El encanto del depredador: inteligencia, ficción y la romantización del crimen.
- Escrito por Daniel René Jiménez Cortés *
- Publicado en Tribuna Libre
La televisión dejó hace tiempo de presentar al delincuente únicamente como una amenaza que debía ser identificada, perseguida y detenida. En muchas series y películas actuales, el criminal ocupa el centro del relato, controla el ritmo de la historia y concentra los recursos narrativos más atractivos: inteligencia, carisma, método, capacidad de improvisación y una personalidad difícil de descifrar. La víctima, en cambio, suele aparecer durante unos minutos, pierde nombre, pierde historia y termina convertida en una consecuencia funcional del argumento.
Ese cambio no significa que el público apruebe el delito. Tampoco permite afirmar que una serie produzca imitadores de manera automática. La relación entre ficción y conducta es mucho más compleja. Aun así, algo sí ocurre: el espectador dedica más energía a comprender al victimario que a recordar a quienes padecieron sus actos. Aprende sus rutinas, conoce sus heridas, entiende sus códigos y espera su siguiente movimiento. El delincuente ya no es sólo el problema de la historia, ahora es la razón principal para seguir viéndola.
La sapiosexualidad ayuda a interpretar una parte de este fenómeno. El término suele utilizarse para describir la atracción hacia la inteligencia. Su utilidad aquí está en observar cómo la capacidad intelectual puede suavizar el juicio moral sobre un personaje. Un delincuente torpe produce rechazo. Uno brillante provoca curiosidad. Si además anticipa a la policía, diseña planes complejos y resuelve obstáculos bajo presión, comienza a recibir una admiración que no procede de sus actos, sino de la forma en que los ejecuta.
La ficción conoce bien ese mecanismo. No suele pedir al espectador que apruebe el crimen; le propone admirar la inteligencia que lo hace posible. La conducta sigue siendo condenable, aunque el personaje empieza a parecer excepcional. Su crueldad queda envuelta en elegancia, precisión, cultura, disciplina o ingenio. El delito deja de ser únicamente una agresión y se convierte en una demostración de capacidades.
Hannibal Lecter atrae por su refinamiento, lectura psicológica y control. Walter White se vuelve memorable por su transformación estratégica y conocimiento científico. El Profesor, en La casa de papel, concentra la atención en la planificación. Dexter Morgan sostiene el interés porque observa patrones y actúa con método. En todos ellos, la inteligencia funciona como una capa estética que reorganiza la percepción del espectador.
La hibristofilia permite acercarse a otro ángulo. Este concepto se relaciona con la atracción hacia personas que han cometido delitos o actos violentos. No debe aplicarse indiscriminadamente a quien disfruta una serie criminal. Ver una ficción, admirar una actuación o interesarse por un personaje no equivale a desarrollar una atracción hacia delincuentes reales. La categoría sirve para reconocer que el peligro, la transgresión y la violencia pueden adquirir una carga seductora cuando son presentados bajo ciertas condiciones.
La industria audiovisual rara vez deja al criminal en estado bruto. Le asigna una historia dolorosa, una pérdida, una traición, una infancia hostil o una lógica interna que permite acompañarlo. El público recibe una arquitectura emocional diseñada para que el personaje resulte comprensible. Cada capítulo añade detalles sobre sus motivaciones, mientras la vida de las víctimas queda reducida a escenas breves. Ahí aparece una distorsión bastante interesante ya que el daño pierde densidad porque la cámara permanece junto a quien lo provoca. La audiencia vive la persecución desde el punto de vista del fugitivo, siente tensión cuando la policía se acerca y alivio cuando el delincuente logra escapar. La justicia puede ser percibida como una interrupción del entretenimiento. Capturar al protagonista equivale a terminar la serie.
La inversión narrativa es notable. Antes, el interés se encontraba en descubrir al culpable. Ahora muchas veces ya sabemos quién es y lo acompañamos para observar si conseguirá mantenerse libre. La intriga depende de su capacidad para vencer a investigadores, rivales e instituciones. El espectador ocupa una posición incómoda, conoce el daño, pero desea que la historia continúe; para que continúe, el delincuente debe conservar poder.
La criminología estudia al agresor para comprender sus patrones, motivaciones, oportunidades y decisiones. Las instituciones de seguridad hacen lo mismo para anticipar riesgos. Esa observación busca reducir la capacidad de daño. El entretenimiento penetra en la mente del delincuente con otra finalidad: volverlo narrativamente atractivo. El análisis criminal busca conocer para contener. La ficción busca conocer para retener la atención. Cuando el personaje es complejo, el público permanece. Cuando su inteligencia parece superior, cada episodio se convierte en una prueba. Si además desafía a instituciones percibidas como corruptas o incompetentes, su conducta obtiene una justificación emocional adicional.
Por eso algunos delincuentes ficticios son representados como rebeldes antes que como agresores. El relato los coloca frente a bancos, gobiernos, corporaciones, mafias rivales o sistemas injustos. La víctima individual desaparece detrás de una confrontación mayor. Robar deja de parecer un ataque patrimonial y comienza a verse como desafío al poder. Matar puede presentarse como venganza, supervivencia o corrección de una injusticia. El guion reorganiza la moral sin negar el delito.
También interviene la estética. Un personaje bien vestido, sereno, culto y capaz de pronunciar frases memorables recibe un tratamiento distinto al de un delincuente desorganizado. La fotografía, la música, la edición y el humor producen distancia frente a la violencia. La escena puede ser cruel y, al mismo tiempo, visualmente seductora. El espectador conserva una condena racional, pero recibe estímulos emocionales que apuntan en otra dirección.
Las víctimas no compiten en igualdad narrativa. Generalmente no poseen el mismo desarrollo psicológico, ni diálogos memorables, ni capítulos dedicados a su pasado. Su sufrimiento explica quién es el protagonista, no quiénes eran ellas. Así se produce un desplazamiento simbólico: el delincuente conserva identidad; la víctima se vuelve estadística.
El riesgo cultural no está en que cada espectador copie lo que ve. Está en que aprenda a mirar el crimen desde una jerarquía alterada. Primero aparece el talento del agresor; después, el daño. Primero se comenta el plan; después se recuerda a quien perdió la vida, el patrimonio o la seguridad. La conversación termina celebrando la astucia como si pudiera separarse de sus consecuencias.
La atracción hacia la inteligencia y la fascinación por la transgresión forman una combinación rentable. Un criminal brillante ofrece suspenso, desafío, ambigüedad y continuidad. Una víctima que intenta reconstruir su vida suele recibir un tratamiento menos espectacular. Esa elección habla también del tipo de entretenimiento que premiamos. Y es que el problema no está en que la ficción humanice al delincuente. Comprender su humanidad puede ser útil. El problema comienza cuando esa humanidad se construye a costa de borrar la de las víctimas.
Muchas series consiguen algo que en la vida real resultaría perturbador, porque hacen que el público tema por la captura del agresor y no por la seguridad de quien podría ser su siguiente víctima. Esa reacción no convierte al espectador en cómplice, pero revela el poder de la narrativa para ordenar simpatías. El delincuente se vuelve inolvidable porque tuvo tiempo, voz, estilo e inteligencia. En contraste, la víctima apenas tuvo una escena y fue olvidada.
*Criminólogo, politólogo e investigador especializado en inteligencia y seguridad en México.