Antisanchismo como patología antipolítica
- Escrito por Rafael Fraguas
- Publicado en Opinión
El origen del mal es y está en la ignorancia. Tan letal es, que todo lo contamina. Cuando se instala sobre la vida de la comunidad, esto decir, sobre la polis, se transforma en antipolítica. Sus efectos son devastadores: embrutece las pasiones, desata el odio y el rencor y acaba por arruinar la convivencia. Y lo hace hasta extremos insoportables.
Causa y resultado de la ignorancia es la inseguridad. Para atajarla, el individuo ignorante, inseguro y malvado pues, recurre al dogmatismo. No contempla ninguna otra alternativa. Cierra sus ojos y sus oídos a todo otro estímulo. La brutalidad toma posesión de sus actos y la induce en los demás. De todo ello surgirán, en la escena política y en gradual escala, las conductas autoritarias, dictatoriales, totalitarias a las cuales es muy difícil poner freno. Porque el mal, es decir, la ignorancia, la inseguridad, la brutalidad a ambas asociada, plantea una asimetría tóxica que facilita al ignorante escapatorias constantes frente a los demás. Juega en otro campo fuera del alcance de la lógica, de la moralidad y de la sensatez. Habla otro lenguaje, el lenguaje de la arbitrariedad. Para acordar algo con él, o ella, debiera compartir siquiera un mínimo básico imprescindible para consensuar cualquier medida. Pero los acuerdos con ese individuo ignorante, con faldas o sin ellas, resultan imposibles. Sus actos solo llaman a la confrontación directa, a la guerra. Ese es su juego, para desesperación de aquellos a quienes sitúa enfrente.
Poner freno
La pregunta que toda persona cabal se hace es la de cómo poner freno a la arbitrariedad que implican los actos del ignorante políticamente encumbrado. Porque el daño que la antipolítica causa en la sociedad es de un alcance aterrador. Lo estamos viendo ahora en la ciudad estadounidense de Minneápolis, donde una policía paramilitar creada para la ocasión, con actitudes y atuendos propios del nazismo, se dedica a dar muerte a ciudadanos y ciudadanas que, ejerciendo su derecho democrático a manifestarse, se oponen a la presencia en las calles de esos matones a sueldo pagados con dinero federal para castigar a los inmigrantes. El cantante Bruce Springsteen, tras movilizar su ascendiente popular derivado de su compromiso social, ha compuesto una canción para denunciar lo que allí sucede. Pero no basta. El riesgo rampante de una guerra civil crece agigantadamente en Estados Unidos, confrontación que adquirió su primer y gravísimo fogonazo en el asalto multitudinario al Congreso de Washington el 6 de enero de 2021 por parte de seguidores de o enardecidos por, Donald Trump. La proliferación en manos privadas de armas, así como su uso irresponsable por autoridades policiales y paramilitares, aviva la posibilidad de tal conflagración en el seno de la sociedad estadounidense.
¿Hay salida al callejón hacia donde el mal conduce? Si, la hay. Será preciso examinar aspectos causales relevantes para acceder a la salida del túnel. Lo haremos en lo concreto. La sociedad estadounidense está muy enferma. Décadas y décadas de propaganda supremacista aventada desde Hollywood y desde vectores del mundo de los negocios y de la Academia, con sus recetas ultraindividualistas, vengativas, a la postre racistas y casi siempre a mano armada, han erosionado los frágiles mimbres de aquella democracia pionera hace tres siglos, devenida ahora en hueca caricatura de sí misma. La democracia se ha evaporado de la política estadounidense.
Si bien la política de poder proyectada hacia la agresión geopolítica nunca desapareció de las prácticas cotidianas de la Casa Blanca, inductora de tantas guerras, golpes de Estado y desestabilizaciones como quepa imaginar, la sociedad estadounidense mantenía ciertos controles y ciertas instituciones, señaladamente la judicial y la Prensa, para refrenar los abusos del poder. Pero hoy, esas instituciones, destacadamente la Prensa libre, han sido premeditadamente desprovistas de su aguijón crítico, de sus equipos de investigación, ahora desmantelados cuando no en trance de extinción.
