La patria
- Escrito por La redacción
- Publicado en Déjà Vu
“Por esta vez vamos a hablar de la patria. Decimos por esta vez, porque entendemos que de la patria no se debe hablar mucho. Lo mismo que de la madre. Hay cosas que, precisamente por demasiado respetables, conviene no manosearlas. Ni someterlas a charlatanería. Ni servirse de ellas para fines bastardos. 'Los que mentan la madre, los que mentan la patria... Los hijos respetuosos no las traen ni las llevan tan en vano.
Para nosotros, la patria sale de la tierra, sale de la familia. Es un sentimiento de raíz y de fraternidad. Consiste, por tanto, en el amor y la solidaridad. Debe tener los ojos tiernos y el corazón sensible; no la mirada fiera ni los nervios de punta. Es comprensión, no intolerancia. Y una costa obligada parece que sería que cada uno la sintiera definida y no embarullada dentro de sí. En el barullo es donde truenan las palabras vacías de sentido; y la palabra patria, si no se llena bien con enjundia legítima, se suele envenenar con cualquier cosa. Porque hemos dicho que patria sale de la tierra; sale de la familia, es sentimiento de raíz y de fraternidad, y por tanto trasciende a vida. La patria es la vida secular de nuestra raza y nuestra tierra. Y como todas las cosas vueltas del revés se hacen terribles, no hay más terrible contrasentido que esgrimir el sentimiento de la patria para ir a la guerra, que vale tanto como sembrar la muerte, como matar la tierra, que eso es pisotearla del regimiento y del cañón, como destruir la familia, que eso es llevar los hijos a las trincheras y entregarlos al plomo y a los gases asesinos.
Pero, además, el sentimiento de la patria es sentimiento de libertad. Los esclavos eran quienes no tenían patria; los siervos eran los que no tenían razón para amar la tierra, ni los parias, porque los rechazaba. Nos da a luz nuestra madre, y salimos a luz en nuestra patria. Las dos tienen regazo, sí; pero salir a luz es para ser libres. Los esclavos, los siervos y los parias son otros terribles contrasentidos, hijos de la injusticia. Pero en plena justicia no debernos negar la libertad a que nos sacan nuestra madre y nuestra patria. ¡Si lo son precisamente para eso!
De todas estas cosas hay que llenar continuamente esa palabra de la patria. Para que suene menos, para que pese más; para que, sobre todo, los frívolos o los malos o los torpes no la traigan y lleven a toda hora vacía, sonora, y la preñen de malas pasiones y de sentidos interesados. Porque al buen hombre le llaman por ejemplo: ¡mal patriota!, y sin saber quién se lo ha dicho ni por qué se lo ha dicho, ha quedado infamado. Y el agresor suele tener un concepto de patria lamentable. Y otras veces, cualquier pelafustán sale gritando: «¡la patria está en peligro!», y todos los idiotas que no tienen una noción exacta de la patria, se ponen de su parte.
Para hablar con cierto prestigio de la patria convendría haberse roto por ella alguna vez, y DESINTERESADAMENTE, ¿eh?, y a ser posible en el anónimo, el pecho. Porque habérselo roto de otro modo, ya no vale. O haber trotado por todos los caminos de la patria—esto más meritorio que haberse roto el pecho, aunque fuera de balde---, y haberse herido los pies en los guijarros, y haber probado la amargura de los últimos rincones, y haber llegado y comprendido todo el dolor, todo el fervor de humanidad que hay en la patria. O, también, haberse entrado en el pensamiento de la patria, y haber poseído su mente y haberse identificado con su obra. Mas no tener nada de esto, y profesar una entelequia de patria, ignorante de la tierra, el corazón y el pensamiento, ¿qué es? Peor que nade. Servirse de las palabras respetables, defraudar a la patria. Cometer la estafa de llevarse a la patria y ponerla al servicio de lo vituperable.”
(El Socialista, número 7299 de 29 de junio de 1932).