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Lo que el mundo no debe olvidar: consecuencias del terrorismo


  • Escrito por Daniel René Jiménez Cortés
  • Publicado en Tribuna Libre
(Tiempo de lectura: 4 - 8 minutos)

Han pasado veinticinco años desde los ataques del 11 de septiembre de 2001 y, con el tiempo, es fácil que una tragedia de esa magnitud termine reducida a imágenes conocidas. Las Torres Gemelas ardiendo, personas corriendo por las calles de Nueva York, los aviones, el humo, el Pentágono, los testimonios.

Todo eso forma parte ya de la memoria colectiva. Sin embargo, creo que el verdadero sentido de recordar aquella fecha no está únicamente en volver a ver lo que ocurrió, sino en preguntarnos qué fue lo que realmente cambió después de ese día y qué cosas, pese a los años, no han cambiado. El terrorismo sigue existiendo.

Puede parecer una afirmación demasiado obvia, pero quizá no lo sea tanto. Con el paso del tiempo, y sobre todo cuando no se producen atentados de gran impacto mediático, se genera una especie de falsa tranquilidad. Pareciera que el problema quedó atrás, que pertenece a otra época o que se trata de algo lejano que ocurre en determinadas regiones del mundo. Y no es así. En distintos países siguen existiendo organizaciones, células, redes e individuos que consideran legítimo utilizar la violencia para imponer una idea, para presionar a un gobierno, para castigar a una población o para hacer visible una causa. Eso es quizá lo más difícil de comprender para la mayoría de las personas.

Mientras alguien se levanta pensando en ir a trabajar, cuidar a sus hijos, pagar una deuda o resolver cualquier problema cotidiano, en alguna parte puede existir otra persona pensando exactamente en cómo atacar, cómo producir miedo o cómo hacer daño a un grupo de personas a las que ni siquiera conoce. Esa realidad resulta incómoda, pero ignorarla no la elimina.

El terrorismo tiene precisamente esa característica. No necesita destruir completamente a un Estado para afectar su funcionamiento. Muchas veces tampoco necesita matar a miles de personas. Le basta con conseguir que una sociedad tenga miedo. Ese es uno de los aspectos que más me llaman la atención del fenómeno. El objetivo inmediato puede ser una estación, un aeropuerto, un edificio público, un restaurante, una plaza, un concierto o cualquier lugar donde se concentre población. Pero el objetivo final casi nunca termina ahí. El mensaje va dirigido a quienes sobreviven, a quienes observan las imágenes, a quienes después empiezan a modificar sus conductas.

Cuando una persona entra a una estación y observa con desconfianza una mochila abandonada, cuando un gobierno eleva sus niveles de alerta, cuando un país endurece sus controles fronterizos o cuando una sociedad comienza a preguntarse dónde ocurrirá el siguiente ataque, el efecto del terrorismo ya se extendió mucho más allá del lugar donde se produjo la violencia.

El miedo también comunica. Eso ocurrió de una manera brutal el 11 de septiembre. Los ataques contra Estados Unidos demostraron que incluso una potencia con enormes capacidades militares, tecnológicas y de inteligencia podía ser vulnerable ante un grupo relativamente pequeño de personas capaces de aprovechar fallas de seguridad, coordinación y análisis. No era solamente que hubiera ocurrido un atentado. Era que había ocurrido en un país que, para una parte importante del mundo, representaba precisamente el poder militar, económico y tecnológico. Por eso el impacto fue tan grande.

Después del 11-S cambió prácticamente toda la arquitectura de seguridad occidental. Se modificaron procedimientos aeroportuarios, sistemas de vigilancia, controles migratorios y mecanismos de intercambio de información. Se fortalecieron agencias, se crearon nuevas estructuras y aumentó de manera considerable la cooperación internacional en temas de terrorismo, financiamiento, inteligencia y seguridad fronteriza.

Muchas de las cosas que hoy hacemos al viajar en avión tienen relación directa con aquello. Quienes nacieron después de 2001 probablemente nunca conocieron un aeropuerto diferente. Para ellos es normal quitarse determinados objetos antes de pasar por un control, someter el equipaje a revisiones, mostrar identificaciones o pasar por filtros tecnológicos cada vez más sofisticados. Antes no era así. Y eso demuestra algo que muchas veces olvidamos. Los grandes acontecimientos de seguridad no solamente cambian a los gobiernos. También terminan modificando pequeñas conductas cotidianas.

Después de los ataques se analizó con mucha atención qué información existía antes del 11 de septiembre y por qué no fue suficiente para impedirlo. Una de las conclusiones más importantes fue que diferentes instituciones contaban con piezas de información, pero esas piezas no siempre se compartieron, interpretaron o integraron correctamente. Eso sigue siendo una lección completamente vigente. No basta con tener información. Un Estado puede tener bases de datos enormes, sistemas de vigilancia avanzados, tecnología, agentes, fuentes e incluso inteligencia obtenida por diferentes medios. Si esa información permanece fragmentada, puede no servir para identificar una amenaza.

