, considerados “inductores”, como fue el caso de Enrique Múgica, detenido en el cuartel de San Sebastián donde realizaba el servicio militar. Las consecuencias para él de una causa que finalmente sería sobreseída fueron una multa de 30.000 pesetas y la prohibición de ejercer la abogacía por unos años.

Cuando volvió a la vida civil Múgica vivió de la docencia y de la abogacía por personas interpuestas hasta que pudo obtener la colegiación obligatoria que autorizaba el ejercicio pleno de la profesión. También recuperó el contacto con el PCE en colaboración con los pequeños grupos creados tanto en Bilbao como en San Sebastián. Así colaboró en las diferentes jornadas de protesta y lucha convocadas por el PCE. A raíz de la de 1958, por la Reconciliación Nacional, fue detenido por tres meses. Nuevamente sería detenido en 1962, esta vez por su apoyo a las huelgas mineras en Asturias. Juzgado en un Consejo de Guerra, fue condenado a 12 años de cárcel, de los que cumpliría 21 meses en el Penal de Burgos, como se sabe una de las prisiones más duras del franquismo, en la que entonces penaban más de 500 presos políticos comunistas.

En condiciones tan adversas Múgica empezó una reflexión política que le llevaría de la crítica del comunismo, sus objetivos y sus medios, al abandono del partido y, a continuación, a ingresar en las filas del socialismo, caso prácticamente único en España que el mismo Semprún poco tiempo después, ya expulsado del partido comunista, alabaría resueltamente por su lucidez pionera. Con sencillez y precisión explica Múgica el resultado sorprendente de su experiencia carcelaria en una carta a su amigo desde los años de su llegada a Madrid, Dionisio Ridruejo, quien, tras pasar por cárceles españolas varias veces y devenido demócrata antifranquista, acababa de regresar a su vez de dos años largos de exilio:

«Hace ya dos años desaparecimos de la circulación, y casi a la par hemos regresado, desde nuestros destinos. Quizá llamar así al mío es un eufemismo, pero lo importante es que se ha vuelto. Me han pasado muchas cosas en este tiempo: me he enamorado, he aprendido el euskera, he estudiado mucho derecho, y sobre todo -lo que no es, por supuesto, lo menos importante- me he librado de la autosugestión alienadora y recobrado el pleno control de mí mismo. Para ello ha sido necesario este trauma, y por ello no puedo echar estos 21 meses y medio a fondo perdido. Me siento contento y más lleno de vigor que nunca, también menos seguro porque ya no hay soluciones dadas de una vez todas, ni registros que respondan automáticamente al tocarlos, sino problemas a los que uno mismo, personal e intransferiblemente, debe buscar remedio. He avanzado de la Fe a la Confianza.» (8 de mayo de 1964, en El valor de la disidencia. Epistolario inédito de Dionisio Ridruejo. 1935-1975, Jordi Gracia (ed.), Planeta, 2007, p. 421).

Una vez recuperada la libertad, Múgica se convirtió en uno de los miembros más destacados de la dirección política del partido socialista, PSOE. Su amistad con Luis Martín Santos, que fue dirigente del PSOE clandestino junto a Ramón Rubial, le fue acercando al socialismo. De hecho, Múgica tuvo noticia de la muerte de su amigo estando todavía en la cárcel. Heredó un núcleo de profesionales socialistas en San Sebastián, junto a núcleos de obreros socialistas de localidades como Éibar, reclutando desde su despacho de abogados a cuadros como José María Benegas y Ramón Jáuregui. De la mano de Rubial y de Antonio Amat, el compañero “Goizalde” accedió a la dirección clandestina del PSOE y de la UGT, conocida como Comisión Permanente, en 1967, perteneciendo, de manera ininterrumpida a la Ejecutiva hasta 1994. Su pasado comunista y activismo arrollador causaron recelos entre los veteranos socialistas, siendo uno de los impulsores de la reestructuración de las organizaciones socialistas en los congresos de UGT de 1971 y del partido de 1972, que dieron lugar a la escisión de los seguidores de Rodolfo Llopis en el PSOE “histórico”.

