La corta memoria de la seguridad
- Escrito por Daniel René Jiménez Cortés
- Publicado en Tribuna Libre
La seguridad tiene un problema del que se habla poco porque no produce titulares, no genera conferencias de prensa y difícilmente puede medirse con una estadística mensual. Es un problema silencioso, pero muy persistente: olvidamos demasiado rápido.
Olvidan las instituciones, olvidan los gobiernos y también olvidamos como sociedad. Se olvidan crisis que parecían insoportables, operaciones que no funcionaron, estrategias que fueron presentadas como definitivas, errores que costaron recursos, investigaciones que terminaron explicando qué salió mal y hasta recomendaciones que alguna vez parecieron indispensables. Pasan algunos años, cambia una administración, se renueva una estructura y buena parte de ese conocimiento comienza nuevamente desde cero.
Nunca habíamos tenido tanta capacidad para almacenar información y, sin embargo, seguimos teniendo dificultades para conservar experiencia. En seguridad esto resulta particularmente costoso. Cada crisis parece inédita. Cada nueva modalidad delictiva parece no tener antecedentes. Cada transformación de la violencia suele presentarse como si hubiera aparecido espontáneamente. Entonces comienzan nuevamente los diagnósticos, las mesas de trabajo, las propuestas de coordinación y las reformas. Algunas son necesarias, desde luego. El problema aparece cuando descubrimos que muchas de las preguntas que estamos intentando responder ya habían sido formuladas años atrás.
La memoria institucional no consiste en conservar archivos. Un edificio puede tener miles de expedientes y, aun así, no recordar nada. Recordar institucionalmente significa aprender. Significa saber qué se intentó, en qué condiciones, qué resultados produjo, qué errores fueron detectados y qué debería hacerse diferente la próxima vez. Esa información tendría que sobrevivir a las personas, a los cargos y, sobre todo, a los cambios políticos y administrativos.
Pero con frecuencia ocurre exactamente lo contrario. Cuando un funcionario se retira, un analista cambia de adscripción o un equipo operativo se desintegra, una parte del conocimiento se marcha con ellos. No necesariamente porque alguien destruya documentos, sino porque existe una diferencia enorme entre conservar información y conservar experiencia. Hay conocimientos que nunca fueron documentados, decisiones cuyo razonamiento quedó únicamente en quienes participaron y aprendizajes que desaparecen porque nadie tuvo la responsabilidad de convertirlos en conocimiento institucional.
Después llega otro equipo. Observa el problema. Lo estudia. Y muchas veces vuelve a recorrer el mismo camino. Esa repetición podría parecer simplemente ineficiente, pero en seguridad tiene consecuencias mayores. Significa desperdiciar tiempo frente a organizaciones criminales que, paradójicamente, sí aprenden con enorme rapidez.
La delincuencia modifica rutas, formas de comunicación, estructuras financieras, mecanismos de reclutamiento y procedimientos operativos cuando descubre que algo dejó de funcionar. Aprende de las detenciones, de los decomisos y de las vulnerabilidades que las autoridades exponen durante cada intervención. En otras palabras, adapta su comportamiento.
El Estado también aprende, por supuesto. El problema es que en ocasiones lo hace más lentamente y con interrupciones. Hay otra forma de olvido que también merece atención: la memoria social de la violencia.
Vivimos dentro de un ecosistema de información extraordinariamente intenso. Un homicidio, una persecución, una explosión o un enfrentamiento pueden recorrer el mundo en minutos. Las imágenes llegan antes que los informes oficiales y, muchas veces, antes de que comprendamos lo ocurrido. Esto tiene una consecuencia inevitable. La violencia contemporánea no solamente sucede, se reproduce. Y al reproducirse constantemente puede generar la sensación de que vivimos un deterioro absoluto y permanente.
Aquí conviene ser muy cuidadosos. Reconocer que otras épocas tuvieron niveles terribles de violencia, arbitrariedad o impunidad no significa minimizar los problemas actuales. Tampoco significa aceptar la delincuencia como algo inevitable. Significa introducir perspectiva. La memoria histórica sirve precisamente para comparar sin idealizar el pasado.
