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Residuos franquistas en la España actual


(Tiempo de lectura: 6 - 12 minutos)

Durante la dictadura, los prohombres del régimen (no había mujeres) sostenían que el franquismo contaba con el respaldo (activo o pasivo) de la gran mayoría de los españoles. Incluso algunos hablaban de un franquismo sociológico que impregnaba a la mayoría de la población.

Aquellos apoyos no se “daban” a un régimen tecnócrata y más o menos neutro y “apolítico” –como el propio dictador decía de sí mismo–, sino a un sistema que no respetaba las libertades ni los derechos humanos, que fue especialmente cruel y sanguinario, sobre todo en sus primeras etapas, y que evolucionó por necesidad de las concepciones fascistas y nacionalsocialistas de los primeros años, a un remedo de ideología nacionalcatólica, una vez que sus socios nazis fueron derrotados en la Segunda Guerra Mundial. Pero aquella no fue una evolución basada en convicciones, sino en necesidades adaptativas, que –según ellos pensaban– sin cambios en lo fundamental, les permitía sobrevivir y presentarse públicamente sin suscitar tantos recelos internacionales.

Las derechas españolas tienen una concepción sesgada y patrimonialista de España que las lleva a no soportar que otros puedan gobernar, algo que creen que solo a ellos les pertenece por tradición y por concordancia ideológica. De ahí la tendencia a judicializar la política de oposición y a considerar ilegítimos a los gobernantes de izquierdas que ganan las elecciones.

La naturaleza del franquismo

Franco y los franquistas no dejaron de mantener bajo control a la sociedad española, no dudando en aplicar medios represivos a

aquellos que se oponían. Algo que hacían sin complejos y con la mayor dureza, aunque sin alcanzar en la etapa final el grado de crueldad que utilizaron para lograr lo que calificaban como “limpieza política de España”, llegando a fusilar a más de 150.000 españoles una vez finalizada la Guerra Civil. Muchas veces prescindiendo de cualquier apariencia de “legalidad formal”. Lo cual fue un hecho paradigmático de su concepción del país en el que asesinaron a más personas una vez terminados los combates, que los que habían muerto a lo largo de Guerra Civil (1936-39).

A lo que se añadían detenciones arbitrarias, persecuciones, multas, juicios arbitrarios, expedientes, palizas, discriminaciones, censura en los medios de comunicación social, etc. Y en ciertos casos, fusilamientos. Así hasta el mismísimo 20 de no- viembre de 1975 en el que murió el dictador.

Hay que recordar que la Guerra Civil se produjo después de que los partidos de derechas perdieran las elecciones de abril de 1936, a las que habían concurrido con un gran despliegue de medios y recursos de todo tipo. Es decir, su respuesta a la voz libre de las urnas fue un Golpe de Estado de aquellos que no aceptaban no ser los gobernantes de España.

Ejemplo del “mal perder” que ha caracterizado a las derechas españolas a lo largo de la historia.

Incluso en nuestros días, en los tres períodos de gobiernos socialistas (con Felipe González, José Luis Rodríguez Zapatero y Pedro Sánchez) las acciones de oposición de las derechas se han centrado básicamente, no en realizar o proponer programas y medidas alternativas de gobierno, sino en denigrar, calumniar y perseguir en los Tribunales a los que han sido elegidos para desempeñar las más altas magistraturas políticas, a los que consideran indignos de “ocupar” el poder.

Residuos del pasado

El problema, en estos casos, es que después de las sucesivas crisis del centrismo (de UCD, de CDS y de Ciudadanos) la acción de oposición hegemónica ha sido ejercida por líderes del partido más franquista de la Transición: la Alianza Popular (rebautizada luego como Partido Popular) de los llamados Siete Magníficos (ex ministros de Franco), que inicialmente se resistieron con uñas y dientes a la legalización del Partido Comunista, y de lo que ellos calificaban como PSOE (r), es decir, el partido que encabezaba Felipe González, no llegando a asumir la actual Constitución. Y muchos de ellos ni siquiera la votaron.

Por eso, y por otras razones formales y de fondo, no hay que extrañarse de que aún persis- tan en la sociedad española residuos del franquismo. Formalmente porque en la España democrática no se pudo realizar una desfranquistización similar a los programas de desnazificación de Alemania, Italia y otros países. Y en el fondo porque cierto tipo de franquismo sociológico formaba parte del contexto que estaba presente en la Transición Democrática. No solo en sus componentes formales y de facto, como ocurrió con muchos funcionarios y cuerpos del Estado, como los Jueces, que nunca juraron la Constitución, y con muchos medios de comunicación social prototípicos del franquismo, como el ABC –pero no solo– que siempre han continuado fieles a su naturaleza, sin acabar de asumir los modos y maneras de la democracia, en un sentido pleno y moderno.

