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Trumpismo y fascismo


(Tiempo de lectura: 4 - 7 minutos)

El actual Presidente de los Estados Unidos de América, Donald Trump, ha sido siempre un personaje peculiar y con unos orígenes y antecedentes confusos, que nunca han sido aclarados.

Sobre su manera de proceder, hace tiempo que los analistas han visto paralelismos entre el fascismo europeo de los años veinte y treinta del siglo pasado y el trumpismo.

Al principio de su segundo mandato –hace poco más de un año– ciertos académicos aún ponían algunas cautelas a los que veían paralelismos entre su proceder y el del fascismo; pero a partir de los acontecimientos de Minnesota quedan pocas dudas de que dichos paralelismos son mayores de lo que algunos pensaban.

¿La historia se repite?

La misma manera en la que ha emergido el “trumpismo” y la forma en la que se apoyan y articulan sus socios, lacayos y simpatizantes en el mundo, recuerda demasiado a la forma en la que Hitler y sus camisas pardas llegaron al poder en Alemania en 1933. Con el valioso –casi imprescindible– apoyo de los partidos conservadores, que ante la crisis de la Gran Depresión y el clima político conflictivo que los propios nazis contribuyeron a generar, se pusieron en manos de un dictador y un partido con una feroz voluntad de control político total. Personajes como el Mariscal Hindenburg y, sobre todo, el Canciller Von Papen fueron determinantes tanto en el vuelco del electorado alemán hacia la extrema derecha, como en abrir la puerta del poder a los que luego trajeron tanto dolor y sufrimiento. También al pueblo alemán.

Algo parecido ocurrió entonces en otros países europeos, incluida España, donde en las elecciones de febrero de 1936 el partido más netamente fascista –Falange– ni siquiera obtuvo un escaño; pero pronto se convirtió en la formación que nucleaba al fascismo español, incluida la mayoría de las Juventudes de la CEDA (las JAP), que gustaban de desfilar uniformadas y corear consignas de exaltación al Jefe. “Los Jefes nunca se equivocan”, decían en sus estatutos, proclamando un apoyo total a dicho Jefe, José María Gil Robles, que no acabó siendo el que ocupó el poder, precisamente.

Por eso, y por muchas otras razones, estremece ver cómo está actuando Trump, cómo está nucleando y financiando por todo el mundo a partidos con sus mismos enfoques –como VOX y también el PP en España–, y cómo cada vez se parece más a lo que fueron –e hicieron– Hitler y Mussolini en Europa en las primeras décadas del siglo XX.

El nido de la serpiente

Amén de multitud de paralelismos y coincidencias, como las que se recogen en el cuadro 1, hay, al menos, cinco rasgos caracterizadores del proceder de los fascismos que, una vez más, están llevando a “helar el corazón” de muchas personas de buena voluntad, que se declaran –nos declaramos– herederos del “espíritu de la Ilustración” y de los princi- pios propios del Estado de Derecho y las políticas de bienestar social que han llegado a caracterizar a los pueblos europeos. Posiciones y actitudes desde las que tenemos que ser capaces de levantar un muro defensivo ante el envite del fascismo del siglo XXI que representan Trump y sus aliados. (Vid Cuadro 1)

Es cierto que a algunos les cuesta ver lo que tienen ante sus ojos. Se trata de aquellos a los que resulta incomprensible que un país tan avanzado como los Estados Unidos de América, que otras veces ha sido un faro mundial en la defensa de la democracia y la civilización, se haya podido convertir en tan poco tiempo en el nuevo nido de la serpiente.

