Mimbres para una autocrítica de la izquierda
- Escrito por Rafael Fraguas
- Publicado en Opinión
Los mimbres para una autocrítica de la izquierda, sin son consistentes, permitirán elaborar un cesto. Y en ese cesto, se podrá verter todo aquello mal hecho desde esa importante franja de la vida, la opinión y la acción políticas. Este texto va dirigido a quienes consideran que la distinción izquierda-derecha sigue siendo válida: la vemos a diario en la palabra y en la imagen, a nada que encendamos el televisor o escuchemos la radio. No obstante, el despliegue de la vida política va registrando hibridaciones insospechadas entre una y otra que pueden deparar sorpresas. Así lo demuestra, por ejemplo, cierto número de votos a la derecha extrema en barrios obreros, por ejemplo, parisienses o madrileños, como Vallecas, o los sufragios a la izquierda en barrios tradicionalmente altoburgueses, como el de Salamanca donde, en pasadas elecciones, quien obtuvo más votos fue Más Madrid. Veremos qué puede explicar estas y otras rarezas.
A grandes rasgos, la izquierda se concibe a sí misma como una opción ideopolítica que atribuye a la sociedad, más precisamente, a los sectores laboralmente mayoritarios de la sociedad, la condición de sujeto central de la vida política. Y, dentro de esa mayoría, la izquierda ha situado a la clase obrera, hoy por extensión, a las clases asalariadas. Sobre este protagonismo social, surgieron las organizaciones primero sindicales y luego los partidos. De ellos partirían, respectivamente, las reivindicaciones para asegurar, de un lado, las condiciones de existencia de los trabajadores, desde el alimento y la vivienda al salario, y del otro, las posibilidades de acceso al poder de la clase obrera (los partidos suelen ser expresión de las clases sociales a las que representan).
Bien. Las clases subalternas, a las que la izquierda representa, asomaron la cabeza en la Historia de manera intermitente: algunos se remontan hasta Espartaco y su revolución contra Roma; otros evocan a Tomás Münzer y los alzamientos campesinos en la Alemania del siglo XV; algunos más, dos centurias después, se refieren a los niveladores ingleses que ayudaron a la burguesía a derrocar y ajusticiar al arrogante Carlos Estuardo; y aún los hay que incluyen a los sans culottes de la Revolución Francesa en la salida a la escena política de las grandes masas desposeídas. Hay acuerdo entre los historiadores en ubicar en tal escenario la presencia de los movimientos obreros del siglo XIX, su culminación en la revolución soviética de comienzos del siglo XX y la de los campesinos en la China de mediados de aquel siglo.
En la teoría clásica, frente a las clases subalternas desprovistas de todo otro patrimonio distinto del de la fuerza de su trabajo, se alzaban otras, las de la derecha, aglutinadas en torno a la propiedad del capital, al que elevaban a la condición de protagonista de la historia, como sujeto principal, del cual obreros y campesinos eran el predicado. Ello significaba que sobre ellos prevalecía el designio abstracto del dinero extraído del valor generado por la fuerza de unos y otros para venderla en mercados desiguales, vigilados por los aparatos de Estados hechos a la medida para satisfacer, fiscalmente y policialmente, los intereses de los poderosos. La moneda aplicada era la represión del menor conato opositor.
Poco a poco, mitin a mitin, represión a represión, la naciente clase obrera se fue abriendo camino mediante la elaboración y ajuste de una teoría y una práctica propias que tenía en cuenta aquel desequilibrio entre el trabajo y el capital. La gran contradicción era que la riqueza era resultado del esfuerzo colectivo y mayoritario inserto en el trabajo, mientras de los beneficios del proceso de generación de la riqueza así se apropiaban privadamente grupos minoritarios blindados en partidos de la derecha. Tal desequilibrio daría origen a una conciencia motriz, la llamada conciencia de clase, percepción de los intereses colectivos propios frente a los intereses minoritarios ajenos, que espolearía el movimiento obrero para avanzar hacia un anhelado equilibrio de acceso imposible sin transitar hacia posiciones de poder.
