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Riesgo de legalización de la ablación en Gambia


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

En 2015 Gambía prohibía legalmente la mutilación genital femenina. Aunque tres de cada cuatro mujeres la siguen sufriendo; una cuestión que nos parece horrible, no solo por lo que significa de desprecio al género femenino, negación del placer sexual a las mujeres, y vergonzosa discriminación, sino por los riesgos sanitarios cuando la mayor parte de las veces se practica con una cuchilla a niñas que soportan un inmenso dolor, muchas de las cuales arrastrarán a lo largo de su vida las consecuencias de esa horrible práctica.

Las presiones internacionales, de Naciones Unidos, las agencias internacionales, la tipificación como delito en estados de la UE y España, provocaron la década anterior un retroceso en esa intervención pre-coránica, arraigada en la parte más negra de la historia de la Humanidad. Sin embargo el camino hacia la libertad y la igualdad no es rectilíneo, ni depende de una declaración solemne o de una normativa legal, y choca contra una práctica milenaria anclada en ese confuso saco que se denomina 'tradición'.

Avaaz promueve estos días una campaña de firmas contra el intento de despenalizar la ablación que se cierne sobre Gambia, tras el procesamiento en los nueve años que lleva la anterior ley de tres mujeres. Motivo que es esgrimido por Fatty, un imán extremadamente radical y conocido por sus actuaciones homófobas que con la complicidad de Saho, un diputado afín, intenta que el parlamento donde el 90 por ciento de sus diputados son hombres elimine la prohibición de la ablación. El 'argumento' es bien conocido: se refugia en lo supuestamente ancestral, en un precepto religioso que no está en El Corán, bajo una costumbre que puede proceder de culturas anteriores a la aparición de Mahoma y atavismos profundamente castigadores con el hecho de haber nacido mujer.

Ese imán ultra-radical lo mismo que aquellos personajes de la política que justifican actuaciones discriminatorias amparándose en el respeto a las costumbres y a la tradición (con la que la esclavitud también se podría justificar) recurren a su vez a un discurso nacionalista de 'independencia' respecto a las presiones del mundo occidental contra sus culturas. Pero el respeto a la libertad religiosa y a la autonomía cultural dejan de serlo cuando representa una violación de los derechos humanos.

Lo terrible de este como de otros casos similares relacionados con la condena a las mujeres y la obligación de su papel subsidiario y secundario así como los vinculados a la homofobia o a la negación de la diversidad, es que más allá de los líderes su influencia sigue siendo determinante sobre las colectividades y grupos en los que actúan. Es decir que son las propias madres o abuelas las que practican la ablación porque consideran una 'purificación' de la mujer, de la misma manera que en grupos culturales más cercanos a nosotros se ha practicado la vergonzosa prueba del pañuelo para verificar la virginidad femenina. Cuestión verdaderamente terrible, y que nos remite al escandaloso tabú sobre el mito de la virginidad aplicado a uno solo de los géneros.

La lucha para erradicar esos atavismos ancestrales claramente discriminatorios y atentatorios contra los derechos humanos, ya sea la ablación, la 'prueba de la virginidad', como el rechazo a la diversidad sexual, su prohibición y sanción como está ocurriendo en algunos países africanos, va más allá de culturas y persistencia de prácticas inhumanas, aunque estas se hagan en nombre de un pretendido arraigo religioso o un respeto a las tradiciones milenarias. Y cuando las prácticas disuasorias son incapaces de cambiar actitudes muy arraigadas en sus culturas porque los líderes comunitarios no están precisamente a favor del cambio es necesario actuar con otras motivaciones desde esta parte del mundo.

Empezando por una mayor fiscalización sobre esas prácticas entre residentes en España a los que hay que reconocer todos sus derechos, excepto los que representan una negación; bajo la amenaza de retirar la patria potestad a quienes hayan podido practicar esa aberración en sus vistas a su territorio de origen. Seria necesario, además, publicar de forma periódica la estadística de la ablación en países susceptibles de recibir turismo, para que el potencial viajero sepa que más allá del conocimiento de sociedades culturalmente interesantes y paisajes fascinantes puede haber una situación social en la que se aplican a las jóvenes prácticas horripilantes que causan indignación cuando son descritas y conocidas.

Si en países como Gambia su parlamento despenaliza la ablación bajo la presión de líderes religiosos y políticos 'ultras', habría con todo derecho que informar a sus potenciales visitantes y turistas de lo que representa aceptar por mucho que se escude en una pseudo-tradición, la asunción de prácticas tan horrorosas como la esclavitud humana por mucho que la practicaran en Roma o en el Nuevo Mundo.

 

Doctor en Sociología y licenciado en Derecho, CC Políticas y CC de la Información es escritor de ficción y no ficción, periodista y autor audiovisual para cine y tv.


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