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Diálogos imposibles: La odisea en la silla del dentista


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Si alguna vez has estado en la silla del dentista, sabrás que es el único lugar en el mundo donde se espera que mantengas una conversación con las manos de alguien más en tu boca. Sí, amigos, el dentista es ese mago que logra sacar palabras de tu boca cuando ni siquiera puedes cerrarla. Para mí la higiene bucal, control y mantenimiento de mis dientes, una vez pasada la fase de pánico se convirtió como en una quedada de amigas. Voy al dentista todos los meses. ¡Pum!

La cita siempre comienza con el mismo ritual. Te sientas en la silla, que más parece una nave espacial con destino a la Constelación del Dolor, y entonces empieza el espectáculo. El dentista se acerca con una sonrisa que no sabes si es de simpatía o porque ya sabe lo que te espera. Hoy ha sido así. La he preguntado a mi doctora si sufre con el estrés de sus pacientes, ha dicho que sí. ¡No tengo la culpa de sus temores! Toda sufrida ha dicho. ¡Pobrecilla! También te digo, hay cosas que si se cogen a tiempo…como todo en la vida. Si cojo a tiempo a mi jefe…pues no lo sería, claro está.

“¿Cómo estás?”, pregunta amablemente, mientras te acomodas en la silla y contemplas el techo, preguntándote si alguna vez han limpiado esas luces. ¿Qué tal el último libro? ¡Lo he pedido! ¡Ah, gracias! y piensas: si lo ha leído y por lo que sea no le gusta, hoy pone gaseosa en la anestesia.

Pero bueno, tú, intentando ser educado, comienzas a responder, pero en ese momento, ¡zas! Aparecen en escena los instrumentos. Espejos, sondas, y lo que jurarías que es un artefacto para contactar extraterrestres, todos ellos se dirigen a tu boca. ¡Aguanta la pedrá con los olorcillos de la tierruca!

Ahora, con la boca más abierta que la puerta de un banco en día de pago, empiezan las preguntas de verdad. “¿Has tenido alguna molestia?”, “¿Te cepillas después de cada comida?”, “¿Crees en la vida extraterrestre?”. Bueno, quizás la última no, pero a ese punto, cualquier pregunta es posible. Claro, mujer, ya sabes que llevo el irrigador en el bolso y todo tipo de magias para que mi aliento siempre sea bueno y la presencia de mis piños, también.

Mientras tanto, tú estás ahí, haciendo malabares con tu lengua para no interrumpir el delicado proceso de limpieza dental y, al mismo tiempo, intentando articular palabras que suenen remotamente humanas. “Ahhggh”, respondes, que en el idioma del dentista significa “Sí, todo bien”.

Y no olvidemos el momento cumbre: el aspirador de saliva. Ese aparato que suena como un OVNI en miniatura y se convierte en el villano de la película, luchando contra tu lengua por un espacio en tu boca. Ahí estás, intentando no tragar ese aparato, mientras sigues participando en esta conversación unilateral. Por desgracia lo maneja la ayudante que se apoya en ti o en los dientes de arriba y te hace polvo. Es que cuando te hacen algo, lo que sea en la dentadura de abajo, da por hecho que se apoyan con instrumentos en tu boca, como si fuera la barra del bar. ¿Y esas limpiezas por sistema? Madreeeee, qué repelús! Es como esperar el trallazo en el nervio como si te estuviera mortificando los de la Gestapo.

Al final, cuando ya crees que has sobrevivido, el dentista, con una sonrisa, te dice que todo ha terminado y que te espera “pronto” para la próxima sesión. ¡Genial, no duermo de pensar en una nueva cita! Yo digo mil veces ¡gracias! pero más bien porque siempre llego tarde y no me echan y también por darme cuenta de que sigo viva. Eso sí, contractura en la columna cervical, contractura en la columna lumbar, pies retorcidos con calambre, manos sudorosas, tendinitis en los brazos y muñecas del terror, dolor de cabeza, estómago revuelto de los olorcillos…¡un auténtico horror! Y encima pago una mutua de dentista. ¿Seré imbécil? ¡Pagar para que me torturen! Al final, asientes con todo, te levantas de la silla con la dignidad de un superhéroe que acaba de salvar el mundo (o al menos sus encías) y caminas hacia la puerta, preguntándote si alguna vez habrá una manera de responder elegantemente con la boca llena de algodones.

Y así concluye otro episodio en la aventura de hablar mientras tu boca está en otra dimensión. La próxima vez, quizás practique mis respuestas con un tenedor en la boca, solo para estar preparada.

 

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.