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Afganistán. Los talibanes y las mujeres. II


(Tiempo de lectura: 2 - 4 minutos)

El ascenso político en la capital, Kabul, de la Jamiat-i Islami, partido más moderado, permitió el regreso de las mujeres, a la escuela y a la universidad, así como el derecho a tener un empleo.

La división interna en la que se veía sumido el país, hacía que las normas que afectaban a las mujeres, y su mismo grado de aplicación, fueran diferentes en unas regiones y en otras. En el norte, las mujeres gozaban de mayor libertad en materia educativa. Así, en Herat (la antigua capital de los timuries) bajo el control de Ismail Khan, se impuso la obligación de llevar el burka, pero se autorizó su educación, y se mantuvieron abiertos los colegios femeninos. Las luchas en el seno de la antigua resistencia, también tuvieron su impacto negativo en las mujeres. A las civiles muertas en los diferentes bombardeos, se añadieron los ataques contra su integridad física y psíquica. Todas las facciones, y en primer lugar y destacado, las tropas de Abdul Rashid Dostam, se dedicaron a secuestrar y violar, de manera sistemática, lo que hizo aumentar los suicidios, entre la población femenina.

La entrada de los talibanes en Kabul, sin embargo, puso fin, a un breve periodo de “tolerancia” hacia las mujeres. Una de sus primeras medidas, fue la de declarar la aplicación estricta de la sharia. Ello conllevó, la disminución del peso de los códigos tribales, y supuso el fin de prácticas, como el intercambio de mujeres, para compensar una afrenta, o la prohibición de las mujeres de heredar. No obstante, esos progresos no supusieron un avance importante, porque la mayoría de los derechos, alcanzados por las mujeres con anterioridad a 1992, no fueron reconocidos. Por orden de la cúpula talibán, las mujeres vieron prohibida toda participación en la vida pública, y fueron obligadas a permanecer en el hogar. En caso de salir debían llevar el burka, y estar acompañadas por un pariente masculino. La violación de estas normas, implicaba el castigo inmediato y público. La prohibición de trabajar fuera del hogar, enlazaba claramente con la ideología neobandi (de la que hemos hablado en anteriores artículos). Pero era también una característica, de la mentalidad conservadora y tradicional, de una parte importante de la población afgana y de la etnia pastún. En palabras del máximo dirigente talibán (el mulá Omar): “El trabajo doméstico es una tarea de las mujeres, mientras que el mundo exterior pertenece a los guerreros (algo así pensaban nuestros antepasados en la Edad Media). La idea básica era que las mujeres, al ir a trabajar, entraban en contacto, con hombres ajenos al ámbito familiar, lo que sería un primer paso, para caer en la prostitución. Así que, por este motivo, eran privadas de toda libertad personal.

Los talibanes, impusieron una política muy estricta en este tema, especialmente en el caso de la mujer urbana. Tal actitud, hacia las mujeres de las ciudades, tenía su origen en el desconocimiento absoluto de los talibanes, de la vida en una gran urbe, y en su ignorancia respecto al sexo femenino. Los talibanes, en su mayoría adolescentes educados en madrazas, no habían tenido contacto alguno con mujeres, a excepción de las de sus propias familias (tan conservadoras como ellos) y sólo habían conocido la enseñanza religiosa y la guerra. Llegaron al absurdo, de decretar que las mujeres, no hicieran ruido al andar, no hablaran en voz alta, y no llevaran zapatos vistosos (que eran lo único, que dejaba ver el burka). También impusieron la obligación, de oscurecer los cristales de las ventanas, de las plantas bajas y los primeros pisos, para que la gente del exterior, no pudiera ver lo que sucedía en el interior.

Una de las excusas de los talibanes, a la hora de prohibir el trabajo femenino, era que así se podría garantizar, el pleno empleo masculino. Sin embargo, dicho argumento, no tenía en cuenta que, después de después de casi dos décadas de guerra, el numero de viudas y de huérfanos era enorme. Sólo en Kabul, había cincuenta mil familias, que dependían del trabajo de viudas de guerra para sobrevivir, y otra siete mil, estaban a cargo de hombres discapacitados. Esas familias, quedaban condenadas a la penuria y muchas mujeres, en su desesperación, tuvieron que mendigar o, peor aun, dedicarse a la prostitución, actividad severamente castigada.

(Continuará)

 

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