Seguridad … ¿un factor imposible?
- Escrito por Daniel René Jiménez Cortés
- Publicado en Tribuna Libre
Un Mundial de fútbol no comienza con el partido inaugural. Mucho antes de que el balón empiece a rodar, el país anfitrión ya ha puesto en movimiento una operación de Estado. Las sedes son vigiladas, los aeropuertos modifican sus protocolos, las rutas de transporte se reorganizan, las infraestructuras críticas reciben protección adicional y numerosas instituciones que rara vez trabajan bajo una conducción común comienzan a intercambiar información. Lo deportivo ocupa las pantallas. Pero detrás funciona una estructura menos visible y bastante más compleja que inició hace ya varios meses.
Durante varias semanas, el país anfitrión debe proteger estadios, hoteles, centros de entrenamiento, estaciones, espacios turísticos, actos públicos y zonas de concentración. Millones de personas se desplazan por territorios que continúan enfrentando sus problemas habituales: delincuencia, violencia, protestas, amenazas digitales, accidentes, emergencias sanitarias y posibles ataques contra instalaciones estratégicas. La celebración no suspende el riesgo, pero sí obliga a administrarlo con mayor precisión.
Para conseguirlo, las autoridades activan sistemas integrados de vigilancia, plataformas de análisis, capacidades de inteligencia, redes de intercambio de información, controles fronterizos reforzados, tecnologías de identificación, monitoreo aéreo y del espectro radioeléctrico, protección frente a drones, seguridad digital y mecanismos especiales de respuesta. También se incrementa la presencia de policías, servicios de emergencia, protección civil, personal sanitario, fuerzas especializadas y responsables de movilidad.
Buena parte de estas herramientas ya existía antes del torneo, a diferencia de que en ese momento emergente se emplean de manera diferente. Se conectan sistemas que antes funcionaban por separado. Se comparten datos que normalmente permanecían dentro de una institución. Las decisiones operativas se adoptan con mayor rapidez y cada incidente recibe seguimiento desde distintos ámbitos. Es decir, que el cambio principal no ocurre en los mecanismos de recolección o en los analíticos y se enfoca en la conducción y decisión política.
Cuando un Mundial se aproxima, la seguridad deja de competir en igualdad de condiciones con otras prioridades. “Mágicamente” los recursos aparecen, los procedimientos se aceleran y las instituciones reciben instrucciones claras. El fracaso tendría consecuencias internas, económicas y diplomáticas. Ningún gobierno desea que una crisis de seguridad sea transmitida en directo ante millones de espectadores. Esa presión produce un tipo de coordinación poco frecuente (y muy efectiva) en la administración cotidiana.
Las policías nacionales y locales trabajan con servicios de inteligencia, autoridades migratorias, organismos de protección civil, administraciones municipales, operadores de transporte, responsables de infraestructuras y empresas privadas. En determinados casos también participan fuerzas armadas, fiscalías, servicios sanitarios y mecanismos internacionales de cooperación.
La lógica empleada es: reunir capacidades dispersas, establecer una conducción común y reducir el tiempo entre la detección de un riesgo y la respuesta.
Pero para llegar a ello el esfuerzo es considerable. Durante ese periodo se amplían turnos, se suspenden permisos, se redistribuye personal y se someten las redes de comunicación a una demanda extraordinaria. Las unidades operativas trabajan bajo presión constante. Los equipos tecnológicos deben funcionar sin interrupciones y los responsables políticos revisan cada incidente con una atención que difícilmente podría mantenerse durante todo el año.
Esta modelo produce fatiga, pero también revela capacidad. A pesar de la magnitud del desafío, los grandes torneos suelen desarrollarse sin que las amenazas más graves alteren su continuidad. Esto no significa que la delincuencia desaparezca ni que todos los incidentes sean evitados. Significa que el Estado logra reducir su impacto, contener riesgos y responder antes de que un problema local se transforme en una crisis nacional.
Ahí está el punto que origina este artículo.
Si un país puede proteger durante semanas a millones de visitantes, coordinar instituciones diferentes, vigilar infraestructuras estratégicas y mantener una respuesta casi inmediata, entonces muchas de las capacidades necesarias para mejorar la seguridad cotidiana ya están disponibles. El problema no siempre es la inexistencia de recursos. A veces es su fragmentación y la falta de personal.
