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GanóTrump. ¿Fallaron las encuestas? (Otra vez)


(Tiempo de lectura: 5 - 10 minutos)

Al final, los norteamericanos eligieron a Donald Trump como presidente de los Estados Unidos, poniendo de relieve que una parte apreciable de las encuestas que se publican fallan y/o se desvían en sus “pronósticos”. No solo en USA. ¿Fallan? ¿O se trata de otra cosa?

Aunque en los últimos días de la campaña los medios de comunicación social hablaban de un empate, lo cierto es que pocos días antes el promedio de las encuestas publicadas apuntaban hacia un mayor grado de ventaja para Trump. Es decir, no se trataba de una desviación de pronóstico situable en los márgenes teóricos de error propios de las encuestas por muestreo.

Simultáneamente, algunos analistas y adivinólogos de pacotilla en diversos países llevaban tiempo “augurando·” un empate técnico entre ambos candidatos, no se sabe muy bien para qué, ni si tales previsiones se basaban en datos demoscópicos rigurosos o en meros tópicos de argumentación sociopolítica e informativa.

 En las elecciones norteamericanas la apariencia de que las oportunidades electorales de los dos candidatos estaban muy equilibradas ha sido utilizada para aminorar las reacciones contra la posibilidad de que Trump se impusiera.

Aunque el sistema electoral norteamericano es sumamente complejo y puede dar lugar a que un candidato con menos votos acabe teniendo más apoyos en el colegio electoral, como sucedió con Trump en 2016, su ventaja en este caso ha sido de algo más de tres millones de papeletas. Con lo que resulta evidente que la desviación de las encuestas ha GanóTrump ¿Fallaron las encuestas? (Otra vez) formado parte de un fenómeno político diferente.

¿Son fiables las encuestas como instrumentos de predicción electoral?

Los errores y desviaciones en los pronósticos electorales no pueden atribuirse a la complejidad de determinados procesos de decisión, que en el caso de los Estados Unidos son bastante elementales, prácticamente binarios (se vota o republicano, o demócrata), en contraste con los sistemas políticos europeos más complejos y dónde tienden a diversificarse las variables y posibilidades de voto, tanto hacia partidos políticos como a líderes.

En el caso norteamericano conviene recordar que a lo largo de la historia han tenido lugar varios erro- res abultados de pronóstico (el error Roosevelt, el error Truman, etc.), tal como expliqué en un artículo publicado en estas mismas páginas en julio de 2024 en el número 355 de TEMAS (El CIS de Tezanos y las elecciones europeas https:// fundacionsistema.com/wp-con- tent/uploads/2024/07/00-TEMAS-N355_El-Pulso.pdf).

En algunos casos, el error de previsión se debió a la propia naturaleza de los pronósticos electorales, que siempre operan con márgenes de error (estadístico), por lo que cuando las estimaciones a favor de un candidato son pequeñas, no hay seguridad de que ese candidato sea el que finalmente resulte elegido.

Sin embargo, el margen teórico de error (estadístico) no es el único factor que hace difíciles –o inexactos– los “pronósticos” electorales, sino que en las desviaciones influyen no solo los distintos niveles de calidad y de rigor en los procedimientos seguidos por las casas encuestadoras, sino el mismo hecho de que los seres humanos somos personas libres, dotadas de libre albedrío, y que, por lo tanto, podemos hacer fracasar cualquier pronóstico sobre nuestro propio comportamiento futuro.

Por eso, algunos me habrán oído comentar con frecuencia –y no es una boutade– que “¡no hay que fiarse de las encuestas!”. Ni siquiera de las mejores. Pero en cualquier caso, de estas nos podemos fiar más que de las que son auténticas castañas. Y no solo debido a razones económicas y técnicas.

Por eso, en el artículo publicado en julio en TEMAS recordé los márgenes de desviación que se habían producido en las elecciones presidenciales norteamericanas desde 1936 por parte del Instituto más prestigioso y riguroso: Gallup. Con variaciones respecto al porcentaje final de voto que han venido estando en torno a un 2/3%, con casos singulares como los de Clinton en 1992 (5,99), Truman en 1948 (4,93), o Rooselvet en 1936 (4,80).

Las encuestas como arma política

Más allá de las cuestiones técnicas, las metodo- lógicas y las referidas al libre albedrío, una de las causas más importantes de fallo de las encuestas preelectorales es la inclinación a que tiendan a ser utilizadas como un arma política. Un arma con la que desorientar y confundir a determinados electores, o tranquilizar a los más reacios, al tiempo que se denigra a unos y se aúpa a otros, y/o se pretende desanimar a los votantes de determinados partidos para que no acudan a votar (porque ya “tienen perdidas” las elecciones), a la vez que se procura animar a otros para que se pongan (a priori) del lado de los vencedores en las contiendas electorales.

La hiperutilización abusiva de encuestas en la lucha electoral se ha convertido en una rutina más de la competencia política, al igual que la pérdida de independencia por parte de ciertos periódicos y medios de comunicación social, que ya solo trabajan al servicio de determinados intereses y de partidos políticos concretos. O incluso de líderes específicos dentro de estos. Hay algún periódico español bien conocido por su sesgo ideológico a lo largo de su historia que ha llegado a publicar encuestas totalmente falsas, de institutos demoscópicos que no existen, o encuestas del CIS también inexistentes, sobre las que los Tribunales dictaron en su día sentencias para que aclararan la verdad.