El tardofranquismo es mayor en las personas de más edad, entre los hombres, entre los empresarios, entre las clases altas, entre los católicos practicantes, entre los votantes de PP y, sobre todo, de Vox. 

La patrimonialización del poder

Las derechas que persisten en su trayectoria histórica de odio y acoso al diferente (no solo políticamente), continúan pensando que España les pertenece a ellos –como siempre– y que ellos son los únicos que están legitimados para gobernar y garantizar la continuidad de su idea patria, en lo ideológico, en lo religioso, en lo cultural y –no lo olvidemos– en lo patrimonial, que es lo que más les importa. De ahí que su idea de España esté más próxima al modelo de un cortijo o de un feudo tradicional, que de un país moderno, plural y abierto. Por eso, lo que pretenden no es convencer con métodos democráticos a una mayoría de las bondades de sus programas de gobierno alternativo, sino que lo que ellos continúan persiguiendo –freudianamente– es meter en la cárcel a cualquier gobernante democrático que no sea de los “suyos”. Persiguiendo con una saña, dureza y contumacia digna de otras causas a todos los que se apartan de su idea patrimonial del poder. Pero no solo a los gobernantes elegidos legítimamente, sino a todos sus familiares, amigos y cercanos como remedo de las truculentas vendettas primitivas.

La tendencia de las derechas a plantear sus políticas opositoras en términos judiciales y de acusación y denuncia da lugar inevitablemente a que las izquierdas se vean forzadas a deslizarse hacia discursos defensivos (y explicativos) que focalizan excesivamente la atención de los medios de comunicación social. En detrimento de los discursos propositivos más atentos a buscar soluciones concretas a los problemas que acucian a los ciudadanos. Lo que lleva a los electores a contemplar debates en los que se presta más atención a los problemas de ellos (los que están comprometidos en las actividades políticas: una minoría) que a los suyos; es decir, los de la gran mayoría de la población. Lo que tiene inevitablemente efectos negativos en la manera en la que se desarrolla la actividad política y los comportamientos electorales.

En estos contextos y ante tales enfoques, no se puede evitar identificar en la España actual raíces neofranquistas, no solo ideológicas formalmente, sino de metodología y de enfoques.

De ahí que resulte poco comprensible la extrañeza que algunos han mostrado ante los datos de una reciente encuesta del CIS, en la que se sondeaban los residuos y las simpatías con el franquismo que aún persisten en la sociedad española.

Tales residuos se encuentran no solo en pequeños grupúsculos de extrema derecha, sino básicamente en VOX, que es una escisión del PP, y en una parte no despreciable del propio electorado del PP, que aún no ha sabido o querido hacer su transición hacia una democratización plena, tanto en el ámbito ideológico-político, como en el metodológico.

Sociología del tardofraquismo

Los datos indican que una gran mayoría de la población española ha asumido plenamente los postulados y formas de proceder de la democracia y que no creen en absoluto en las reivindicaciones que algunos líderes hacen del franquismo. No solo líderes y personajes de la más rancia extrema derecha, sino personajes importantes del propio PP, como Esperanza Aguirre o Isabel Díaz Ayuso, que en más de una ocasión han sostenido que el franquismo en sus últimas etapas fue un régimen que tenía bastantes “cosas buenas” y que incluso era mejor que la España actual gobernada por Pedro Sánchez.

Según la encuesta del CIS, el 65,5% de los españoles –dos tercios de la población– creen que los años de la dictadura franquista fueron malos o muy malos para España y para los españoles (vid. gráfico 1).

En contraste, solo un 16,8% cree que aquellos años fueron buenos, en tanto que un reducido 4,5% piensa incluso que fueron muy buenos. Es decir, un 21,5% en total. Una proporción inferior incluso a los que en otros países europeos apoyan o simpatizan con partidos neofascistas y de extrema derecha filonazi.

A su vez, una mayoría aún más nutrida (el 74,6%) creen que el actual régimen democrático es mucho mejor (33,8%) o mejor (40,8%) que el franquismo. En tanto que únicamente un reducido 11,8% piensa que es peor, o mucho peor (5,5%). Es decir, solo un 17,3% hacen tal tipo de valoración negativa, apenas una sexta parte de los españoles.

