Cuarenta años no es nada y es todo
- Escrito por Antonio García-Santesmases
- Publicado en Opinión
Conmemoramos cuarenta años del referéndum de la Otan celebrado el 12 de marzo de 1.986 y lo hacemos en un momento en el que inevitablemente establecemos las coincidencias y las diferencias entre nuestro mundo y aquellos años ochenta del pasado siglo. Cómo vivíamos el mundo internacional en aquellos años ochenta y cómo lo vivimos hoy; cómo lo vivimos en una coyuntura en la que la guerra es una realidad presente en Ucrania y en Irán y donde el genocidio cometido en Gaza sigue presente en nuestra conciencia.
Cada uno activa a su modo la memoria para recordar lo que vivió y los acontecimientos en los que participó. En mi caso las emociones se agolpan al sacar del olvido la tensión de aquellos momentos, el dramatismo que vivimos - desde izquierda socialista - la sucesión de acontecimientos desde el 28 de octubre del 82, cuando se produce el triunfo electoral del Psoe ,hasta aquel 12 de marzo del 86 en que se realiza el referéndum sobre la permanencia de España en la Otan.
En los pasados días hemos recordado los cuarenta y cinco años de los sucesos del 23 de febrero del 81. Creo que muy pocos españoles hubieran imaginado el 25 de febrero del 81 que asistiríamos a una crisis de la UCD como la que se produjo. Dos días después del golpe imaginábamos una reconfiguración del espacio de centro derecha con un presidente netamente conservador como Leopoldo Calvo Sotelo que llegaría a algún tipo de acuerdo con Alianza popular y con las minorías vasca y catalana.
En el discurso de investidura de Calvo Sotelo ya figuraba la entrada de España en la Otan. Una propuesta que fue aprobada por Alianza popular, la Ucd, CIU y el Pnv. En mayo del 82 se produjo el ingreso siendo Javier Ruperez el primer embajador de España en la OTAN. Rupérez había sido uno de los más firmes defensores del entonces denominado “argumento de la congruencia”: la comunidad económica europea y la OTAN constituían un todo. Si queríamos integrarnos en la vida económica europea había que ser coherentes y aceptar que la aportación militar era imprescindible. Esta aportación se realizaba desde la Otan.
El Psoe en la oposición defendía que había buenas razones - nada menos que cincuenta- según un folleto de la época para oponerse a la integración. Se argumentaba que España ya realizaba su colaboración con la presencia de bases militares en nuestro territorio y se consideraba que dar un paso más allá iba en contra de la seguridad europea; había que evitar la militarización del pensamiento político y la carrera de armamentos; todos estos fenómenos se había incrementado en la segunda guerra fría con Thatcher, Reagan y Wojtyla.
Se ha especulado acerca del eslogan con el que el Psoe sintetizó su postura al definir su posición con el famoso “OTAN de entrada no” ; un slogan que podía entenderse como “un indiscutiblemente no, es un tema que no es discutible, de entrada ya le digo que en es un tema que no es negociable”; o con un más tibio “por el momento no, dadas las circunstancias ya veremos”.
Como sabemos al realizarse el referéndum- a pesar de que muchos sectores de la opinión pública pensaban que no se iba a producir- se produjeron muchas sorpresas. UCD ya había desaparecido, pero había emergido el CDS de Adolfo Suarez y la derecha centrista estaba auspiciando la llamada operación Roca. En ese contexto Alianza popular se declara contraria al referéndum y apoya la abstención mientras las minorías vasca y catalana llaman a votar en conciencia.
El problema del gobierno de Felipe Gónzalez es que sin el voto de la derecha las encuestas daban un enorme apoyo al no en el referéndum. Los votantes de izquierda eran los que se encuontraban más movilizados para participar y mostrar su rechazo a la permanencia en la Otan.
Había varías posiciones en el no que respondían a distintas culturas. Había un sector minoritario favorable al pacto de Varsovia que consideraba que todo lo que fuera debilitar a la Alianza atlántica era un dato enormemente positivo. Conseguir un no podía ser una magnífica noticia en la era de Reagan.
Dentro de la cultura de la izquierda ese sector era, tal como yo lo recuerdo, muy minoritario. Sí tenía mayor presencia y visibilidad la izquierda contraria al proceso de transición, bien por pertenecer a grupos nacionalistas de izquierda, bien por apoyar a formaciones como la LCR o el MC que tenían una gran relevancia en aquellos momentos. Eran muy activos y tenían un papel decisivo en la Comisión Antiotan.