Desde entonces hasta hoy, la izquierda, que recibía un legado ilustrado filtrado en clave propia –la Ilustración fue un constructo típicamente burgués– ha impregnado con su ideario gran parte de la vida política y social. Y no solo en Europa o América, sino también y sobre todo en Rusia, China y una constelación de países de todo el mundo. Porque la izquierda siempre pretendió ser, salvo en reducidas ocasiones históricas, realmente internacionalista.
Bien, pues esa impregnación del pensamiento reivindicativo de izquierda, socialista y comunista, con su correspondiente acción política, ha conseguido combatir con éxito los obstáculos que impedían el camino a la democracia, la igualdad y la libertad de decenas de sociedades mayoritarias de países de todo el mundo. Y, asegurando las condiciones de existencia de millones de seres humanos, ha satisfecho así muchos de los anhelos históricos de buena parte de la Humanidad.
¿Qué es lo que sucede hoy? Que, si bien la desigualdad no ha desaparecido de la escena mundial y su reproducción, intencional e inhumana, figura en el ADN del capitalismo con sus crisis inducidas, en gran parte del mundo las reivindicaciones históricas propugnadas paladinamente por la izquierda y gestionadas mal que bien por la burguesía, han sido satisfechas: educación y sanidad universales; seguridad social; igualdad entre géneros; derechos a la información y al voto; libertades sindicales, de expresión, asociación; protección de la infancia y del medio ambiente… Pero pocos pensadores han reparado en que esto ya ha sido conseguido. Han optado por un victimismo que les lleva a reivindicaciones de todo o nada con consecuencias desastrosas, por la manía de cierto izquierdismo de enfrentarse con todos los gigantes a la vez, en vez de enfrentar a unos gigantes contra otros y avanzar por encima de los restos de ambos.
Cierto es que no han surgido nuevas u originales ideas o las que sí han aflorado, incluyen la mixtura de otras compartidas desde ámbitos ideológicos distintos. Por ejemplo, las reivindicaciones ecológicas y medioambientales. Derecha e izquierda coinciden en que los recursos, a escala mundial, son limitados. Bien. Pero, mientras la derecha se centra exclusivamente en constatar su escasez sin modificar su propiedad, la izquierda propone una distribución distinta e igualitaria de esos mismos recursos. La distinción es importante. Como lo es lo concerniente al cambio climático. Mientras la derecha, asociada siempre al capitalismo y a sus supuestas bondades, contempla con preocupación que la sensibilidad climática y las restricciones que obligadamente se imponen le reducen las oportunidades de negocio, la izquierda, por su parte, concibe como un enorme peligro tanto el derroche como la esquilmación de recursos por sus efectos sobre hábitat en el que moramos todos.
En el plano ideológico, el desarrollo de la teoría política, desde la izquierda, no ha logrado nunca las cumbres sistematizadoras coronadas por pensadores de la talla de Marx, Engels, Lenin, Mao Zedong, Martí, Mariátegui, Gramsci o Luckács, entre muchos otros. La aplicación de sus aportaciones a la práctica política ulterior ha guardado poca atinencia a lo pensado antes por aquellos. Hostigada y obligada la Unión Soviética a un estado de excepción permanente por el cerco bélico, económico y comercial, internacional en definitiva, al que desde el minuto cero de su existencia fue sometida la Revolución de Octubre por el denominado Occidente –hasta 21 ejércitos extranjeros invadieron la URSS entonces–, la férrea y consecutiva política seguida por Josif Dughasvilli Stalin y la represión de todo tipo de disidencia, interpretada como traición, impregnó de miedo el otrora empuje emancipador del marxismo. Y la teoría encalló, para desangrarse en la contienda con el trostkismo. Para colmo, en el modelo social del marxismo soviético se confundió la igualdad con la uniformidad, confusión que privó de colores la percepción de la vida de grandes masas pues, si bien las igualó en derechos y libertades, redujo drásticamente la potencial diversidad creativa que en cada persona reside si parte de una igualdad de base desde la que aspirar a lo diferencial y propio.
