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La naranja mecánica, el mecanismo humano y el coronavirus


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

«El ser humano está dotado de libre albedrío, y puede elegir entre el bien y el mal. Si solo puede actuar bien o solo puede actuar mal, no será más que una naranja mecánica». La naranja mecánica, Anthony Burgess.

Esta novela va sobre ensayos, filosofía moral, la maldad, los condicionamientos pavlovianos, la sátira y el humor negro, ese que vuelve a rondarnos en estos tiempos tan raros como una naranja de relojería, aunque yo casi preferiría utilizar la palabra bomba. Da igual, se trata de programación ante conductas consideradas intolerables por la sociedad y aunque tanto Burgess como Kubrick lo llevan al extremo, tanto que no puedes apiadarte de Alex ni de su pandilla, el regusto amargo a golpes de Beethoven te desequilibra tanto como su mensaje subliminal. A mí lo que ahora más me asusta es que nos enchufen el tratamiento Ludovico estilo coronavirus y que nos hagan alérgicos a personas diferentes, sobre todo si los antiguos miembros de tu pandilla, digamos incluso amigos o conocidos, se han pasado al otro bando con licencia para multar y dirigirte la vida, lo que les convierte en seres aún más peligrosos. La terapia de la aversión a la que nos están sometiendo está dando ya sus frutos, y la segunda parte (la conversión) está sobre la mesa. Y el que se resista, quedará condenado al dedo acusador estilo La invasión de los ultracuerpos, que me sigue dando escalofríos por lo profética que va resultando.

La historia de Alex es tan perversa, rocambolesca, extrema y colorida como solo podemos recordar aquellos para los que la psicodelia no salía de una pantalla de ordenador, la tenías en el decorado de tu casa, tanto que cuando pasa de la violencia al pacifismo (inducido, eso sí) termina siendo el gran perdedor de su propia historia. ¿Moraleja? No te olvides que Alex, aparente cordero convertido, termina siendo víctima de la sociedad que lo apartó, pero el capítulo 21 del libro da un mensaje de esperanza, y se le concede la oportunidad de volver a su ser natural y de elegir entre el bien y el mal por propia voluntad. Creo que a esto se le llama libre albedrío. A nosotros no, el coronavirus naranja no nos ha quedado mucha libertad de elección, la verdad. Y ya sabemos que cuando al ser humano se le quita la posibilidad de elegir en tiempos de conflicto, aparece una gran naranja mecánica. Y la nuestra está a punto de explotar a lo grande.

Mientras DeLarge y sus colegas, vete a saber dónde estarán ahora y qué tabúes romperán en esta confusión aislada, se beben su leche con algo más, nosotros tenemos los bares y la vida cerrados y lo único que ingerimos en pildoritas disfrazadas de información y entretenimiento es la dosis diaria de bombardeo informativo a través del televisor que ejerce una función absolutamente catártica y nos deja tan alienados como si nos hubiéramos bebido todo el moloko del bar y ya no supiéramos qué hacer con lo que nos provoca en el cuerpo y el espíritu. A veces, no muchas, me rebelo y pienso que un buen trago de esta poción me convertiría de nuevo en un ser pensante. 

Licenciada en Filología Hispánica (1984-89) y en Filología Alemana (2001-04) por la universidad de Salamanca, con diplomaturas en italiano y portugués. Vivió 10 años en Alemania, donde dio clases en la VHS (universidad popular) de Gütersloh, Renania del Norte-Westfalia, desde 1993 a 2000.

Posteriormente, ya en España, decide dedicarse a la traducción y corrección de libros y textos de diversa índole, labor que sigue ocupando a día de hoy.

Es miembro de la AEPE (Asociación Europea de Profesores de Español), de ASETRAD (Asociación Española de Traductores e Intérpretes) y otras entidades relacionadas con la traducción.

Asimismo, colabora como traductora honoraria para diversas ONG.


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