EL OBRERO PERIODISMO DE DATOS
18 sept 2026 | Actualizado 11:49 CEST
PERIODISMO DE DATOS

Durante décadas, el cine y la televisión han encontrado en el crimen una fuente casi inagotable de historias. Asesinos, narcotraficantes, mafiosos, ladrones, estafadores, terroristas y hackers han ocupado la pantalla con una frecuencia difícil de encontrar en otros ámbitos de la vida social. Tiene lógica. El delito ofrece conflicto, riesgo, poder, persecución, dinero, violencia y personajes que se mueven fuera de las reglas. Son ingredientes narrativos extraordinarios. Pero qué pasa cuando dejamos de preguntarnos qué historias estamos viendo y empezamos a preguntarnos qué ideas pueden quedar después de haberlas visto.

La cuestión parece sencilla, pero no lo es. ¿Puede una película o una serie inducir a una persona a delinquir? Planteada así, probablemente sea una mala pregunta. Millones de personas han visto películas sobre narcotráfico sin convertirse en narcotraficantes y series sobre asesinos seriales sin intentar matar a nadie. No existe una relación automática entre consumir una ficción criminal y cometer un delito. Sin embargo, de ahí tampoco puede concluirse que la ficción sea socialmente neutra.

Las historias enseñan algo incluso cuando su propósito principal es entretener. Albert Bandura demostró, mediante sus estudios sobre aprendizaje social, que una parte de nuestras conductas y expectativas puede desarrollarse observando modelos. Una persona no necesita experimentar directamente una situación para aprender sobre ella. Puede observar qué hace otro, qué consecuencias obtiene y qué comportamiento parece proporcionarle reconocimiento, poder o recompensa.

El espectador quizá no aprenda a delinquir, pero sí puede incorporar determinadas asociaciones. Poder con violencia. Dinero con narcotráfico. Masculinidad con dominación. Inteligencia con capacidad para evadir a la autoridad. Respeto con miedo. Éxito con ausencia de límites. El problema, entonces, puede encontrarse menos en el delito representado que en la recompensa que acompaña al delincuente.

Pensemos en una serie ficticia de diez horas sobre un narcotraficante. Durante nueve horas vemos propiedades, automóviles, dinero, relaciones sentimentales, fiestas, armas, subordinados y personajes que le muestran respeto. Durante los últimos veinte minutos es detenido o asesinado. Formalmente, la historia puede afirmar que “el crimen no paga”. Narrativamente, sin embargo, el espectador recibió durante horas una sucesión de recompensas asociadas al personaje. ¿Ahora ya lo ves? Esta diferencia importa.

Una investigación publicada en 2026 en la revista mexicana Derecho Global analiza precisamente la relación entre narcoseries, cultura de la legalidad y apología del delito. El estudio advierte sobre representaciones capaces de presentar conductas asociadas con el narcotráfico de manera contraria a una cultura de respeto por las normas y señala particularmente la posible influencia sobre públicos jóvenes. Los propios autores reconocen que el fenómeno requiere todavía mayor investigación empírica y que no debe confundirse representación con causalidad directa.

Aquí conviene distinguir conceptos. Representar un delito no equivale a hacer apología de él. Una película sobre un homicidio puede condenar precisamente aquello que representa. Una historia sobre la mafia puede mostrar las consecuencias familiares y sociales de ingresar en una organización criminal. Incluso un delincuente puede ser el protagonista sin convertirse necesariamente en un modelo moral. La frontera comienza a desplazarse cuando la narración justifica, romantiza o recompensa sistemáticamente la conducta criminal.

La criminología cultural resulta especialmente útil para analizar ese territorio porque estudia la relación entre delito, símbolos, identidad, medios de comunicación y producción cultural. Desde esta perspectiva, las representaciones importan porque ayudan a construir significados. Algo puede continuar siendo jurídicamente ilegal y, al mismo tiempo, adquirir cierto prestigio cultural.

Podemos verlo en algunas representaciones contemporáneas del narcotráfico. Determinados personajes ficticios o basados en criminales reales terminan teniendo frases reconocibles, vestimenta imitada, música asociada, seguidores e incluso una estética propia. El individuo real pudo haber sido responsable de homicidios, secuestros o tráfico de drogas, pero su versión audiovisual puede transformarlo en un antihéroe fascinante.

La teoría desarrollada a partir de los trabajos de George Gerbner plantea, en términos generales, que una exposición prolongada a determinadas representaciones mediáticas puede contribuir a configurar la manera en que las personas perciben la realidad social. Nadie necesita creer literalmente que una serie es un documental. La influencia puede ser mucho más silenciosa: familiarizarnos con determinadas imágenes hasta que comienzan a parecernos normales.