El verdadero valor aparece cuando alguien conecta los puntos. Un viaje extraño. Una llamada. Un movimiento financiero. Una persona que aparece relacionada con otra investigación. Una compra. Una entrada o salida del país. Un mensaje. Nada de eso, visto de manera aislada, necesariamente significa algo. El problema aparece cuando varios elementos comienzan a coincidir. Por eso la cooperación internacional se volvió tan importante. El terrorismo moderno rara vez respeta fronteras. Una persona puede radicalizarse en un país, conseguir dinero desde otro, utilizar infraestructura digital localizada en un tercero, recibir instrucciones desde un cuarto y ejecutar una acción en un quinto.

Ninguna institución puede verlo todo. Ningún país puede resolver por sí mismo un problema que funciona de manera transnacional. De ahí que después del 11-S se fortalecieran enormemente los mecanismos de intercambio de inteligencia, cooperación policial, control de financiamiento, coordinación migratoria y colaboración entre agencias. Eso no significa que el terrorismo haya desaparecido.

Madrid en 2004, Londres en 2005, Mumbai en 2008, París en 2015, Bruselas en 2016 y muchos otros ataques posteriores demostraron que la amenaza continuaba. También lo hicieron los atentados ocurridos en regiones de África, Medio Oriente y Asia, que muchas veces tienen una cobertura internacional mucho menor pese al número de víctimas.

Y aquí también conviene evitar una simplificación. El terrorismo no pertenece a una sola religión, país o ideología. Existen formas de terrorismo religioso, político, nacionalista, separatista, supremacista y de otros tipos. Tratar de explicarlo mediante una sola categoría puede resultar fácil, pero también puede llevar a errores importantes. Las ideologías cambian. Los métodos también. Pero la lógica suele parecerse. Generar miedo para producir un efecto político. Con el paso de los años, además, la amenaza se ha transformado. Hace veinticinco años, buena parte de la preocupación se concentraba en grandes organizaciones capaces de planear ataques complejos durante largos periodos. Hoy esas organizaciones siguen existiendo, pero conviven con otros fenómenos.

La radicalización puede ocurrir en Internet. Un individuo puede consumir propaganda durante meses sin tener contacto físico con ninguna organización. Puede entrar en comunidades digitales, reforzar progresivamente sus ideas y terminar actuando por cuenta propia. Eso cambia por completo el trabajo de prevención. Resulta mucho más sencillo vigilar una estructura que identificar a una persona (un lobo solitario) que se radicaliza dentro de su casa.

También aparecen nuevas tecnologías, nuevas formas de financiamiento, nuevas plataformas de comunicación y nuevos mecanismos para difundir propaganda. El terrorismo, como cualquier fenómeno criminal o político, aprende. Se adapta. Busca vulnerabilidades. Y por eso los sistemas de seguridad también tienen que hacerlo.

Combatir el terrorismo no puede significar justificar cualquier cosa. Después del 11-S se produjeron guerras, operaciones, detenciones, programas de vigilancia y cambios legales que todavía hoy generan debate. Algunos fueron considerados necesarios para responder a una amenaza real. Otros plantearon serias dudas sobre derechos humanos, privacidad, proporcionalidad y límites del poder estatal. Ese equilibrio sigue siendo complicado. Un Estado tiene la obligación de proteger a su población. Pero también tiene la obligación de respetar las reglas que le dan legitimidad. No tendría demasiado sentido defender una democracia utilizando mecanismos que terminen destruyendo aquello que se pretende proteger.

Por eso la seguridad no debería entenderse solamente como capacidad de fuerza. También requiere inteligencia, legalidad, control institucional y análisis. Y aquí aparece una de las paradojas más interesantes de la prevención. Cuando funciona, parece que no ocurrió nada. Un atentado evitado no genera imágenes. Una operación de inteligencia que logra identificar una red antes de que actúe probablemente nunca será conocida por la mayoría de las personas. Una transferencia financiera detectada a tiempo no produce una noticia mundial. Una persona detenida antes de ejecutar un ataque tampoco genera las mismas imágenes que una tragedia consumada. La prevención es difícil de valorar precisamente porque su mejor resultado consiste en que algo no suceda.

No se trata de vivir con miedo. Tampoco de mirar a todo el mundo como una amenaza. Mucho menos de justificar vigilancia sin límites o respuestas desproporcionadas. Se trata simplemente de no olvidar que existen personas y organizaciones que utilizan deliberadamente la violencia y el miedo como herramientas. Y si existen, alguien tiene que observarlas. Alguien tiene que analizar. Alguien tiene que compartir información. Alguien tiene que conectar aquello que aparentemente no tiene relación. Porque lamentablemente cuando un atentado ocurre, la pregunta siempre termina siendo la misma. ¿Cómo fue que no lo vimos?

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