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‘Una vida no tan simple’: el abismo cotidiano de la crisis de los 40


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

Hay películas que desde la renuncia a la pretenciosidad, a los planos angulosos y a la aparente caligrafía del autor logran el milagro de que los espectadores se sumerjan en realidades próximas, como si compartieran la vida de quienes se cruzan en nuestro portal o comparten ascensor. Félix Viscarret hizo en 2007 una película excelente, 'Bajo las estrellas' , firmado capítulos de series como 'Patria', y en 2022 volvía con un título, 'No mires a los ojos' bajo la cobertura de una historia de intriga. Ahora lo hace con 'Una vida no tan simple' en la que debería constituir una de las 'películas españolas' del año.

Partiendo de una historia de personajes, muy pocos, en la cuarentena donde no ocurre nada extraordinario, ni aparecen escenas dramáticas, no se rompe ninguna vidriera, ni hay situaciones que destruyan ninguna baraja, se traza un relato plenamente identificable con nuestra cercanía. Un arquitecto (Miki Esparbé) y padre de dos niños, casado con una profesora (Olaya Caldera) tiene dificultades para conseguir trabajo y lograr las oportunidades creativas que al principio de su carrera parecían abrirse. En el parque infantil conoce a otra madre de un niño, hacia la que siente una imprecisa atracción sin que ello vaya a suponer la consumación de una infidelidad. Mientras él mantiene una relación de fraternal amistad con otro arquitecto (Alex García) que desde su soltería busca relaciones con el otro género.

Aunque se ha tratado tantas veces en la novela o el cine la llamada 'crisis de los 40' pocas veces se ha hecho con tanta naturalidad y agudeza como en esta comedia dramática donde no hay estereotipos, lugares comunes, ni vaya a pasar nada que se salga de unos límites. Por no haber ni siquiera aparece una escena de cama y las situaciones se sugieren o intuyen con gran sentido de la sutileza y la cercanía.

El formato/lenguaje elegido por Viscarret en un guion creado desde la inminencia a las situaciones y la identificación con personajes que podemos ser nosotros o aquellos con quienes convivimos, es el de la 'cercanía', con renuncia a los planos generales, a los grandes movimientos de cámara, a las secuencias enfáticas y al subrayado. Todo está contado desde la cámara que sigue a unos actores creíbles en diálogos de asombrosa naturalidad como pocas veces se ve en el cine español. Viscaret es capaz de mostrar una escena tan poco convencional en su sencillez como la del primer diálogo entre los personajes de Esparbé y Polvorosa en una zona de juegos de un parque urbano con varios metros de distancia entre ellos renunciando al plano general, facilitando que sus palabras fluyan con la cotidianidad del encuentro casual. Idéntica técnica se repite en otras escenas en las que los movimientos de cámara son funcionales y están al servicio de lo que se quiere contar, renunciando a que el director pretenda dejar su caligrafía.

'Una vida no tan simple' una 'producción pequeña' desde el punto de vista de los medios utiliza con gran sentido de la propiedad esos recursos con una sobriedad de lenguaje que rema a favor de la historia que relata. Viscaret demuestra tener oído para los diálogos y las situaciones donde no hay el menor atibo de pretenciosidad o engolamiento, y poseer gran capacidad para la dirección de unos actores que 'dicen' sus personajes con una extrema naturalidad. Donde se percibe la 'química' entre los dos amigos arquitectos, Miki Esparbé borda un excelente personaje y las dos mujeres brillan desde la credibilidad que aportan a las madres. Unido a la sorprendente composición de los niños pequeños.

Una película sobre las frustraciones personales, y la crisis profesional cuando la vida no es como se esperaba al acabar una carrera, hecha de fragmentos de realidad y sentido para captarla. Y ello desde una película deliberadamente 'pequeña' de concepto, sin divismo ni situaciones atípicas, donde la cámara no es protagonista o intermediaria sino testigo que refleja la realidad, con unos diálogos frescos que evitan ser 'graciosos', secundarios bien trazados (Ramón Barea es un actor muy creíble cuando tiene en sus manos un personaje como el del veterano arquitecto triunfador), una ambientación tan cercana y reconocible en las calles de un Bilbao invernal, sin monumentos emblemáticos y con interiores naturales de una atroz cercanía. Con toda justicia esta excelente 'película carente de énfasis de producción' debería estar en diversas candidaturas de los Goya y tener un buen resultado en las taquillas.

 

Doctor en Sociología y licenciado en Derecho, CC Políticas y CC de la Información es escritor de ficción y no ficción, periodista y autor audiovisual para cine y tv.


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