Abandono del internacionalismo
Pese a ello, surgiría una serie de teóricos bienintencionados comprometidos en mantener encendida la antorcha de la emancipación pero sin lograr la entidad, el rigor ni la metodología de los precursores. Se bajó la guardia ante fenómenos ideológicos muy potentes. Así, la lucha política de buena parte de la izquierda, señaladamente socialista, abandonó el internacionalismo como arma para abrazar el nacionalismo, esa lacra tan incomprendida como tóxica aún insuperada generatriz de la Primera Guerra Mundial que las potencias imperiales perpetraban. Tal fue como sería incubado el huevo de la serpiente del nazismo, ducho en la utilización del nacionalismo como arma letal de expansionismo y supremacismo, pero cauto también a la hora de coquetear eficazmente con muchos de los trabajadores postrados tras los desastres de la gran guerra. Y ello gracias a su partera, la crisis capitalista de 1929. Como predijeron los clásicos del pensamiento socialista, el capitalismo es, necesita, crisis cíclicas y recurrentes para rapiñar mejor y conseguir acrecentar su obsesiva tasa de ganancia a costa de todos los recursos ajenos, humanos, ecológicos y de todo tipo, a su alcance. Necesita crear valor permanentemente a costa de sobre-explotarlo en el músculo y la mente de los seres humanos y hoy mismo, en los datos que gratuitamente le regalamos a través de una tecnología potencialmente revolucionaria, convertida en manos del capitalismo financiero en una verdadera palanca para la contrarrevolución. La productividad a extraer de todos nosotros es ilimitada gracias a estas lindas tecnologías, la determinación de cuyos fines nos es arrebatada.
La victoria militar de la URSS contra el nazismo, en fructífera alianza con fuerzas progresistas occidentales, asistió al desgajamiento súbito de aquella coalición antifascista y sobrevino una etapa de recelo del capitalismo anglosajón, que temía una comunistización plena de Europa, ya consumada en el Este del Viejo continente. Por ello, el mundo del dinero se avendría a admitir cierta redistribución de riqueza y mejoras en las condiciones mínimas de la existencia del mundo del trabajo, que daría lugar en Europa al llamado estado de Bienestar y que incluía ventajas como el diálogo con y la escucha a los sindicatos. De tal etapa data cierta expansión de nuevas teorías de izquierda, signadas por cierta ingenuidad en torno a supuestas bonanzas del capital.
Algunos de los nuevos profetas de la izquierda, como Michel Foucault y toda una cohorte posmodernista, iconoclasta contra la estela de la Ilustración, se propusieron erradicar su legado. Acabar con la dictadura de la razón sería su meta. Y en vez de dejar que la Ilustración muriera de muerte natural, quisieron matarla. Y no se les ocurrió otra cosa, atrincherados desde la Ciencia Política, que abismarse hacia el pantano de lo micropolítico, anteponiéndolo al magma de lo macropolítico en el que aquellos nadaron antes con tanta desenvoltura. La siempre necesaria defensa de las minorías perseguidas y aherrojadas desplazó la lucha por la satisfacción de las necesidades mayoritarias mediante la conquista del poder. Y vino la hecatombe. No comprendieron la pauta que insertaba el análisis certero de la realidad política en la estrecha conexión de lo concreto en lo universal, es decir, en la internacionalidad de toda fórmula política emancipatoria. Al decir de los clásicos, solo la conquista del poder macro, el Estado, podría garantizar la erradicación plena de los fastidiosos micro-poderes que siembran de abrojos la realidad de la vida cotidiana.
Movimientos tectónicos
Es preciso decir que, quizás, el concepto básico sobre el que la izquierda ha pivotado, el concepto de clase obrera, es tal vez el que más movimientos tectónicos ha registrado en su seno. No es posible imaginar la sofisticación alcanzada en los procedimientos de manipulación y de alienación puestos en práctica por el gran capital para enajenar la conciencia de clase que, en su día, aplicada a políticas progresistas, logró cambios revolucionarios en las condiciones de vida de millones de trabajadores de todo el mundo. Entre los medios de comunicación, tan tóxicos hoy tantos de ellos señaladamente de los que el capital financiero privado se ha apropiado, valga el ejemplo del cómic para ilustrar su hondura: tres de los peores enemigos del personaje de Superman, se llamaban Xram, Ninel y Ninukab. Demos la vuelta a esos “enemigos” del superhombre y veamos de quienes se trata. Ya en la infancia se ejerce una manipulación que se convertirá en imparable. Hollywood, cordón umbilical del cine con los designios imperiales made in, y su enorme ascendiente sobre estilos de vida, ha ahormado las ideas dominantes a una escala desconocida
En nuestros días, la avalancha mediática enajenante no tiene parangón histórico. Los aires emancipatorios que las redes denominadas sociales podrían habernos procurado a todos se han visto contaminados por los bulos, las llamadas fake news que, en proporción gigantesca, han degradado la información, ocluyendo todo tipo de comunicación, hasta rangos insospechados de mentira y malevolencia. Así, han ganado elecciones cruciales las fuerzas más retrógradas, por ejemplo, en Reino Unido y en Estados Unidos.
