Paperback writer c'est moi
- Escrito por Francisco Martínez Hoyos
- Publicado en Tribuna Libre
El humor es a veces lo más trágico del mundo. En Paperback writer (literalmente, escritor de libros de bolsillo, aunque se podría traducir por escritor de tercera), los Beatles nos muestran a un pobre tipo que sueña, pobre iluso, con vivir de la pluma. A cualquier precio. Tanto es así que acosa a un editor al que ofrece lo que quiera. ¿Más páginas? Las tendrá listas sin mayores problemas. ¿Hay que cambiar el argumento? Pues se cambia. La suya es la súplica de un hombre desesperado, servil.
Tengo para mí que ese “Paperback writer” es mi santo patrón. Y no dudo que también el de muchos de mis colegas. Uno llega a dudar seriamente si tiene sentido pasarse tantas horas escribiendo un libro, con el descomunal esfuerzo de investigación que eso exige, a partir de bibliografía especializada que uno paga de su bolsillo. Llega a dudar también si tiene sentido sacarse de la manga un artículo que obtendrá, por toda retribución, tal vez dos “me gusta” en Facebook. Porque eso de cobrar, por lo que parece, es una aspiración ridícula. La gente tiende a pensar que un escritor que se preocupa por cuestiones crematísticas no es un auténtico escritor sino un vil mercenario.
La cultura sería, desde esta óptica, una ocupación desinteresada, una especie de sacerdocio. Bien, si no queremos que los que se ocupan de ella sean profesionales, adelante. En el mundo real, la excelencia requiere una especialización intensa. Hay que dedicarse a lo que uno hace a tiempo completo. Entra tanto, las facturas y el pan tienen que pagarse con dinero contante y sonante. En ningún sitio aceptan un soneto contra un cartón de leche o una conferencia sobre Felipe II a cambio de una lavadora.
La tendencia del mundo editorial, por desgracia, es recortar cuanto más mejor en el pago a colaboradores. En cuanto a las revistas digitales, el concepto de retribución ni se plantea. Al autor se le exige que no reaproveche su texto en otra publicación, dando por supuesto que eso es algo obvio. Pero… Cuando compras una fotografía, sueles pagar solo por utilizarla una vez. Otros medios pueden publicarla también si así lo desean. ¿Por qué con los textos es diferente? Además, los escritores que se mueven a cierto nivel publican los mismos artículos en periódicos de todo el mundo. Nadie se escandaliza por ello. Es más, reciben una retribución espléndida. En cambio, al tipo anónimo que se atreve a enviar su producción a dos sitios diferentes le echan a los perros. ¿No hay aquí un agravio comparativo?
A los pobres escribidores se les imponen condiciones y condiciones, a cuál más draconiana. Cuando se han desprendido de su obra renuncian a todos sus derechos para siempre jamás. Se supone que han de sentirse los más dichosos mortales solo con ver su nombre en letra impresa. Vamos, que te están haciendo un favor.
Aunque, en honor a la verdad, de todo eso tienen los obreros del pensamiento buena parte de culpa. Son una variedad particular del género humano: suelen estar dispuestos a trabajar gratis por satisfacer su vanidad. Por eso, en los últimos años, proliferan las empresas que hacen negocio con la autoedición, jugando con los sentimientos y el ego de unos clientes engañados sobre sus verdaderos talentos. Confieso que, más de una vez, me asalta la fantasía salvaje de una huelga general de escritores. Si no se publicara nada nuevo durante, pongamos, un mes, a lo mejor todos salíamos ganando. “Hartazgo”, esa sería la palabra. Hartazgo de que lo normal sea entregar doscientas o más páginas sin un adelanto, o por trescientos miserables euros.
Hartazgo de que te presenten liquidaciones de derechos de autor que no se abonarán en tu cuenta. Hartazgo de que lo que escribes se edite de cualquier manera, como si editar fuera limitarse a volcar palabras sobre la maquetación. Hartazgo de que tu editor no se preocupe de hacer una mínima propaganda y, por no tener, ni siquiera tenga contigo una palabra de aliento.
Nadie tiene obligación de responder por un texto no solicitado, de acuerdo. Pero en demasiadas ocasiones te enteras de que tu trabajo ha salido porque lo has visto en la red. ¿Es demasiado pedir, al menos, un “gracias”? El que pertenece al proletariado intelectual es, en un sentido muy real, un nadie. Ha de esforzarse contra viento y marea sin más apoyo que su fe, en un mundo que dice amar la cultura pero en realidad la desprecia. Porque se ha perdido el sentido de las prioridades. Dedicar diez años de tu vida al renacimiento italiano no se percibe como algo cualitativamente distinto de ser un friqui de Star Trek.
Francisco Martínez Hoyos
Francisco Martínez Hoyos (Barcelona, 1972) se doctoró con una tesis sobre JOC (Juventud Obrera Cristiana). Volvió a profundizar en la historia de los cristianos progresistas en otros estudios, como su biografía de Alfonso Carlos Comín (Rubeo, 2009) o la obra de síntesis La Iglesia rebelde (Punto de Vista, 2013). Por otra parte, se ha interesado profundamente en el pasado americano, con Francisco de Miranda (Arpegio, 2012), La revolución mexicana (Nowtilus, 2015), Kennedy (Sílex, 2017), El indigenismo (Cátedra, 2018), Las Libertadoras (Crítica, 2019) o Che Guevara (Renacimiento, 2020). Antiguo director de la revista académica Historia, Antropología y Fuentes Orales, colabora en medios como Historia y Vida, Diario16, El Ciervo o Claves de Razón Práctica, entre otros.