Pablo Iglesias, The Best and The Brightest
- Escrito por Aldo Conway
- Publicado en Tribuna Libre
“A mi eso de la progresía mediática me huele a estafa, primo”
Las intrigas y las confabulaciones palaciegas de la izquierda patria nunca me han interesado; quizá — sólo estoy especulando — algún día me llamen la atención. Por el momento me preocupa más la amenaza del neoliberalismo devorador de mundos. Será que no entiendo de qué va eso de ser de izquierdas. Conste que no pretendo ser alarmista, pero el aire está más turbio que después de Vistalegre II. De unos meses a esta parte, hay un ala de Podemos (aunque decir que es un sector de Twitter sería más acertado), que ha fortificado posiciones alrededor del exvicepresidente del gobierno, un hombre cuya proyección de poder es inversamente proporcional a su capacidad real de ejercerlo. Steve Bannon, cuenta Michael Wolff en Fuego y Furia: en las entrañas de la Casa Blanca de Trump, instó a los colaboradores del Ala Oeste a leer el libro de David Halberstam, The Best and The Brightest, una crónica política de los años de la administración Kennedy que analizaba las figuras intelectuales alrededor de las decisiones que llevaron al país a iniciar y perder la guerra de Vietnam. En los años setenta se popularizó entre los aspiracionistas a las élites norteamericanas como las tablas de Moisés para entender y conseguir el poder en los Estados Unidos. Wolff dibujó a Bannon como un conspirador, un paranoico obsesionado por contraatacar antes de ser atacado, por anticiparse a todo y a todos. Su estrategia propagandística ha funcionado con relativo éxito en todo el mundo, aunque sólo llegó a triunfar en Brasil, EE.UU., Hungría, y algunos otros pobres diablos. Ha sido el ideólogo detrás de las campañas de casi toda la extrema derecha occidental y el culpable de buena parte de su crecimiento. Una estrategia que funciona especialmente dentro de un nicho específico de población, pero resulta sorprendente la facilidad con la que cala el mensaje dentro de la propia izquierda.
¿Qué ocurre si aplicamos las formas comunicativas de la alt-right en un discurso izquierdista?
El yo contra todos, contra la derecha mediática, la progresía (progresía, ¡por favor!) mediática. Un mesías que se alza contra las fuerzas del mal, es decir, todo aquel que renuncie formar parte del aquelárriico collage de futbolitizados bots de Twitter y querubines rojipardos haciendo triples saltos mortales y malabares con motosierras argumentales para justificar que bueno, hombre, es que...cómo te vas a poner de parte de la OTAN, ¿no?*mira hacia ambos lados con una sonrisa nerviosa* La polarización da sus frutos y la sacrosanta y necesaria escala de grises se ha reemplazado con una simple llave binaria. Solo queda Vox, Solo quedo Yo. El trasfondo cambia por completo, pero las formas son las mismas. La disputa de poder con Yolanda Díaz saca a relucir la incapacidad de la izquierda de anteponer el proyecto a los resultados y sería un absoluto desastre de no ser porque la oposición consiste en un neonazi con dieciséis minutos de vida laboral y un pazguato con menos presencia que Epi y Blas.. Y es que Unidas Podemos se ha convertido en la Comunidad del Anillo en Amon Hen, con un Boromir cegado por la urgencia de salvar Gondor y provoca con su enajenación que la saga se alargase otras dos películas.
Quizá entender que no sirvió de nada bajar al barro a pelear con Ayuso, ver que va a caer por sí sola — y sin ser ninguna sorpresa, vistas las luces de su Excelentísima — y que la reina — que en este caso sería rey, pero se me desmonta la metáfora ajedrecista — se sacrificó para nada, quizá ser consciente de todo eso sea demasiado y las ganas de volver superen la voz de la razón. Y es entendible, pero el momento pasó.