Una tercera posición estaba vinculada a los grandes sindicatos de clase, a UGT y CCOO, a la emergencia de la coalición auspiciada por el Pce y por el Pasoc que daría pie a la creación de izquierda Unida. Esta posición en la que se ubicaban socialistas de izquierda, eurocomunistas y sindicalistas era muy cercana a la que defendíamos en aquellos años los militantes de izquierda socialista y los de grupos pacifistas como el MPDL . En este sector podemos ubicar a los intelectuales vinculados a la revista MIENTRAS TANTO que van a jugar un papel muy relevante en la elaboración de una posición vinculada a los nuevos movimientos sociales, especialmente a la conexión entre el pacifismo, el ecologismo y el feminismo. Por último tenían un papel muy relevante grupos cristianos como Justicia y Paz que hicieron una gran labor de difusión de los peligros de la carrera de armamentos.
En aquella época no existían periódicos digitales y sólo existía la televisión estatal. El periódico de papel jugaba un papel muy importante para conseguir un cambio en la voluntad de los militantes de izquierda era el diario EL PAIS. El debate atravesó a todos los sectores de las distintas izquierdas. Había un sector relevante que apoyaba la posición del gobierno a favor de la permanencia consiguiendo el apoyo de figuras señeras del mundo literario como Rafael Sánchez Ferlosio. Javier Pradera jugó un papel decisivo para conseguir estos apoyos, pero algunos intelectuales como José Luis Aranguren mantuvieron el no hasta el final.
Es interesante recordar que ya habían fallecido en aquel mes de marzo, de hace cuarenta años, las dos figuras más importantes durante años del pensamiento marxista en España. Me refiero a Enrique Tierno Galván y a Manuel Sacristán. Los dos se habían pronunciado en contra de la Otan. Sacristán manifestó lucidamente que uno de los efectos más perniciosos del sí a la Otan era lo que denominaba la “Otan hacia dentro”. Entendía que para cambiar la opinión pública de izquierda se estaba produciendo un martilleo sobre las conciencias continuo que no éramos soberanos, que no podíamos hacer alardes de pacifismo en un mundo que es como es y donde sólo cabe bajar la cabeza y aceptar la cuota parte de responsabilidad de lo que decidan los líderes del mundo internacional.
Como eran pocos los que consideraban- dentro de las izquierdas- que la Otan representaba la paz y la libertad había que aparcar esa retórica elevada e insistir en un realismo crudo: nuestra soberanía era limitada y no estábamos en condiciones de dar lecciones “pacifistas” a nadie; en mundo internacional había que obedecer y callar, que someterse y que claudicar. Las cosas en el escenario internacional son como son y siempre acaba imponiéndose la ley del más fuerte. No hagamos de quijotes so pena de sufrir terribles consecuencias insospechadas si somos capaces de desafiar a los dueños del imperio.
Pocos días antes del referéndum se produciría el asesinato de Olof Palme y pocos días después el bombardeo de Libia por parte de Reagan. No se puede decir, sin embargo, que en aquellos años todo fueran malas noticias. A los pocos meses hubo motivos para la esperanza. Se produjo la llegada de M. Gorbachov a la Unión soviética y la propuesta de un nuevo pensamiento político que pusiera el desarme en primer lugar y terminara con la enloquecida carrera de armamentos.
Con la perestroika hubo momentos de gran esperanza. En los movimientos contrarios a la permanencia en la Otan jugaba un gran papel el detener el gasto enloquecido en armamento e invertir en los problemas Norte-Sur. Gorbachov pedía una perestroika que superara la política de bloques. Como sabemos cayó el comunismo y desapareció el Pacto de Varsovia pero la Otan, sin saber muy bien cual era el enemigo, siguió existiendo. Comenzaron entonces las nuevas doctrinas estratégicas norteamericanas acerca del fin de la historia, del choque de civilizaciones y de la guerra contra el terrorismo.
No se había producido el choque entre las dos superpotencias que habíamos temido pero sí el resurgir de los nacionalismos de Estado. En primer y decisivo lugar del nacionalismo alemán tras la unidad del año 1.990 y el lento pero decisivo crecimiento del nacionalismo ruso. Frente al siglo americano iban creciendo los agravios y los resentimientos, las expectativas no cumplidas y los deseos de venganza. El mundo cambiaba vertiginosamente.
No vuelve a darse un debate en nuestro país de la intensidad del vivido con la Otan pero sí se produjeron grandes movilizaciones a principio del siglo veintiuno con la guerra del trio de las Azores en Irak y se han vuelto a dar en los últimos meses con motivo de la guerra en Gaza y últimamente con la guerra contra Irán.
