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Noticia de una conquista


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

Sabemos cada día un poco más de lo que murió hace ahora 50 años. Pero conocemos algo menos lo que entonces nació: una esperanza de futuro para nuestro país, tan vapuleado en su historia social, económica y politica. Quienes entonces contábamos con 20 años, junto a generaciones precedentes, soñábamos con disfrutar, más temprano que tarde, de libertades y derechos que la dictadura nos negaba: casi todo lo posible estaba prohibido, desde la cama hasta la calle. Aquel régimen punitivo y castigador, que había interiorizado hasta los tuétanos la idea de venganza durante la posguerra, se había cerrado en banda a la hora de escuchar los anhelos que de las fábricas, las aulas y las calles, incluso desde algunos templos, ascendía. Su clamor coral surgía en demanda del oxigeno que la libertad otorga a los pueblos. Y España precisaba de libertad.

Partidos políticos y sindicatos clandestinos, así como una aún rudimentaria sociedad civil y unas cuantas personalidades dignas, ofrecieron los mimbres organizativos imprescindibles para tejer el gran cesto que habría de contener una democracia incipiente, esperanzada y pletórica. El picor de una víspera gozosa arañaba cariñosamente miles, millones, de corazones españoles y se pusieron muchas manos a la obra, desde numerosos puntos del escenario social.

Nada sin lucha

Nada vino sin lucha, todo hubo que ganarlo poco a poco, con huelgas, manifestaciones, protestas, encierros... cada reivindicación resultaba prohibida y sañudamente castigada por aquella dictadura mediante arrestos, detenciones, torturas, deportaciones, despidos, gravosas multas... Pero se logró desactivar aquella prieta madeja de coerciones que asfixiaba a las gentes que, poco a poco, dejaron de saberse súbditas para tomar conciencia de su ciudadanía. Nació un potente sentimiento de emancipación y aquellas personas comprometidas con la democracia lo esgrimieron y defendieron a pecho descubierto, forzando al poder a que cambiara drásticamente. Y lo lograron: aquel poder se fue disolviendo poco a poco, no sin renunciar a coletazos represivos, en ocasiones sangrientos: Vitoria, Montejurra, Abogados de Atocha,...: fruto de aquella pugna, agónica y heroica a un tiempo, surgieron pactos entre sectores sociales que habían permanecido cuarenta años enfrentados, a la postre azuzados por un poder declinante como la quebrada salud del dictador que, antes de morir en la cama, atrozmente mantenido con vida por su cruel entorno, había muerto ya en la calle desprovisto de cualquier atisbo de la supuesta legitimidad de la que se apropió a punta de pistola tras el desenlace de una guerra fraticida por él mismo desencadenada. Los intentos de modernización emprendidos tan laboriosamente por la República, zancadilleada desde fuera y por doquier, quedaron hechos añicos por el resultado militar y político de la contienda a partir de 1939.

Sed de legitimidad

La afrenta histórica sentida por tres generaciones víctimas del franquismo comenzó a pesar menos, pese a su gravedad, que los anhelos de libertad y derechos democráticos aventados desde aquellas generaciones jóvenes y adultas. La sed de una nueva legitimidad emergía desde las fábricas, las aulas y las calles, de tal modo que resultaba imparable la necesidad del surgimiento de una nueva legalidad que reconfigurase la vida social y política en España. La vida económica seguiría, empero, pautas apenas o muy poco cambiadas.

Pero la ingeniería política funcionó. Y ello gracias a la voluntad de acuerdo latente en muchos hombres y mujeres de diferentes sectores y clases sociales, aleccionados y determinados por las luchas de masas, hastiados de su malencaramiento impuesto hasta entonces por una férrea estructura de poder omnímodo y agobiante.

Nació una Constitución, en cuya redacción concurrieron, desigualmente, las fuerzas políticas entonces en presencia en los foros oficiales y en las calles. Temores mutuos se observaban. Fue una norma suprema que cristalizaba formalmente una reconciliación propuesta veinte años antes por la izquierda comunista y sería paulatinamente asumida por todo el espectro político, incluso algunos exponentes de falangismo encuadrado en el Movimiento Nacional, como sería Adolfo Suárez, futuro presidente del Gobierno.

Respirar

Lo conseguido permitió a España respirar: reconocía derechos y libertades, asumía la histórica diversidad cultural de los pueblos de la piel de toro e insuflaba valores democráticos en el cratos estatal, el poder, armonizandolo con el ethos de una nueva moral política. La vida política era, a partir de entonces, vivible y digna: regresaron los exiliados, se abrieron las cárceles, prescribieron delitos que nunca debieron ser considerados tales, la policía fue poco a poco desmilitarizada, la amnistía restañó las profundas heridas abiertas por la arbitrariedad y en España comenzamos a caber todos y todas. No fue ningún regalo, más bien se trató de una conquista colectiva, generosa, memorable. Las recientes memorias de Juan Carlos de Borbón, preludio de un nuevo temporal político que se pretende proyectar contra el Gobierno por parte de quienes hicieron todo lo posible por retardar la democratizacion, no parece que hayan interpretado lo sucedido entonces más que en una clave que omite admitir que el impulso hacia las libertades vino de abajo, de la gente de a pié, obreros, estudiantes, mujeres.. y no de las esferas áulicas, que se adaptaron, si, a aquel empuje coral.

Convivir, coexistir

Con la Constitución de 1978 en la mano y con su espíritu en el pecho, hemos coexistido casi 50 años y seguro que podemos convivir otros tantos, siempre que la cerrazón y la inquina sean desterradas de las prácticas parlamentarias, judiciales y ejecutivas hoy en alza y se abran paso los consensos necesarios para modificar y adaptar su texto a los inexorables cambios que la vida presenta siempre.

Así pues, la esperanza se abre todavía paso ante el futuro, por más incierto que algunos se empeñen en mantenerlo. El lenguaje de la Transición fue de diálogo, acuerdo y consenso, también de mutuas renuncias. Olvidar esta tríada equivaldría a renunciar a la convivencia.

Hay tiempo aún

Aún hay tiempo para revertir la deriva observada en la arena política. No lo perdamos tontamente en estériles luchas de egos, en contiendas odiosas que nos harían regresar a un pasado más mediocre, aún, que el dibujado por la dictadura. Acabemos con la intolerancia, la envidia y el desalentador espíritu inquisitorial, aquí tan enraizados. Defendamos los derechos y libertades conquistados, la pluralidad y la ciudadanía. Impidamos que nadie en nombre de nadie vuelva a arrebatárnoslos. Y pongamos atención al control de la distribución de la riqueza que entre todas y todos generamos pero de cuyos mejores frutos se apropian únicamente unos cuantos. Tal vez sea ésta la ultima fase a culminar para abrochar de modo duradero aquella esperanza nacida en la querida, que no santa, perfectible y conquistada Transición. La Constitución, para perpetuar su vigencia, deberá modificar la atribución vitalicia de impunidad sobre la ley al titular de la Corona, herencia envenenada del régimen anterior y causa de tantos quebrantos al pais y a la propia monarquía, privilegios que nunca debió figurar en su texto.

 

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Central y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.


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