Como miembro del grupo de los socialistas vascos promovió la renovación del partido socialista desde el interior, con un papel destacado en el Congreso de Suresnes de 1974, del que salió como Secretario de Coordinación en la dirección que encabezaba Felipe González. Fue uno de los miembros más activos en los órganos y plataformas conjuntas de las fuerzas de oposición. A lo largo de la transición, mantuvo numerosas reuniones con miembros del gobierno de UCD y del resto de fuerzas políticas, logrando que los centristas reconocieran los derechos a los funcionarios de policía de la República, o que el PNV formara candidaturas conjuntas con el PSOE para el Senado en las elecciones fundacionales de la democracia de junio de 1977.

Como parlamentario desde la primera legislatura, 1977, dedicó su trabajo a la política de Seguridad y Defensa. En una época muy temprana se declaró abiertamente socialdemócrata y partidario de la incorporación de España a la OTAN. En calidad de presidente de una comisión parlamentaria y secretario de Relaciones Políticas del PSOE participó en un controvertido almuerzo con el general Armada que le granjearía acusaciones de posible connivencia con propuestas golpistas concretadas en parte en el fallido golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. En realidad, este contacto en búsqueda de saldas a la crisis política se insertaba dentro del acoso a Suárez tanto dentro de la oposición como de su propio partido. Aunque nada quedó demostrado contra Múgica, se dijo que esa sospecha frustró su incorporación a los primeros gobiernos socialistas a los que parecía predestinado. Sin embargo, cabe pensar que González prefiriese contar para su primer gobierno con cuadros más jóvenes con un perfil más técnico y con menor peso político histórico. Durante este tiempo igualmente, debido entre otras causas a su ascendencia judía, fue también un avanzado en la política de acercamiento al Estado de Israel y un decidido partidario del establecimiento de relaciones diplomáticas a las que el franquismo se había opuesto con denuedo y en la izquierda pervivía una cierta reticencia.

De 1988 a 1991 fue por fin nombrado ministro de Justicia. Se cumplía lo que con su osadía característica les había anunciado a sus sorprendidos condiscípulos, Javier Pradera y Clemente Auger, revista de literatura francesa en mano una mañana de octubre de 1954: un día seré ministro de justicia. Coincidió en el Consejo de Ministros con otro antiguo comunista, Jorge Semprún, titular de la cartera de Cultura, si bien en esos momentos las relaciones entre ambos se enturbiaron un tanto a raíz de las declaraciones de Semprún sobre el caso Juan Guerra y su petición de responsabilidades políticas. Tras su salida del Ministerio en 1991, Múgica se alineó claramente con las posiciones de Alfonso Guerra dentro de la dirección del partido. De las diferentes medidas tomadas bajo su mandato que han seguido vigentes muchos años con efectos positivos destaca la llamada política de dispersión de los presos acusados de terrorismo. Quizá por ello pagó un precio muy alto. En el año 1996 la plaga, esta de origen “fieramente humano”, que asolaba España, el terrorismo de la ETA, golpeó a Múgica con el asesinato de su querido hermano y colega de profesión, Fernando Múgica. Enrique sería uno de los más implacables combatientes, la ley en la mano y lejos de toda indulgencia –«ni olvido, ni perdono» dijo más de una vez–, de un terrorismo criminal revestido de argumentos políticos que siempre rechazó con resolución.

La vida política de Múgica culminó con su nombramiento como Defensor del Pueblo, cargo asumido con el consenso de todas las fuerzas políticas y ejercido con amplio apoyo por más de 10 años. Su recurso contra el nuevo Estatut de Catalunya o sus declaraciones críticas contra la Ley de Memoría Histórica de la época de gobierno de Rodríguez Zapatero resultaron también muy polémicas. Para desempeñar esta magistratura, Múgica renunció a una longeva militancia socialista que ya no recuperaría en años posteriores, aunque siguió colaborando en actividades organizadas, por ejemplo, por la fundación Pablo Iglesias. Durante estos años, Múgica acentuó su perfil moderado, convirtiéndose en un adalid de la máxima de Indalecio Prieto, de ser socialista a fuer de liberal.

Además de haber escrito numerosos artículos políticos y otros dedicados a la ciencia jurídica o a la literatura y la poesía, Múgica deja unas memorias, cuyo título bien puede ser el resumen de toda su vida: Itinerario de libertad.

Con la muerte de Enrique Múgica, desparece un destacado representante de la generación de hijos de la guerra y uno de los más veteranos dirigentes socialistas vivos, cuyo compromiso antifranquista desde mitad de los años cincuenta se prolongó en libertad desde la transición hasta nuestros días, siendo uno de los más representativos protagonistas de la España democrática. 



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