Pero, lo cierto es que lo mismo ocurrió en Alemania en los años treinta del siglo XX. Entonces, en poco tiempo el país de los grandes filósofos (Kant, Hegel, Marx, Husserl, Heidegger...), de los grandes músicos (Bach, Beethoven, Brahms, Schumann, Wagner…), de los grandes científicos (Kepler, Humboldt, Hertz, Einstein, Heisenberg, Fahrenheit, Gauss, …), y de tantas cosas positivas, se convirtió en una especie de gran cuartel donde se imponía la razón de la fuerza y en el que desfilaban sin parar los camisas pardas, las juventudes hitlerianas, las SS. Y donde se perseguía con saña a los judíos, a los gitanos y a otras minorías. Sin olvidarnos de los comunistas, los sindicalistas, los socialdemócratas y otros demócratas genuinos.

Tal espíritu persecutorio enlaza con una caracterización netamente autoritaria en la manera de entender el ejercicio del poder. Incluso de manera displicente y agresiva.

Paralelismos estremecedores

En los Estados Unidos de nuestros días –y a la espera de verificar si se produce una reacción con- tundente del electorado norteamericano–, Trump ha organizado también tropas militarizadas paralelas de ciega obediencia presidencial, ha puesto a su frente a auténticos fascistas, que incluso imitan en sus ropajes a las SS alemanas. Y pretende llevar al Estado de Minnesota a tropas de élite (1.800 paracaidistas) para enfrentarse a manifestantes pacíficos. Manifestantes a los que sus tropas de asalto han tiroteado de manera infame, demostrando el poco respeto que tienen por la vida humana. No se sabe si hasta el extremo de las SS y otros cuerpos militares alemanes que adornaban sus uniformes con calaveras y otros símbolos similares.

Este desprecio también se manifiesta, en segundo lugar, en bombardeos exterminadores contra lo que ellos sostienen que son lanchas de contra- bandistas de drogas. Algo ante lo que algunos se preguntan ¿por qué no detienen a los “contrabandistas” en aguas internacionales y los llevan a los Tribunales de Justicia? Sencillamente porque no creen en el Derecho, y ni siquiera en el principio de legalidad. Sobre todo, cuando bombardean países libres y soberanos y “detienen” a sus Presidentes (como Maduro) en operaciones militares de comandos, que luego exhiben como una amenaza posible ante otros líderes y países.

Chivos expiatorios

En tercer lugar, han creado un “chivo expiatorio” de todos los males de su sociedad, al igual que hicieron los nazis con los judíos. En este caso, su chivo expiatorio son los migrantes latinos, a los que persiguen con saña, sin respetar sus derechos –ni siquiera el derecho a la vida–. Igual que hacen con aquellas personas que defienden a los que están siendo perseguidos.

Tal espíritu de persecución les ha llevado a organizar auténticos “campos de concentración” y cárceles sobresaturadas en otros países. Lugares a los que llevan a los emigrantes y los mantienen internados y sometidos a un trato infrahumano, sin juicios, ni procedimiento judicial alguno.

En cuarto lugar, el trumpismo impulsa una política internacional de agresividad extrema, con el propósito de apropiarse de territorios que no les pertenecen, como Groenlandia, que Trump afirma que piensa anexionarse “por las buenas o por las malas” (sic), como hacían Hitler y Mussolini en su momento. O pretende anexionarse Canadá o apropiarse del petróleo de Venezuela, de Irán o de cualquier territorio que se le antoje.

En realidad, el propósito expansionista de Trump es más cínico y amoral que el de Hitler, que inicialmente solo hablaba de “recuperar espacios naturales” de Alemania; es decir, zonas donde la población hablaba alemán y estaba entroncada con la cultura alemana.

Pero, excepto en el caso de Canadá, que aún así es un país bilingüe, para Trump no hay razones naturales y morales, sino que su expansionismo se sustenta en la codicia más rampante: quedarse –o controlar– el petróleo y los recursos minerales que le plazca, o que necesita él y su grupo de aliados de la oligarquía tecnológica, habiendo llegado a sos- tener, sin ningún pudor, que lo que él quiere, por ejemplo, es explotar las posibilidades turísticas de las playas de la franja de Gaza.

 

José Félix Tezanos Tortajada es un político, sociólogo, escritor y profesor español, presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas.


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