Desde luego, la clase trabajadora, empleada y asalariada, socialmente mayoritaria, la que tiene intereses propios bien distintos de las capas dominantes, la que se ve siempre alejada del poder y de sus resortes, no es inmune a estos procesos de enajenación. Recordemos el dicho de los clásicos: las ideas dominantes son las ideas de los que dominan. Hoy, los perfiles sobre nosotros mismos elaborados con los datos que le regalamos al sistema de macro-vigilancia al que estamos sometidos, determinan no solo nuestra conducta económica, nuestros estilos de vida, preferencias y anhelos, sino que incluso averiguan a priori el sentido de nuestro voto, ofreciéndonos una batahola de bienes placebo que fortifican nuestro narcisismo y niegan toda otra visión del mundo.
Solo una potente y cultivada conciencia crítica puede afrontar esta masiva alienación impuesta por algoritmos, pero muy pocos asalariados tienen tiempo para formarse y pertrecharse, sometidos como están a horarios laborales infames, salarios que perpetúan la precariedad conforme le venga en gana al capital mientras induce las crisis económico-financieras y todo un etcétera de imposturas.
La clase asalariada es mujer y joven
Si. La clase asalariada, que es casi siempre mujer y joven, no emplea apenas palancas de autodefensa porque cree que no las tiene. Pero las hay. Dedicar media hora a la semana a percibir, definir y solucionar los problemas vitales y laborales mediante la unión con quienes se encuentran en situaciones semejantes es el primer paso para la organización. Y la organización es la vida, tal es el principal axioma de la izquierda cuya postración tiene mucho que ver con el abandono de esta convicción.
Todo un abanico de soluciones puede abrirse entonces, desde el boicoteo a determinadas prácticas y productos de consumo, supuesto temible para los grandes monopolios que los producen y distribuyen, hasta las medidas de fuerza contra los horarios abusivos, las deslocalizaciones, la robotización sin alternativas, las horas extraordinarias o la huelga. Hay una plétora de derechos constitucionales muy poco ejercidos, pero existentes y reales. En fin. La enajenación aplicada tenazmente por el discurso del gran capital, que ya no tiene interés alguno en transigir con la democracia y la considera peligrosa, causa tremendas sorpresas en los comportamientos electorales, como señalábamos al principio.
No hay más remedio que reparar en las causas y los efectos de cuanto sucede. Conversar, dialogar, decidir colectivamente. Herramientas analíticas hay, los fundadores y epígonos del pensamiento de la izquierda nos proporcionan muchas categorías, claves e indicaciones para, incluso con su crítica, avanzar con nuevas teorías y prácticas, hacia estadios de plenitud social y humana insospechados hoy. Así obtendremos los mimbres del cesto donde arrojar todo aquello que se malogró en la lucha perenne de la Humanidad por su emancipación, sin olvidar que la Política tiene leyes propias, a veces insalvables y solo remontables con esfuerzos sobrehumanos que no pueden devenir, en ningún caso, en inhumanos.
Rafael Fraguas
Rafael Fraguas (1949) es madrileño. Dirigente estudiantil antifranquista, estudió Ciencias Políticas en la UCM; es sociólogo y Doctor en Sociología con una tesis sobre el Secreto de Estado. Periodista desde 1974 y miembro de la Redacción fundacional del diario El País, fue enviado especial al África Central y Oriente Medio. Analista internacional del diario El Espectador de Bogotá, dirigió la Revista Diálogo Iberoamericano. Vicepresidente Internacional de Reporters sans Frontières y Secretario General de PSF, ha dado conferencias en América Central, Suramérica y Europa. Es docente y analista geopolítico, experto en organizaciones de Inteligencia, armas nucleares e Islam chií. Vive en Madrid.