Con ese modo de proceder se pretende generar falsos “consensos demoscópicos”, aparentando que todas las casas encuestadoras coinciden en quién va a ganar o no ganar unas elecciones y en qué magnitudes. Y ¡ay de la empresa que se desvíe de dicho consenso! Y si alguna se desvía en varias ocasiones, al final acaba siendo comprada por potentados económicos afines, o por consorcios de interés, para acabarla poniendo al servicio de partidos y sectores políticos muy concretos. Partidos y grupos de poder económico que han acabado desplazando en la dirección de dichas empresas a prestigiosos expertos en demoscopia, para sustituirlos por personas que solo saben atenerse a razones de disciplina y supeditación política. Algo que está ocurriendo no solo en España, sino en otros países, incluidos los Estados Unidos de América, en los que grandes potentados no solo financian generosamente las campañas de los candidatos que mejor les representan, sino que también han acabado comprando periódicos y cadenas de televisión, para ponerlos al servicio de sus intereses. ¡Con el bochornoso ejemplo reciente del Washington Post en estas últimas elecciones!

Todo lo cual está conduciendo en la práctica a un nuevo tipo de democracia de los poderosos. Una democracia en la que no se cumple el criterio político de igualdad de voto, según el cual todos los ciudadanos tienen –deben tener– las mismas oportunida- des reales de influir en el resultado de las urnas.

Beligerancias paralelas

Lo más curioso de lo que está ocurriendo en nuestras sociedades es que las nuevas derechas ex- tremas y sus estructuras de poder e intoxicación, en su afán desmedido por intentar controlar la difusión de noticias y encuestas, se dedican a realizar campañas de intimidación y acoso institucional y personal contra cualquiera que se sale de sus consensos impuestos. Algo sobre lo que yo, y el CIS, hemos sufrido no pocos efectos durante los últimos seis años. No solo a través de insultos y descalificaciones periodísticas y políticas, sino también mediante denuncias judiciales. ¡Por no mencionar las terribles persecuciones judiciales con las que se acosa a algunos de los representantes legítimos , y a sus familias!

En el caso del CIS, desde el primer momento en el que fui nombrado Presidente realicé varias reuniones con los mejores especialistas en estas mate- rias, así como con el grupo de Catedráticos/as que incorporé a mi equipo desde el principio, llegando a la conclusión de que, tal como se estaban poniendo las cosas en este terreno, el CIS no debía contribuir a tales intentos de manipulación y falsificación. Por eso, amén de aumentar las muestras de las encuestas del CIS y mejorar en todo lo posible sus características y procedimientos técnicos, decidimos dejar de hacer y publicar “pronósticos” electorales como tales. Así, después de varios meses de estudiar a fondo las transformaciones que estaban produciéndose en la vida política, se estableció un procedimiento de medición de las inclinaciones políticas y de las tendencias de comportamiento electoral, aplicando un modelo que recoge las tendencias (inercias) en las orientaciones políticas de base (sobre las que se recogieron más informaciones concretas) y sobre los elementos (dinámicos) de incertidumbre, definiendo diferentes escenarios posibles de comportamiento electoral en función de múltiples variables plausibles.

No es que las encuestas fallen en sus pronósticos por razones técnicas, sino que su utilización como arma electoral está dando lugar a imponer falsos consensos demoscópicos de manera cada vez más explícita y descarada. 

Todo ello se efectuó teniendo en cuenta los principales cambios que se están produciendo en los comportamientos electorales, siendo conscientes de que cada vez son menos las personas que votan siempre por los mismos partidos políticos, y cada vez son más los que deciden por quién votar o no votar durante los últimos días de las campañas; e incluso en la misma jornada de reflexión, o el mismísimo día de la votación.

Con tal manera de proceder, y siempre con total transparencia e inmediatez en la difusión de sus encuestas, el CIS ha proporcionado a lo largo de los últimos años los datos que han estado más próximos a los resultados de las elecciones celebradas. Bastante más que aquellos otros con los que se ha intentado influir en los electores, a través de “consensos demoscópicos” que han acabado viéndose duramente confrontados con los hechos. Así ha ocurrido, por ejemplo, en todas las elecciones generales que han tenido lugar en España en los últimos seis años y con 36 de los 38 procesos electorales realizados en estos años; aunque, lógicamente, en mu- chos casos los márgenes teóricos de error de las encuestas del CIS hacían esperar –científicamente– desviaciones más amplias y, lógicamente, resultados más abiertos e indeterminados.

Lo más curioso en el mundo actual es que no les pasa nada a los que manipulan sistemáticamente la opinión con sus plataformas informativas y sus encuestas orientadas a propiciar distintos estados anímicos, o incluso para procurar no asustar ni movilizar a los electorados contrarios a sus ideas, como ha ocurrido en este caso. Pero, en cambio, se persigue con saña a los que no se avienen a sus estrategias de falsos consensos demoscópicos y de uniformidad informativa. Por eso, los manipuladores no solo no toleran (mental ni conceptualmente) a los que discrepan de ellos, sino que no paran de arremeter contra sus adversarios con una pasión y una contundencia acusatoria digna de mejores causas.

Algo que Trump y todos los trumpistas del mundo no solo manejan con notable desparpajo, sino también con una preocupante falta de lealtad democrática. Ya que ellos no solo avasallan en su proceder cotidiano, sino que nunca se resignan a perder, amenazando constantemente con impugnar las elecciones que puedan perder, arremetiendo contra sus adversarios y contra las instituciones democráticas que no controlan. Y si se tercia denunciando también a las familias, amigos y seguidores de los líderes, a los que persiguen y denigran en los tribunales. Todo lo cual responde a formas de ser y de pensar que ya estudiaron y sistematizaron en su día los grandes teóricos de la democracia y el estudio del pensamiento autoritario, así como figuras señeras de la psicología y del comportamiento social, como el mismo Sigmund Freud.

 

José Félix Tezanos Tortajada es un político, sociólogo, escritor y profesor español, presidente del Centro de Investigaciones Sociológicas.


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