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Efecto CSI y las falsas expectativas sobre la inteligencia


  • Escrito por Daniel René Jiménez Cortés
  • Publicado en Tribuna Libre
(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

Quien haya visto suficientes series policiales probablemente crea que una investigación comienza con un crimen, continúa con un laboratorio capaz de resolver cualquier incógnita en cuestión de minutos y termina con una confesión o una sentencia antes de que termine el episodio. La fórmula funciona porque mantiene al espectador atento. Cuando esa narrativa deja de ser entretenimiento y empieza a influir en la manera en que ciudadanos, periodistas, abogados e incluso algunos operadores del sistema imaginan cómo debería funcionar una investigación real, la situación se pone un poco turbia.

Existe un nombre para ese fenómeno y le denominan “Efecto CSI”. El término surgió para describir la influencia que tuvieron las series de criminalística sobre la percepción pública de la prueba científica. Y es que, poco a poco comenzó a observarse que muchas personas esperaban que toda investigación estuviera respaldada por ADN, huellas perfectas, imágenes nítidas o tecnología capaz de responder cualquier pregunta. Cuando esas pruebas no existían, algunos llegaban a pensar que la investigación había sido deficiente. La realidad es que nunca ha funcionado así.

La mayor parte del trabajo de inteligencia consiste en “administrar incertidumbre” -repito, administrar incertidumbre- (no manipular el conocimiento). Se trabaja con información incompleta, fuentes cuya confiabilidad debe evaluarse constantemente, datos que requieren ser corroborados y escenarios que cambian todos los días. No existe una pantalla que muestre automáticamente quién es el responsable ni un algoritmo que sustituya el juicio profesional del analista.

Por su parte, las series también hacen lo suyo. Suelen mezclar dos actividades completamente distintas: la inteligencia y la investigación criminal. La inteligencia busca anticiparse a una amenaza para apoyar la toma de decisiones; no pretende demostrar culpabilidades ante un tribunal porque su propósito es comprender riesgos, identificar patrones, descubrir redes, estimar escenarios y generar conocimiento útil para prevenir hechos futuros. A diferencia de la investigación criminal que tiene otro objetivo y debe reunir pruebas obtenidas conforme a la ley para acreditar la comisión de un delito y la probable responsabilidad de una persona ante un juez, por lo que sus “reglas” son necesariamente distintas porque están diseñadas para proteger derechos fundamentales y garantizar un debido proceso. Y obviamente, confundir ambas funciones genera expectativas equivocadas.

A veces escucho la pregunta: "Si la agencia de inteligencia ya sabía quién era, ¿por qué no lo detuvieron antes?". La realidad es que la respuesta es mucho más compleja. Porque el hecho de que exista información de inteligencia no significa que ya existan pruebas judiciales suficientes. Del mismo modo, una investigación penal puede concluir sin haber comprendido toda la estructura criminal que dio origen al delito (producto de actividades de inteligencia). Son herramientas complementarias, no equivalentes. La inteligencia necesita rapidez; el proceso penal exige formalidad.

La inteligencia trabaja con hipótesis que evolucionan continuamente; el proceso judicial requiere hechos demostrables. La inteligencia acepta distintos niveles de incertidumbre para reducir riesgos; un tribunal exige un estándar probatorio mucho más elevado antes de restringir derechos o imponer una condena. Eso no representa una “falla” del sistema, la realidad es que cada disciplina responde a finalidades distintas.

Sin embargo, cuando estas diferencias no se comprenden adecuadamente, pueden surgir confusiones operativas, por ejemplo, una información valiosa que permitió identificar una amenaza puede no ser utilizable directamente como prueba, ya que determinadas fuentes deben protegerse para no comprometer futuras operaciones y algunas capacidades técnicas no pueden revelarse públicamente sin afectar la seguridad nacional o investigaciones en curso. Desde fuera, estas limitaciones pueden interpretarse como ineficiencia, pero desde dentro, suelen ser decisiones indispensables para preservar capacidades estratégicas o respetar garantías constitucionales.