Un sistema de videovigilancia puede producir miles de imágenes y aportar muy poco si nadie las analiza a tiempo. Una base de datos pierde valor cuando no se conecta con otras fuentes. Una unidad especializada puede ser eficaz dentro de su ámbito y resultar insuficiente si la información no llega a quien debe tomar la decisión.
Durante el Mundial, estas debilidades se corrigieron porque existe un objetivo concreto, una fecha límite y una presión política visible. Cuando termina el evento, parte de esa coordinación comienza a diluirse. Los grupos especiales se desintegran, los canales de intercambio pierden frecuencia y las instituciones recuperan sus rutinas.
Pensar que el dispositivo mundialista podría mantenerse de forma indefinida sería poco realista. Ningún país puede sostener permanentemente el mismo número de efectivos, controles, restricciones y jornadas extraordinarias. El costo económico sería excesivo y el desgaste del personal terminaría por deteriorar el propio sistema.
Y es ahí donde debemos encontrar la enseñanza útil. En vez de conservar todo el despliegue, habría que identificar qué componentes produjeron mejores resultados. La coordinación entre instituciones, el análisis conjunto de amenazas, el intercambio rápido de información, la capacidad de respuesta y la evaluación continua del riesgo pueden mantenerse sin reproducir el operativo completo.
Podría hacerse de forma gradual y focalizada. Las ciudades con mayor incidencia delictiva no requieren vivir bajo un régimen de excepción. Necesitan que las capacidades disponibles se concentren durante periodos definidos en zonas y fenómenos concretos. Un corredor logístico, una región fronteriza, un área turística o una zona con alta violencia pueden ser tratados como escenarios prioritarios, con objetivos medibles, responsables identificados y revisiones periódicas.
Esa forma de actuación permitiría trasladar parte de la disciplina organizativa de los grandes eventos a la seguridad cotidiana. No bastaría con desplegar más agentes. Sería necesario combinar investigación, prevención, inteligencia, vigilancia tecnológica, respuesta operativa y acción judicial. De poco sirve detener a varias personas si las estructuras criminales conservan sus finanzas, sus redes logísticas y su capacidad de reemplazo. El éxito no debería medirse únicamente por arrestos o incautaciones, sino por la reducción sostenida de la violencia y la pérdida de capacidad de las organizaciones delictivas.
El componente político es inevitable. Los gobiernos realizaron esfuerzos extraordinarios durante un Mundial porque existe una recompensa visible. El evento fortalece la imagen internacional, atrae inversión, genera actividad económica y produce una narrativa de éxito. La seguridad cotidiana ofrece resultados menos inmediatos. Sus avances suelen ser lentos y no siempre generan imágenes espectaculares.
Esa diferencia explica parte del problema. Lo que se presenta como una limitación técnica suele ser una decisión sobre prioridades. Un torneo internacional nos demostró que la voluntad política puede reorganizar recursos, vencer resistencias administrativas y obligar a cooperar a instituciones acostumbradas a proteger sus propios espacios. También evidencia que la seguridad mejora cuando existe continuidad entre la información, la decisión y la acción.
Es por lo que los especialistas en seguridad debemos enfocarnos en determinar cuánto de esa capacidad extraordinaria puede transformarse en una práctica ordinaria.
Las plataformas pueden reutilizarse. El personal puede conservar el entrenamiento adquirido. Los protocolos pueden adaptarse a otros escenarios. Las redes de cooperación pueden mantenerse activas y los mecanismos de evaluación pueden incorporarse a las políticas públicas.
El Mundial dejó estadios, carreteras, aeropuertos y sistemas tecnológicos, pero su legado institucional debería ser más amplio. Durante unas semanas, el Estado demuestra que puede actuar como una estructura integrada, reducir tiempos, compartir información y concentrar recursos sobre amenazas concretas. Después vuelve a operar de manera fragmentada y acepta como habituales riesgos que antes trató como inaceptables.
Tal vez el aprendizaje es que muchos países no carecen por completo de capacidad para mejorar su seguridad. La activan de forma excepcional, cuando existe una fecha, una audiencia mundial y un costo político inmediato.
¡Muchas felicidades para España!