Los que en mayor grado valoran positivamente el franquismo son los votantes de VOX (el 72,7%), seguidos por los del PP (41,6%). Algo que nos indica el contagio, no despreciable, de una parte del electorado del PP que actualmente incluye una mayoría ajustada de personas razonablemente socializadas en la cultura democrática. Lo que no les vacuna de que, ante mayores tensionamientos geoestratégicos, acaben erosionando la proporción de aquellos que se encuentran más distanciados, no solo de las orientaciones teórico-ideológicas franquistas, sino también de las metodologías y procedimientos estratégicos contaminados de tales formas de proceder, propias de una derecha dura e intransigente. Algo que podría abrir el paso –potencial– al surgimiento de un nuevo partido centrista asentado en valores y no en oportunismos coyunturales. Se trata de algo que puede tener el apoyo de un sector de población que no es precisamente pequeño, aunque en estos momentos se encuentre huérfano de referentes políticos nacionales.

Focos

¿Dónde se localizan en mayor grado los residuos franquistas (aunque siempre en minoría)?

Más entre los hombres (26,8%) que entre las mujeres (16%), que cada vez se decantan más como el sector más moderno y progresista de la sociedad española. En contraste con lo que ocurría en tiempos de la Segunda República.

También son más apreciables los residuos franquistas entre los mayores de 75 años (25,8%) y entre los que tienen entre 65 y 74 años (22,6%) que entre los más jóvenes (19,6%) y los que tienen edades intermedias (18,5%). Lo que revela el simplismo de algunos comentaristas que, después de la publicación de la encuesta del CIS, se agarraron a unos pocos datos aislados para intentar derivar conclusiones desmesuradas y bastante negativas sobre los jóvenes de hoy en día.

A su vez, los residuos franquistas también son mayores —aunque siempre en términos relativos y minoritarios— entre los empresarios (sobre todo agrarios), entre los que se consideran clase alta y media-alta y entre los jubilados. En contraste con lo que ocurre entre los obreros y las clases medias.

Lógicamente, también son más apreciables tales residuos entre los que se autoubican más hacia la derecha (al 10 en términos del CIS), en una escala ideológica, llegando a ser casi el 50% entre los que se sitúan en el 9 y en el 10 (solo un 8,6% de la población en octubre de 2025).

Finalmente, también persisten más residuos franquistas entre los que se definen como católicos practicantes (un 35,9%), que no son muchos en el conjunto de la sociedad (18,1% en su conjunto y solo un8% entre los menores de 35 años), que entre los católicos no practicantes y, sobre todo, entre los agnósticos y los ateos, entre los que se sitúan las menores proporciones de residuos franquistas (un 12,6% y un 7,6% respectivamente).

¿Cómo valorar estos datos? Lógicamente, ateniendo al sentido de las proporciones y los significados. Sobre todo, entendiendo que se trata de datos que conciernen a sectores minoritarios de la sociedad, en paralelo con datos similares de varios países europeos, hasta el punto incluso que en algunos de ellos el auge de las formaciones neonazis y de extrema derecha es más notable. Algo que en la España de los próximos años podría verse estimulado al alza por algunas de las estrategias actuales del PP, cuyos líderes no acaban de entender que “quien siembra vientos acaba recogiendo tempestades”.

A su vez, desde las posiciones progresistas y de izquierdas nada de lo que ha revelado la encuesta del CIS era desconocido. Y, sobre todo, teniendo claro que hay que ser firmes en la defensa de la democracia, que apoya la gran mayoría de los españoles. Con voluntad de continuar avanzando por las sendas que fijan las mayorías electorales, conscientes de que, solamente si tienen éxito las estrategias del odio, la intimidación y el negativismo crítico, y si estas logran llevar al desánimo y a la abstención a una parte apreciable de los electorados progresistas, será posible que las extremas derechas ganen posiciones político-electorales. Con los riesgos que pueden acarrear tal evolución. De ahí la inclinación de algunos poderes a exagerar y amplificar todo lo que puede ir, de una u otra manera, a favor de sus intereses y posiciones. Algo que exige permanecer atentos, e interpretar correctamente los datos de la realidad. 

 

José Félix Tezanos Tortajada es un político, sociólogo, escritor y profesor español, presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas.


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