Normalización tampoco significa aprobación. Ese matiz resulta esencial. Una sociedad puede comenzar simplemente tolerando determinados símbolos. Después bromear con ellos. Más tarde incorporarlos a la cultura popular. Finalmente, algunas personas pueden terminar admirando aquello que originalmente provocaba rechazo.

El fenómeno de imitación mediática ofrece ejemplos todavía más delicados. Uno de los casos más estudiados ha sido la representación del suicidio en medios y productos de entretenimiento. Aunque no se trate de un delito, permite observar hasta dónde puede llegar la influencia narrativa sobre determinadas poblaciones vulnerables.

Después del estreno en 2017 de 13 Reasons Why, diversas investigaciones analizaron posibles cambios en conductas relacionadas con el suicidio entre adolescentes. Una revisión sistemática de 27 estudios encontró resultados heterogéneos: algunos trabajos documentaron efectos positivos, como mayor disposición para hablar sobre salud mental, mientras otros encontraron incrementos en ideación suicida, autolesiones, ingresos hospitalarios o mortalidad en determinados grupos vulnerables. Los investigadores subrayan que las limitaciones metodológicas impiden afirmar una relación causal simple.

Otro meta-análisis sobre representaciones ficticias de suicidio encontró que los dos estudios de mejor calidad relacionados con aquella serie mostraban conjuntamente una razón de tasas de 1.18 para suicidio después de su difusión, aunque los autores volvieron a advertir que hacían falta mejores investigaciones para establecer bajo qué circunstancias aparece este tipo de efecto. La lección es importante porque demuestra que las consecuencias de una representación audiovisual dependen del contenido, de la audiencia y del contexto.

También existe el fenómeno contrario. El llamado efecto Papageno describe cómo determinadas narrativas pueden favorecer respuestas protectoras cuando muestran alternativas, búsqueda de ayuda, resiliencia y formas de superar una crisis. Es decir, los medios no solamente tienen capacidad para normalizar comportamientos problemáticos. También pueden proporcionar modelos positivos.

Por eso la solución difícilmente debería ser prohibir todas las historias donde aparezca el crimen. La censura generalizada tendría problemas evidentes. ¿Quién determinaría qué personaje resulta demasiado atractivo? ¿Hasta dónde podría representarse la violencia? ¿Una obra como El padrino debería prohibirse porque presenta personajes criminales complejos y carismáticos? El arte necesita libertad para incomodar, representar conflictos y explorar incluso los aspectos más desagradables de una sociedad.

La responsabilidad individual tampoco puede desaparecer. Una persona adulta conserva capacidad de interpretación, juicio moral y decisión. Responsabilizar a una película por cada conducta posterior de sus espectadores sería tan absurdo como considerar inocuo cualquier contenido por el simple hecho de llamarlo entretenimiento.

Las clasificaciones por edad, advertencias de contenido, alfabetización mediática, acompañamiento parental, contextualización de acontecimientos reales y asesoría especializada para determinadas representaciones pueden reducir riesgos sin destruir la libertad creativa. En situaciones especialmente sensibles, como suicidio, terrorismo o violencia extrema, existen incluso recomendaciones profesionales sobre cómo representar determinadas conductas sin proporcionar una narrativa potencialmente perjudicial.

Pero quizá la herramienta más poderosa sea enseñar a mirar. Un espectador con pensamiento crítico puede observar una serie sobre crimen organizado y preguntarse qué no está viendo. Quiénes son las víctimas. De dónde procede realmente el dinero. Qué comunidades fueron destruidas. Qué familias quedaron desplazadas. Cuántas personas fueron asesinadas para sostener aquel estilo de vida que la cámara presenta durante cuarenta minutos con música, automóviles y lujo.

Esa pregunta cambia completamente la narrativa. El desafío, por tanto, no consiste en decidir entre censurar la ficción o permitir absolutamente cualquier cosa sin reflexión. Consiste en comprender que la libertad creativa y la responsabilidad social pueden coexistir.

Las personas deben poder decidir qué quieren ver. Los creadores deben conservar capacidad para contar historias complejas. Las plataformas pueden asumir mecanismos razonables de prevención. Las familias y las escuelas pueden fortalecer el pensamiento crítico.

Y la criminología tiene aquí un campo enorme por explorar. Porque quizá el efecto más profundo de una serie sobre delincuencia no sea convencer a alguien de cometer un delito mañana. Puede ser algo mucho más silencioso: modificar lentamente nuestra idea de quién merece admiración, qué entendemos por éxito y cuánto estamos dispuestos a normalizar aquello que alguna vez consideramos inaceptable.

Las historias no controlan nuestras decisiones, pero sí participan en la construcción del mundo desde el cual las tomamos.

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