Eso es lo que las series televisivas rara vez muestran… esa “complejidad” operativa. En la pantalla casi nunca aparecen audiencias de control, autorizaciones judiciales, cadenas de custodia, restricciones legales para intervenir comunicaciones, protección de fuentes humanas, cooperación internacional, conflictos de competencia o procedimientos de validación de evidencia digital. En la realidad todo eso ocupa semanas o meses del trabajo cotidiano, por lo que no resulta sorprendente que desaparezca del guion.

El efecto CSI también ha modificado la percepción sobre la tecnología. Muchos espectadores creen que “cualquier” cámara de vigilancia permite identificar un rostro, que “toda” llamada puede localizarse con precisión absoluta o que “cualquier” dispositivo electrónico conserva en su interior información ilimitada durante años. La realidad técnica es mucho menos espectacular -mucho menos de lo que los investigadores quisiéramos-. En la vida real las cámaras tienen limitaciones de resolución, iluminación y ángulo. La geolocalización depende de múltiples variables. Los registros de telecomunicaciones poseen periodos de conservación definidos por la legislación y por las políticas de los proveedores. Los sistemas de reconocimiento automático generan errores que deben ser verificados por especialistas. La tecnología ayuda a investigar; más no reemplaza la investigación.

También existe otro factor menos visible pero igual de abrumador. Cuando la ficción presenta resultados inmediatos, la sociedad comienza a medir el desempeño institucional con parámetros irreales. Si un caso complejo tarda meses en resolverse, algunos concluyen que existe incapacidad, cuando precisamente la complejidad inherente del fenómeno exige investigaciones prolongadas, cooperación internacional, análisis financiero, explotación digital y múltiples actos de investigación y coordinaciones.

La delincuencia organizada tampoco opera como en la televisión. No todas las organizaciones tienen un líder único. Muchas funcionan mediante redes flexibles, células independientes, alianzas temporales, escisiones organizacionales y estructuras que cambian constantemente para reducir su vulnerabilidad o por causa de disputas internas. Y comprender profundamente esa dinámica requiere múltiples actividades de inteligencia estratégica mucho antes de que exista una carpeta judicial. Por eso las mejores agencias del mundo invierten enormes recursos en analistas, científicos de datos, especialistas en telecomunicaciones, lingüistas, criminólogos, politólogos, economistas y expertos en comportamiento y seguridad. Buena parte de su trabajo jamás aparecerá en una sentencia, pero resulta indispensable para comprender cómo evolucionaron las amenazas antes de ser investigadas criminalmente. Sucede que: La ficción necesita respuestas rápidas y la inteligencia necesita preguntas cada vez mejores que llevan tiempo (mucho tiempo) en responderse.

Esa diferencia explica por qué trasladar las expectativas creadas por las series al mundo real puede conducir a malas decisiones. Se pueden exigir tiempos imposibles, sobrevalorar determinadas tecnologías, subestimar el trabajo analítico o confundir información de inteligencia con prueba judicial. Las producciones televisivas cumplen una función de entretenimiento y, en algunos casos, despiertan interés por el mundo de la seguridad. Eso es positivo; sin embargo, el problema comienza cuando se convierten en el principal referente para comprender instituciones cuyo funcionamiento responde a normas jurídicas, límites constitucionales y procedimientos técnicos mucho más complejos que los de cualquier guion.

Y si lo pensamos bien, no es que la inteligencia fracase por parecerse a una serie. Ese espectáculo permite reivindicarla y darle su lugar en las investigaciones criminales, sin embargo, cuando se pretende evaluarla con los criterios de una ficción y una sociedad que espera investigaciones tan rápidas y perfectas como las de la televisión corre el riesgo de exigir soluciones imposibles, mientras deja de valorar aquello que realmente hace efectiva a la inteligencia: el análisis paciente, la prevención, la coordinación institucional y el respeto al Estado de derecho.

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