Del amor cortés a ‘bebé’ y ‘gordi’: Una evolución satírica del lenguaje amoroso
- Escrito por Rosa Amor del Olmo
- Publicado en Opinión
Si en tiempos medievales la cortesía amorosa requería largos poemas en verso y epítetos grandilocuentes como "mi señora", "mi caballero" o "amada mía", hoy en día parece que las parejas jóvenes han decidido simplificar las cosas, recurriendo a términos que podrían hacer revolverse en su tumba al mismísimo Garcilaso de la Vega. Palabras como "bebé", "gordi" o incluso "mi ciela" son moneda corriente entre quienes buscan manifestar afecto a su pareja en pleno siglo XXI.
Pero ¿de dónde surgen estas expresiones? Intentemos una breve aproximación etimológica, no sin cierta ironía, por supuesto. El término "bebé", originalmente usado para referirse a infantes que no pueden valerse por sí mismos, parece sugerir una extraña mezcla de cariño protector con una ligera subestimación de las capacidades autónomas de la pareja. ¿Acaso nuestras parejas son tan indefensas como bebés? Quizá se trate más bien de un intento de transmitir ternura, o tal vez una revelación subconsciente del rol maternal o paternal que algunos adoptan con exceso de entusiasmo. Los grandes cantantes bachateros la usan sin cesar."Gordi", por su parte, puede resultar un poco más inquietante desde una perspectiva antropológica. Originalmente una cariñosa adaptación de "gordito" o "gordita", pretende destacar la aceptación y el amor por encima de cualquier canon estético. No obstante, es inevitable preguntarse si no existe aquí una sutil referencia a las comodidades gastronómicas y sedentarias que acompañan muchas relaciones estables. En definitiva, es como afirmar con cariño que el amor "entra por la boca", literalmente.
Luego tenemos "mi ciela", curioso vocablo nacido de una necesidad urgente por incluir al género femenino en términos afectivos previamente masculinizados como "mi cielo". Es un auténtico homenaje a la creatividad lingüística moderna, capaz de modificar hasta los elementos más básicos del lenguaje romántico con tal de expresar inclusividad y originalidad.
No obstante, este fenómeno de transformar términos afectivos no es del todo nuevo. En los siglos pasados, escritores y amantes recurrieron a términos como "alma mía", "mi dueño/a", "mi bien", o incluso términos más peculiares como el "miquito" que Emilia Pardo Bazán dedicaba cariñosamente a Benito Pérez Galdós. Expresiones más coloquiales como "chata" o "cari" también han transitado por generaciones, mostrando cómo la intimidad se ha ido desplazando hacia términos más informales y menos ceremoniosos.
“Mi bien" o "Bien mío" Muy utilizado en cartas románticas del siglo XVIII y XIX, transmitía afecto y posesión emocional delicada. "Mi dueño/a" Expresión frecuente en las cartas de amor barrocas, indicando entrega total al amado o amada. "Corazón mío" o "Mi corazón" Típico en cartas románticas decimonónicas, reflejaba una vinculación sentimental profunda.
"Mi prenda" literalmente "tesoro" o algo muy querido, usado para enfatizar la apreciación profunda por la pareja, aunque a veces suena a casticismo en desuso. "Mi vida" una expresión que aún hoy pervive, pero con frecuencia usada en siglos anteriores con mayor carga poética. "Mi alma" o "Alma mía" Popular en cartas de amor del siglo XIX, especialmente en el romanticismo.
"Lucero mío" Evoca al amado o amada como la estrella más brillante del firmamento. "Mi sol" Asociado a calidez, alegría y fuente de vida, muy habitual en poesía amorosa antigua. "Mi rosa" o "Mi flor" Muy usada en el Romanticismo y el Modernismo literario, idealizando la belleza y fragilidad del ser amado. “Mi vida” tiene algo especial, pero es muy exagerado hoy en día.
Gustavo Adolfo Bécquer llamaba a Julia Espín en cartas privadas "Mi ángel" o "mi musa". En correspondencias románticas decimonónicas eran comunes expresiones como "mi tesoro" o "mi encanto".
Pero nada como “gordi” “cari” o “bebé”, “churri” son verdaderamente aterradoras para mí. Estas palabras, aunque puedan escandalizar a románticos empedernidos y puristas del lenguaje, reflejan claramente los cambios culturales y sociales actuales. La informalidad y la cercanía emocional predominan, alejándose conscientemente de antiguas formas protocolarias que ahora se sienten rígidas o artificiales.
Ya sea que te guste o no llamarte "bebé", "gordi", "chata", "cari" o "ciela", estas expresiones no son sino la forma contemporánea en que las parejas jóvenes manifiestan complicidad, afecto y esa saludable dosis de humor que, después de todo, es tan necesaria en cualquier relación moderna que se respete. Yo siempre he preferido llamar por su apellido a mis parejas, como en el colegio.
Rosa Amor del Olmo
Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.
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