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El test de la verdad


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Los pioneros de la psicología política señalaron en su día cuáles eran los atributos que singularizaban a los líderes políticos que merecían tal calificación. De este modo, subrayaban que el mejor liderazgo concernía a quienes reunían simultáneamente tres capacidades, a saber: la de agitadores, la de organizadores y la de teóricos. Además, definían al líder o lideresa según tres pares de dimensiones: emotividad/frialdad; actividad/pasividad; y primariedad-secundariedad, concernientes al grado de pasión personal, disponibilidad para la acción y atinencia al presente o al pasado, respectivamente. Con estos mimbres, establecían una serie de combinaciones a las que añadían distinciones como las del tipo de pragmáticos o doctrinarios, conservadores o progresistas, enérgicos o flemáticos y varias distinciones más.

Si damos un repaso a la actualidad, vamos a ver quién o quiénes se atienen a estas características. Por ejemplo, Kamala Harris, candidata del Partido Demócrata a la Presidencia de los Estados Unidos de América. La fiscal de origen indonorteamericano, nacida en Oakland, California, de donde fue Fiscal General, hasta ahora se mantuvo en un segundo plano de la acción política como Vicepresidenta estadounidense durante la Presidencia de Joe Biden. Todos la daban por semidesaparecida ante le presencia exhaustiva de Biden sobre la arena. Dotes de organizadora y de teórica, apenas asomaron en su trayectoria. De la emotividad, quizá sus amplias sonrisas digan algo, pero tampoco es posible asegurar nada de forma rotunda respecto a si se guía o no por el presente o por el pasado, ni tampoco sobre si es más pragmática que doctrinaria, más enérgica que flemática. Hay que subrayar que sobre su figura se intenta crear ahora, a todo tren, una imagen deseada por su partido, con la que parar los pies a Donald Trump, que cuenta, por su parte, con una personalidad política mucho más conocida habida cuenta de su anterior mandato presidencial, a cuya reelección aspira.

Trump, ya se sabe, es un agitador nato; su condición empresarial le asigna dotes de organización y cabe afirmar que más que un teórico sería un antiteórico de libro, ya que no parece que, salvo conspiraciones, le atraiga mucho el pensamiento político. Es emotivo y activo, por cuanto que se enfrenta de pechos a la realidad desplegando una pasión irrefrenable; y, pese a su acentuado pragmatismo, muestra dosis de doctrinarismo al guiarse por consignas tradicional-doctrinales como su America first, (Estados Unidos, primero) lema que él no inventó pero al cual le ha sacado partido.

En la futura contienda electoral el 4 de noviembre, a efectos de datos psicopolíticos, con una imagen aún en barbecho de Kamala Harris, la figura de Donald Trump se presenta como mucho más definida que la de su rival demócrata, lo cual le conferiría una posición de partida más favorable, de más peso, dentro de los esquemas simplistas en los que acostumbran moverse los electores estadounidenses de a pie. La sorprendente retirada de la campaña electoral de Robert F. Kennedy, sobrino de John e hijo de Robert, allegado de ambos políticos asesinados y conocido por mostrarse enemigo de las vacunas, obedece a su propósito de favorecer, según sus palabras, al candidato republicano del tupé rubio. Su decisión introduce nuevos interrogantes que aminoran las expectativas desatada por la euforia demócrata hacia su recién descubierta candidata, Kamala Harris. Kennedy, vinculado a una saga de demócratas, ha "cruzado el pasillo" desde el Asno, PD, al Elefante, PR y parece acariciar una cartera en un futuro Gobierno republicano. Ello explicaría su súbita retirada de la carrera electoral a la Presidencia, en la que comparecía como independiente.

No obstante, el candidato Trump, cuenta con la enemiga de su turbulenta imagen que, si por un lado, enardece y moviliza a su favor a la población enfadada con el sistema y proclive a un repliegue estadounidense sobre el país, por contra atemoriza a las clases acomodadas, que ven su posible reelección con ribetes de un evidente dramatismo, tendente al golpismo. Es preciso añadir, empero, un condicionante: si el grupo de presión de los fabricantes de armas estadounidenses y sus todopoderosos lobbies son considerados como pertenecientes a clases acomodadas, desde luego que con Trump presumen que pueden obtener de él todas las hinchazones presupuestarias deseadas, como el expresidente demostró en su primer mandato, elevando los presupuestos armamentísticos hasta cerca de 800.000 millones de dólares.

Si aceptamos que la mejor política es una mezcla armoniosa de ambición y de moralidad, su reflejo electoral en los comicios presidenciales de noviembre, habida cuenta de la probada ambición de ambos candidatos, el test moral a superar por ambos, ha de ser necesariamente su posición al respecto de la deriva criminal del Gobierno de Benjamín Nethanyahu contra el pueblo palestino, exterminado con una iniquidad sin límites.

Resulta inconcebible que la élite del poder republicano y demócrata de la superpotencia mundial, élite que alardea por doquier de valores éticos, cívicos y supuestamente democráticos, con el poder disuasorio de sus fuerzas armadas en la mano sea incapaz de detener la mano genocida y envíe a un genuflexo Anthony Blinken a tratar con el arrogante Nethanyahu.

Esta es la verdadera prueba, el test de la verdad, que sale al paso desafiante ante los dos candidatos, Trump y Harris. De no asumirla, condenando y deteniendo el genocidio en Gaza, no solo quedaría en entredicho la catadura moral de ambos candidatos, sino que, en términos geopolíticos, se abre paso la creciente evidencia de que la política exterior estadounidense, su crédito mundial, sus expectativas, están en manos de un individuo que actúa demencialmente por capricho propio y cuya deriva es tolerada, cuando no apoyada abiertamente, por poderes fácticos, -armas, lobbies, dinero, cine, prensa-, del único aliado que le va quedando. Pocos pueden imaginar lo que implicaría una ola de odio antiisraelí en los Estados Unidos de América, posibilidad cada vez más probable dada la arrogante, irresponsable y criminal actitud del primer ministro más sionista de la historia de Israel.

 

Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Central y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.


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