Como en toda sociedad política, el poder tiene distintos nodos. Allí, en Estados Unidos, el complejo militar-industrial asociado al Pentágono, es decir, los productores y vendedores de armas, Wall Street, Sillicon Valley, la Mafia y el propio Hollywood, comparten un poder omnímodo que ejercen por doquier. Nada de lo que allí sucede esquiva el pasar por sus manos. Tanto, que son capaces de encumbrar hasta la Casa Blanca a un individuo de la catadura de Donald Trump, cuyo mero expediente psiquiátrico causaría espanto en el menos informado de los psiquiatras locales. Ignorante entre los ignorantes, airado, disfórico, arrogante, machista e inculto, todo un dechado de virtudes necesarias para hacer lo que está haciendo y deshacer lo que está deshaciendo. Creyeron que sería el títere perfecto para aplicar el designio de los mentados poderes fácticos –qué asociación de ideas nos sugiere lo que allí sucede con lo que acontece por nuestros lares-. Pero el títere parece haberse emancipado, siquiera parcialmente, de aquella tutela y aporta inesperadamente a la antipolítica más descarnada su maldad propia, su ignorancia de los usos políticos racionales, su inseguridad personal, su incultura y su matonismo. Es el capitalismo financiero y mafioso en estado puro. Ya sin careta.
Un empeachment anhelado
¿Qué es lo que le mantiene al frente formal del poder? Cualquier persona sensata prevé que no debería de durar mucho como inquilino de la Casa Blanca, en la confianza en que algún grupo de parlamentarios o institución promueva allí un empeachment, una revocación legal de su mandato presidencial. Evidencias para revocarle abundan por doquier. Solo de tal manera cabría atajar la corrosiva erosión de valores democráticos a la que está sometiendo al mundo y a los Estados Unidos de América. Y lo hace tanto en su proyección mundial, ahuyentando a aliados históricos como los de Europa Occidental a propósito de su expansionismo declarado hacia Groenlandia y Canadá, como en el atribulado interior del país, sacudido por la indignación que su represiva y cerril conducta policial provoca. Pero la revocación presupondría la persistencia de elementos con cierta cordura dentro del núcleo de poderes fácticos allí vigentes: ahí reside la duda, precisamente. Hay muchos indicios de que esa ignorancia suya puede haber colonizado ya a buena parte de la mentada clase política del gran país trasatlántico. No hay más que observar y escuchar al vicepresidente James Vance y a Marco Rubio, escuderos del déspota, para hacerse una idea de quienes le rodean.
Queda una remota esperanza, manque remota en demasía. Atajar la ignorancia implica necesariamente que el ignorante tome conciencia de su limitación. Es el estoico “conócete a ti mismo”, puerta necesaria para poder dedicarse luego “a lo alto”, a algo tan trascendente, por ejemplo, como la política. En el caso, los casos, que nos ocupan, tanto allende como aquende, ha habido individuos o damas que han comenzado por acceder al poder sin atravesar la fase de autoconciencia, sin saber los grandes defectos y limitaciones subjetivas y objetivas que les acompañaban. Y tal desconocimiento genera consabidos efectos. ¿Será posible que Donald J.Trump caiga del caballo, como reza la metáfora paulina, y dé marcha atrás en su carrera hacia un abismo en el que parece querer precipitarnos a todos con él? La dama que afirma por aquí que los familiares de los ancianos muertos en residencias de mayores, sin asistencia médica, hasta 7.291, componen una “plataforma de frustrados”, ¿será capaz de recapacitar sobre el daño que su maldad, su ignorancia, su falta de inteligencia emocional y de empatía con el sufrir ajeno, causa en al menos la mitad de los madrileños y madrileñas que soportan su inexistente gobierno regional?
Detrás del insulto, nada
Gracias a su ignorancia y a la de quienes la teledirigen o adulan, ha convertido el denominado antisanchismo en la seña de identidad, patológica, de cuantos con ella han desertado de la razón, de la democracia y de la coherencia, para abismarse en el insulto como única alternativa política. “Detrás del insulto, nada; detrás de la nada, abismo”, cabe decir parafraseando a Miguel de Unamuno. Reproducen así la arcaica brutalidad de los primitivos quienes en la Antigüedad, buscaban un fetiche, un chivo expiatorio al que atribuían todos los males de la vida y cuya destrucción presumían que los cancelaba. Tal patología, esto es, enfermedad, la curan el estudio, la reflexión, la sociabilidad y la sensatez, con los cuales cabe trenzar todo tipo de crítica hacia el poder cuyos actos se consideren criticables. Esa es la grandeza de la democracia. Nunca el poder puede quedar fuera de control democrático ciudadano. Pero, cuando irrumpen en la escena las gentes de la mala yerba, que decía el poeta, voluntariamente incultas, amorales, ágrafas y zafias, antidemócratas, la crítica desaparece para dar paso a la agresión, cebada por la inseguridad de la ignorancia, fuente del mal.
