Preguntas a un teólogo
- Escrito por Francisco Martínez Hoyos
- Publicado en Tribuna Libre
Recuerdo aún vivamente el impacto que me produjo leer la tesis de Juan José Tamayo Acosta en un archivo de Madrid. Yo investigaba entonces para mi trabajo sobre la JOC catalana y descubrí aquel estudio inédito sobre la JOC española que mezclaba simpatía y crítica pertinente. Ahora tengo entre las manos su último libro, Cristianismo radical (Trotta, 2025), en el que este importante teólogo progresista, que se define como hijo del Vaticano II y de la teología de la liberación, se plantea los retos que el cristianismo afronta en el siglo XXI.
Cristianismo radical, según el autor, no es sinónimo de extremismo sino de ir a la raíz, a la profundidad, de invitar a vivir una vida diferente. Se trataría, de esta forma, de conseguir que la fe sea históricamente significativa. Aquí nos planteamos una primera pregunta: ¿Cómo conseguir eso cuando los movimientos progresistas son tan minoritarios? La propia teología de la liberación, en América Latina, no puede competir con el evangelismo. ¿Es entonces la liberación prometida solo para una minoría de escogidos?
Uno de los desafíos más acuciantes para un cristiano es el de la lucha contra la pobreza. Tamayo nos recuerda que el cristianismo se ha utilizado para legitimar las desigualdades sociales, pero que existen en su seno corrientes que apuestan decididamente por la igualdad y la justicia social. Negar la opción por los pobres sería, desde este punto de vista, tan herético como negar, pongamos, el misterio de la Trinidad. Nada que objetar, aunque surge inevitablemente una segunda cuestión. ¿Cómo luchamos por los desheredados? En la vida real eso se puede hacer desde distintas corrientes: socialismo, comunismo, anarquismo, con frecuencia enfrentadas entre sí. Para elegir un compromiso concreto, el discernimiento no puede ser religioso sino laico. El Evangelio nos dice que apoyemos a los que nada tienen pero no nos aporta una receta mágica.
Los pobres serían los que no tienen lo suficiente para poder vivir dignamente. Eso parece indisputable, pero añadiría que el concepto implica también la dimensión comparativa: uno es más o menos pobre no en función de lo que tiene sino de lo que poseen los demás. Por eso, aunque soy el hijo de un trabajador y mi sueldo no es precisamente para tirar cohetes, me quedé sin palabras cuando en Lima me preguntaron: “por qué te consideras pobre”. Allí comprendí que, en relación a un proletario del Perú, yo era, ciertamente, un privilegiado.
Con toda la razón, Tamayo Acosta nos indica que la opción por los pobres debe ir acompañada de la coherencia entre teoría y práctica. ¿Es eso lo que observamos todos los días en nuestra izquierda? Se puede contraargumentar que no es cuestión de caer en un exceso de moralismo. Los rojos también tendrían derecho a tener buenas casas y buenos coches. Pero… Si nuestros líderes quieren ser diferentes y creíbles tal vez tendrían que imitar más a los profetas bíblicos y menos a los profesionales al uso de la política.
Leemos también que el cristianismo ha de ser una alternativa a la globalización neoliberal, a partir de la universalización de los derechos humanos y del respeto a la diversidad cultural y étnica. Bien. Pero… ¿Qué sucede si esa diversidad entra el conflicto con esos derechos? ¿Qué hacemos cuando gente muy de izquierdas nos dice que esa universalización vendría a ser una forma de imposición colonial? Además, no está claro que corresponda a la religión plantear ningún programa político por legítimo que éste sea. Tamayo hace bien en advertirnos contra la tentación de un cristianismo espiritualista, pero nos preguntamos si basta con hacer la revolución. Si hemos de vivir como si Dios no existiera, ¿para qué necesitamos la fe?
Quisiera aprovechar la ocasión para discutir una cuestión de detalle, aunque no estoy seguro al cien por cien de la hipótesis que voy a formular. Dice nuestro autor que los romanos consideraban ateos a los primeros cristianos no porque negaran la divinidad sino porque se oponían a rendir culto a los dioses del Estado. Tal vez. Pero el motivo fuese más profundo. Un dios mitológico es un dios tangible, con forma humana, fácil de imaginar. En cambio, el Dios cristiano no es un ser como los demás sino una realidad trascendente. Es posible que esta idea de la divinidad, demasiado abstracta, resultara difícil de digerir para los romanos y por eso la confundieran con el ateísmo. En la actualidad es fácil caer también en esa tentación cuando algunos teólogos de vanguardia afirman que Dios no existe sino que existe a través nuestro.
De acuerdo en que el dogma es una afirmación humana sobre la palabra de Dios, pero toda interpretación de la realidad es eso, una construcción lingüística, hablemos de la Biblia o del materialismo histórico. De acuerdo también en privilegiar las vivencias sobre la rigidez doctrinal. Pero… Para vivir según el Evangelio necesitamos tener alguna idea de lo que dice. En cuanto lo interpretamos hacemos teoría y por aquí dejamos abierta la puerta al dogma. Porque, en cuanto queremos hacer, siempre nos acabaremos preguntando: ¿qué? Aunque queramos pensar de otra manera, nunca podemos desprendernos de verdades axiomáticas.
He puesto tantas objeciones que el lector puede pensar que Cristianismo radical no me ha gustado. No es eso. El libro supone una aportación estimulante a un debate sin fin sobre cuestiones que, lo admito, vivo desde una permanente inseguridad y no sin cierta angustia, con preguntas dramáticas y a veces imposibles. ¿Por qué la imagen pública de la Iglesia es la que producen determinados sinvergüenzas y no gente honesta como Juan José Tamayo? Sé que, en última instancia, creer es dar un paso sobre el abismo como hace Harrison Ford en Indiana Jones y la última cruzada. El problema, como siempre, es el vértigo.
Francisco Martínez Hoyos
Francisco Martínez Hoyos (Barcelona, 1972) se doctoró con una tesis sobre JOC (Juventud Obrera Cristiana). Volvió a profundizar en la historia de los cristianos progresistas en otros estudios, como su biografía de Alfonso Carlos Comín (Rubeo, 2009) o la obra de síntesis La Iglesia rebelde (Punto de Vista, 2013). Por otra parte, se ha interesado profundamente en el pasado americano, con Francisco de Miranda (Arpegio, 2012), La revolución mexicana (Nowtilus, 2015), Kennedy (Sílex, 2017), El indigenismo (Cátedra, 2018), Las Libertadoras (Crítica, 2019) o Che Guevara (Renacimiento, 2020). Antiguo director de la revista académica Historia, Antropología y Fuentes Orales, colabora en medios como Historia y Vida, Diario16, El Ciervo o Claves de Razón Práctica, entre otros.