Así como hace cuarenta años muchos sectores de izquierda vivimos una sensación de impotencia, una percepción dolorosa de que la voluntad política contaba muy poco y sólo cabía plegarse a los designios del más fuerte, no fue esto lo ocurrido ni con la retirada de las tropas de Irak por el gobierno de Zapatero ni lo ha sido hoy por la actitud valiente y decidida del gobierno de Pedro Sánchez defendiendo la necesidad de la creación de un Estado palestino y rechazando la guerra contra Irán. Dos decisiones que nos llenan de orgullo a muchos españoles y creo que a la inmensa mayoría de los socialistas.
No es de extrañar la reacción de las derechas en las dos ocasiones y la conexión que establecen entre Zapatero y Sánchez. La retirada de las tropas era una promesa electoral pero, tras los cambios sobre la Otan ,la opinión pública estaba acostumbrada a olvidar las promesas y a los cambios de criterio. Una cosa eran las convicciones morales y otra la responsabilidad a la hora de gobernar.
La valentía de la decisión de retirar las tropas de Irak ha quedado prendida en el imaginario de los españoles como un gesto de afirmación de la propia soberanía, como una confirmación de que en ocasiones la voluntad política cuenta. Igualmente cuando el gobierno de coalición aparece encabezando el no a la barbarie en Gaza y la negativa a la utilización de las bases militares en la guerra con Iran nos recuerdan la capacidad de los gobernantes para asumir riesgos y defender principios.
Hace cuarenta años el gobierno de Felipe González jugaba el papel previsible de un gobierno progresista, reformista, centrista, equiparable a las posiciones de muchas fuerzas liberales y conservadoras europeas. Asumía el papel de una derecha democrática frente a una derecha, como la de Fraga, que cargaba con el recuerdo del franquismo. Todo cambió con la llegada de la generación de Aznar que no dudó en apoyar a Bush y a Blair a pesar de la posición contraria del consejo de seguridad de la Onu y de las principales potencias europeas como Francia y Alemania. De ahí la relevancia de la retirada de las tropas por parte del gobierno de Zapatero.
La decisión del gobierno de coalición tiene, a mi juicio, todavía más mérito. Bush y Blair son seres beatíficos en comparación a la violencia incontrolada, imprevisible y enloquecida de Trump. En esa circunstancia que haya sido un presidente del gobierno español el que haya devuelto el honor a Europa por lo ocurrido en Gaza y que sea el que encabece la oposición al delirio belicista de Trump es algo que nos llena de orgullo como españoles.
Se ha dicho en muchas ocasiones que el español tiene un complejo de inferioridad con relación al mundo internacional. Si por español se entiende al ciudadano que veía como la dictadura de Franco se perpetuaba a partir de 1.953 con la presencia de las bases militares es comprensible ese complejo. Se daban todas las facilidades y se asumían todos los peligros a cambio de la legitimación de la dictadura. La frustración estaba vinculada a asumir todos los riesgos y no poder participar con pleno derecho en el orden internacional. Exiliados como Indalecio Prieto lo denunciaron en su día pero su voz no llegaba a los españoles sometidos a una dictadura.
Cuando nos hemos insertado de pleno derecho en el mundo internacional, cuando ya hemos podido participar, cuando nos hemos homologado, hemos procurado, como hizo el gobierno de Felipe Gónzalez, asumir la posición más conciliadora posible sin levantar nunca la voz. Los que consideran que ese es el papel que nos corresponde es comprensible que se lleven las manos a la cabeza por el atrevimiento de unos gobernantes que retiran tropas o que se niegan a permitir el uso de las bases militares. De ahí la añoranza a los estadistas de hace cuarenta años.,
Pero con esas decisiones tanto Zapatero en su día como Sánchez hoy se ganaron la animadversión de muchos sectores con poder pero también el reconocimiento, la gratitud y el orgullo de los que pensamos que solo así se puede fundar el auténtico patriotismo. El orgullo patriótico no se produce cuando uno está dispuesto a estar con su nación siempre con razón o sin ella, cuando está dispuesto a apoyarla en todo tiempo y lugar. Ese patriotismo acrítico, a menudo excluyente y xenófobo, puede y debe ser contrarrestado por un patriotismo constitucional que tiene siempre presente el recuerdo de la barbarie y hace lo posible por evitar que se repita. En este sentido, cuarenta años después de aquel referéndum, podemos estar orgullosos del primer gobierno de coalición que ha sabido estar a la altura de las circunstancias.
Antonio García-Santesmases
Catedrático de Filosofía política de la Uned y ex portavoz de Izquierda socialista.