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Odio, racismo y otras bestias


(Tiempo de lectura: 2 - 3 minutos)

Hace apenas una semana el municipio de Alhama de Murcia despertaba con una imagen tan macabra como esperpéntica, la de la cabeza de un cerdo colgada a modo de señal en la ventana de un espacio que se quiere convertir en una mezquita para el culto musulmán. Una imagen acompañada de una pintada que rezaba “barra”, esto es, “fuera” en árabe. La escena, violenta y casi supremacista, se erige como una suerte de metáfora en torno a un fenómeno que parece inocularse, como si de un virus se tratase, cada vez en más y más personas.

De un tiempo a esta parte Europa se ha sumido en un miedo que, si bien no preside nuestro día a día, sí ha dejado un poso de odio en el corazón de quienes, por ignorancia o por convicción, han coaligado el terrorismo a una determinada religión, asumiendo que dicha religión es una expresión más del terror y, por ende, merece nuestro rechazo e incluso nuestro odio. Así, advertimos una corriente de racismo que, formulada con diferente intensidad, nos pone frente a un espejo que, al fin y al cabo, nos refleja a nosotros mismos.

Es evidente que los alhameños en pie de guerra contra la construcción de una mezquita no piensan que sufrirán ningún tipo de daño físico, y mucho menos un atentado, pero sí han sucumbido a la idea de que una comunidad musulmana puede convertirse en un problema. El barrio en cuestión, Las Filipinas, convive con un local regentado por testigos de Jehová que no ha despertado animadversión alguna, sin embargo, abomina de un centro que convocaría, al menos, al 10% de la población de Alhama, de origen musulmán.

El racismo nos pone, efectivamente, frente a un espejo, y lo primero que refleja son nuestras incoherencias. Temer lo desconocido es humano, pero odiarlo es estúpido. Francia, a diferencia de España, es un país laico. Hay quienes, por simple desconocimiento, consideran que el laicismo persigue a las religiones, pero lo cierto es que el laicismo es el espacio de libertad que garantiza que estas puedan ser practicadas por aquellos que lo desean. El laicismo no es violencia, el racismo, en cambio, sí lo es.

La violencia ha tocado demasiadas veces a la puerta de Europa, y los repugnantes atentados con los que han bañado de sangre y lágrimas algunas ciudades cercanas nos han hecho caer en la cuenta de los terrores que pueden llegar a producirse. Y en este contexto, es triste reconocer que la ola posmoderna de las comodidades occidentales nos hace olvidar, demasiadas veces, que hay vida fuera de Europa, que hay vidas fuera de Europa.

Los espejos nos devuelven, en muchas ocasiones, imágenes que no nos gustan, pero en otras ocasiones somos nosotros mismos los que, como un espejo, reflejamos, bajo la peor de las formas, la expresión de nuestras aversiones, de nuestros miedos y de nuestras fobias. No hay contexto que sirva como pretexto, no hay premisa que justifique el odio por el odio, la rabia por la rabia, el rechazo por el rechazo.

Las sociedades libres se construyen integrando y sumando, reconociendo las diversidades y fortaleciendo los lazos universales que nos unen a todos. En las sociedades libres no hay yugos, ni el de los prejuicios, ni el de los recelos, ni el de la inquina. En las sociedades libres los ciudadanos se miran a la cara, de igual a igual, de tú a tú, y se refugian juntos bajo un mismo paraguas de respeto y solidaridad frente a las inclementes tormentas de la intransigencia, del odio y del terror.

Profesor de Lengua y Literatura españolas en la Universidad de Paris-Nanterre. Militante del PSOE de la Región de Murcia.


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