Durante décadas existieron formas de violencia estatal, desapariciones, abusos, tortura, ejecuciones, conflictos internos y criminalidad que muchas veces ni siquiera podían documentarse con la capacidad que existe hoy. La diferencia es que buena parte de aquello quedó fuera de cámaras, teléfonos móviles y redes sociales.
Hoy vemos más. Eso no necesariamente significa que todo sea peor. Pero tampoco significa que estemos mejor simplemente porque ahora podemos observarlo. La pregunta relevante es ¿qué hacemos con lo que sabemos?
Tenemos enormes cantidades de información. Cámaras, bases de datos, registros administrativos, comunicaciones, georreferenciación, estadísticas criminales, inteligencia financiera, análisis digital y cada vez más herramientas automatizadas capaces de relacionar información que hace algunos años habría requerido semanas de trabajo.
Nunca habíamos tenido tantos datos disponibles. Sin embargo, la acumulación de información no garantiza inteligencia. Se puede conocer mucho y comprender poco. La inteligencia aparece cuando la información permite explicar fenómenos, anticipar comportamientos y apoyar decisiones. Y para conseguirlo necesita algo que normalmente subestimamos: contexto histórico.
Un dato aislado muestra lo que ocurrió. Una serie histórica ayuda a entender por qué. Un evento puede parecer excepcional hasta que alguien descubre que ocurrió algo similar cinco años antes. Una organización criminal puede parecer nueva hasta que se reconstruyen sus vínculos con estructuras anteriores. Una estrategia puede parecer innovadora hasta que se revisan documentos y se comprueba que ya había sido implementada bajo otro nombre.
Por eso la memoria debería ser considerada una capacidad estratégica. No como un tipo de “nostalgia institucional” ni como ejercicio académico, sino como herramienta operativa. Las organizaciones de seguridad tendrían que construir mecanismos permanentes de aprendizaje: sistematizar operaciones relevantes, documentar decisiones, conservar lecciones aprendidas, estudiar errores, revisar investigaciones cerradas y permitir que nuevas generaciones conozcan no solamente los éxitos, sino también aquello que fracasó.
Porque los errores también producen inteligencia cuando se estudian. El problema es que culturalmente solemos hacer exactamente lo contrario. Celebramos los aciertos y escondemos las fallas. Una operación exitosa se convierte en presentación. Una fallida, en silencio. Así se pierde conocimiento. Analizar un error no debería entenderse automáticamente como búsqueda de culpables. Puede ser algo mucho más útil al identificar qué información faltó, qué señal fue ignorada, qué coordinación falló o qué decisión pudo haberse tomado de otra manera. Ese tipo de memoria fortalece instituciones.
También permite algo fundamental en seguridad: anticipar. Porque buena parte de los fenómenos criminales no aparecen de la nada. Se transforman. Cambian de nombre, de tecnología, de territorio o de estructura, pero suelen conservar patrones que pueden reconocerse cuando existe suficiente memoria para compararlos.
Quizá por eso uno de los desafíos menos visibles de la seguridad no sea exclusivamente obtener más información. Sea aprender a no perderla. No necesitamos instituciones que recuerden cada documento.
Necesitamos instituciones capaces de recordar por qué tomaron determinadas decisiones y qué ocurrió después. La diferencia parece pequeña, pero es enorme. Una sociedad sin memoria puede creer que cada crisis es la peor de su historia. Una institución sin memoria puede cometer nuevamente el mismo error creyendo que enfrenta un problema completamente nuevo. Y un sistema de seguridad que no aprende termina condenado a reaccionar.
La tecnología seguirá avanzando. Las bases de datos serán mayores. La inteligencia artificial permitirá encontrar relaciones cada vez más complejas. Tendremos más sensores, más información y probablemente más capacidad de vigilancia. Pero ninguna tecnología resolverá por sí sola un problema profundamente humano e institucional: olvidar lo aprendido.
En seguridad, mirar hacia adelante también exige saber mirar hacia atrás. No para vivir en el pasado, sino para evitar tener que repetirlo.
¡Mantente Vigía!