‘La Madre’: El brillo escénico de Aitana Sánchez-Gijón
- Escrito por Manuel Espin
- Publicado en Cultura
Coinciden en la cartelera madrileña dos obras del francés Florian Zeller (1979) estrella teatral en diversos escenarios internacionales, con 'El padre' (Teatro Bellas Artes) y 'La madre'.(Teatro Pavón) De la primera se pudo ver en salas de cine la película franco-británica dirigida en 2020 por el propio Zeller, con Anthony Hopkins de protagonista en la que se habla de los vacíos de la memoria y de un progenitor al borde del alzheimer. Por su parte, 'La madre' fue estrenada en otra producción en catalán, y ahora lo hace en castellano, abriendo lo que con toda probabilidad será una gira por España en próximos meses porque se trata de una producción muy agradecida para el espectador.
Una esposa, casada con un marido ocupado, y con dos hijos que tienen vida propia y apenas se preocupan de ella, ve como su existencia se desmorona, llena de vacíos difíciles de llenar. Encerrada en la nostalgia hacia el tiempo en que eran niños y los llevaba al colegio, esta mujer de clase media carece de autonomía, vida propia, o profesión, y parece que su único tiempo lo ha dedicado a la casa y las compras, rebelándose contra la sugerencia de su marido de 'buscarse una afición' para llenar ese espacio. Lo interesante de la obra es que bajo un lenguaje totalmente realista se mezcla la ficción y la realidad a través de la mirada de ella; sin llegar nunca a saber si el marido la engaña con otras o proyecta abandonarla como ella piensa; también se juega con una situación permanente: la obsesión por los miembros de su familia acaba por convertirse en una imposición para los demás. Al igual que en 'El padre', Zeller trata de mezclar el mundo de lo real con el de lo imaginado, punto específico de este autor.
El texto quiere 'comprender' a ese personaje que se ha venido dedicando a atender a los otros desde que se casó un cuarto de siglo atrás; pero a la vez esa permanente atención puede ser interpretada como una fiscalización que impide a las personas a las más quiere el ejercicio pleno de su libertad.
El texto juega por lo tanto a esa doble situación entre lo que realmente está pasando y los deseos latentes, y está bien resuelto por el director, Juan Carlos Fisher, gracias a unas rapidísimas transiciones escénicas con la luz y el cambio de vestuario, sin que bajo esa corteza realista se establezca diferencia entre lo real y lo supuesto. El diálogo es fluido y con frescura, carente de retórica y con sus puntos de ironía, y ello va muy a favor de la producción. Fisher se marcó a principios de otoño un gran tanto con el monologo 'Prima facie' a la medida de una incansable Vicky Luengo a la que ofreció totas las posibilidades de lucimiento. La situación se repite ahora con Aitana Sánchez-Gijón sobre la que gravita la totalidad de la producción.
Ella lo es casi todo con una función en la que se evitan las referencias melodramáticas o el lagrimeo fácil aspecto que acentúa el tono desnudo de este drama. El espacio escénico es extremadamente sobrio, casi sin atrezzo ni mobiliario, con un fondo blanco rasgado que enmarca muy bien la catarata de sentimientos que estalla. Pero en lugar de irse por la vía del 'melo' se deja que los personajes puedan presentarse por ellos mismos sin forzar las situaciones desde el punto de vista dramático.
Las ideas que suscita esta obra se salen del estereotipo. Ana, la protagonista, es un personaje de doble cara, una 'mater amantísima' en todos los aspectos, pero a la vez una fiscalizadora en la vida ajena que puede ser insoportable. Entre otras cosas porque nunca ha trabajado fuera de casa y ha sido incapaz de desarrollar su propio proyecto como mujer, fuera de la absoluta atención a la célula familiar. Ahora no le queda otra cosa que el recurso a las pastillas o la botella (lo que parece sugerirse, aunque no lo vemos), o algo tan incomodo para su propio hijo como cambiar el papel de madre por el de 'colega' con el consiguiente rechazo.
Sánchez-Gijón da convicción al personaje, donde no hay gritos ni aspavientos, pero si dolor asumido, y se mueve en escena con gran soltura, acompañada por Juan Carlos Vellido (el marido) muy seguro y creíble en el personaje, Alex Villazán (el hijo) y Julia Roch (la novia y otros perfiles sugeridos en la acción llena de sorpresas). El acierto de esta producción: haber evitado todo exceso dramático y afrontar la puesta en escena con una desnudez casi absoluta que rema a favor de la historia que se cuenta.
Manuel Espin
Doctor en Sociología y licenciado en Derecho, CC Políticas y CC de la Información es escritor de ficción y no ficción, periodista y autor audiovisual para cine y tv.
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