Lo peor es que su obsesión patológica contra el presidente del Gobierno y su Gabinete de coalición de izquierda, leáse antisanchismo, se ha extendido puertas adentro y decisiones afuera del denominado Poder Judicial, de entre los poderes el que menos ignorancia y más ecuanimidad y sociable sensatez debiera mostrar en su actuación pública. Pero no es así y hemos visto a algunos jueces emitir sentencias inquietantes, como la que ha condenado y apartado de su cargo institucional al Fiscal General, Álvaro García Ortiz, sin pruebas tangibles, con meras sospechas e intuiciones especulativas. Item más, despreciando hasta cinco testimonios de periodistas, que antes de serlo son también ciudadanos, vulnerando el principio democrático secular de la presunción de inocencia y exigiendo la probatura de inocencia al acusado en vez de asumirla el acusador. Sencillamente, este cúmulo de aberraciones, resultado de obsesiones antipolíticas como el antisanchismo patológico, cruza la linde que separa la democracia de la dictadura.
Así se puso de manifiesto este jueves en el Ateneo de Madrid, donde, con aforo completo en su amplio salón de actos, cinco juristas, Manuel de la Rocha, Nicolás Sartoruis, Joaquín Giménez y Pepa Berdugo, presentados por Paquita Sauquillo y con la moderación de la periodista Elena Herrera, disertaron lúcidamente sobre la inquietante sentencia que ha condenado al Fiscal General Álvaro García Ortiz para inhabilitarlo y erosionar con ello al Gobierno legítimo de la nación. Y, eso sí, aplicando tempos procesales premeditadamente demorados otros procesos adjuntos a éste, en la presumible espera de un cambio electoral que genere un nuevo ambiente que facilite y allane su obscena y parcial sintonía con los postulados de la derecha más ignorante y antipolítica. Un manifiesto suscrito por 150 juristas, leído por Juan Puig, corrobora y sintetiza el clamor democrático que se alza desde la sociedad sensata contra esta sentencia.
Adiós a la revalorización de las pensiones
Gentes de este jaez agrupadas en las cúpulas de dos partidos de oposición emparentados, más alguna desnortada formación política catalana, han sido capaces de impedir la revalorización de las pensiones y de truncar un paquete de medidas sociales de enorme alcance para el bienestar de la mayoría social española. Quienes lo han impedido son los mismos que tratan ahora de culpar al ministro de Transportes de haber matado a las 45 víctimas mortales del accidente ferroviario de la localidad cordobesa de Adamuz, en medio del inquietante y altamente sospechoso repertorio de un centenar de fallos simultáneos en la red ferroviaria española, tan condensados en el tiempo, que más parecen obedecer a un sabotaje premeditado con fines de desestabilización política del Gobierno de España que a un diseño estructural erróneo de los ferrocarriles, heredado, por cierto, de Gobiernos y gobernantes anteriores y mantenido hoy a pie de vía por empresas privadas subcontratadas.
Quienes promueven esta y otras medidas tan injustas como insensatas, son los mismos que adulan a aquel señor del rubio tupé y jalean sus medidas de retorsión arancelaria contra la economía europea y, por lo tanto, española; aplauden su política represiva hacia el campo español; y avalan, con su abyecta actitud, el amparo dado por ese tipo al genocidio palestino, perpetrado por el criminal de guerra Benjamin Nethanyahu. Ahora, cuando la sangre está a punto de ser derramada a borbotones por el pueblo iraní a manos de Israel y la USS Navy, con el pretexto de derribar un régimen sanguinario con el que Washington ha coexistido 40 años, las gentes de la mala yerba de aquí toman posiciones.
Esas gentes quieren que se les vea aplaudir otra nueva barbaridad a añadir al secuestro a mano armada y con cien muertos, del presidente venezolano Nicolás Maduro en Caracas el pasado 3 de enero, tras el sobrevuelo de 150 aeronaves, bombarderos incluidos, del espacio soberano de Venezuela. Como por ensalmo, el principal cargo que se atribuía al presidente secuestrado y llevado ante un tribunal de Nueva York, el de liderar el fantasmal Cártel de los Soles, desaparece de las acusaciones judiciales. Nunca existió tal cártel.
Los aduladores de aquí, en su malévola y cegadora ignorancia, desconocen la frase dada a los que traicionaron al líder rebelde ibérico Viriato enfrentado al procónsul romano Quinto Servilio Cepión: “Roma no paga traidores”. Ya lo comprobarán más temprano que tarde. Que se lo digan a Corina Machado, fantasmal presidenta venezolana no nata y genuflexa siempre a las directrices de Donald J. Trump.
No parece que el futuro sea muy halagüeño. Pero demos una oportunidad al azar y confiemos en que algún consejero no histérico, psiquiatra lúcido o psicoanalista valiente, persuada a estos encumbrados personajes tóxicos, de aquí y de allá, para que abandonen su obsesión por hacer el mal y rediman cuanto antes su ignorancia ateniéndose a las normas y a las leyes con las que la democracia garantiza la convivencia y la armonía.
Rafael Fraguas
Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Central y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.