La estupidez de los soplagaitas
- Escrito por La redacción
- Publicado en Tribuna Libre
Si queremos que algo exista y se sepa, contémoslo. Hoy día tenemos la gran ventaja y a la vez inconveniente de contar con las redes sociales, lo que permite de forma inmediata e instantánea que cualquier terrícola pueda saber al momento de la genialidad de quienes se dedican a descubrirnos los secretos de este mundo en el que vivimos o las estupideces de los soplagaitas.
Comprobaremos como la vigencia de lo que decía el comediógrafo griego, Aristófanes, ateniense por más señas, que vivió entre los años 444 a.C y 385 a.C y que impulsaba la reflexión con el pensamiento de: “La juventud pasa. La inmadurez se supera, la ignorancia se cura con la educación y la embriaguez con sobriedad, pero la estupidez dura para siempre”
Al soplagaitas se lo pueden encontrar, queridos lectores, a la vuelta de la esquina y en su estupidez, del que ellos no son conscientes creen saberlo todo y van dando lecciones a diestro y siniestro sin que nadie se las haya pedido; lo que en la mayoría de las ocasiones nos resulta irritante. Hemos de tener cuidado por el poder contagioso del mal de estos personajes y porque en cualquier momento nos puede entrar un ataque momentáneo y pasajero. Nadie está libre de actuar en alguna ocasión como un soplagaitas.
Carecen de principios y valores, y terminan por sus ridiculeces y la cantidad y calidad de estupideces que profieren en monstruos grotescos, inaguantables, pero capaces de llevar a cabo todo tipo de maniobras y conspiraciones, con tal de conseguir; aunque la mayoría de las veces sin éxito; un mayor poder y terminan aburriendo y machacando al prójimo en ese propósito y siendo receptores del mayor de los desprecios.
Uno de los mayores peligros para los ciudadanos y ciudadanas, es que un soplagaitas de éstos les caiga en el lote y en el colmo de su inutilidad terminen logrando sus deseos de estar cuanto antes en el Gobierno de las personas y las cosas, es la utilización de las prisas y las vísceras las mayores enemigas de las decisiones adecuadas, y se convierten en los máximos rehenes de quienes guiados de sus necedades y soberbias de que “todo lo pueden” terminen creyéndose dueños de seres humanos y haciendas.
Son tan miserables, que con tal de mantenerse en sus poltronas, sin criterios, ideas ni valores defienden algo y lo contrario a la vez, en una actitud de ausencia de ética y moralidad , sin vergüenzas ni rubores. En su afán de demostrar que son los más inútiles y escalar el mayor número o de peldaños en la escalera del poder, olvidan con frecuencia que lo mejor es enemigo de lo posible, y que el respeto de los demás como la elegancia no es cuestión física, sino de actitud ante la vida.
Lo que peor llevan estos personajes insustanciales, es que alguien los tomen por invisibles o los coloquen donde no se les vea, pero que se mueven más cómodamente, que es en la penumbra y en las alcantarillas, y como en la avaricia de los miserables, jamás tienen la valentía de tomar partido y no se sitúan ni a favor ni en contra, sino mirándose el ombligo y con ellos mismos.
Entre su ignorancia, sus tópicos mal aprendidos y su incontinencia verbal y charlatanería soporífera, intentan mantener a su merced y capricho a todos cuantos les rodean, aplastando cualquier manojo de sueños y transformándolos como pirómanos que queman el bosque en un paisaje dantesco, al objeto que desde su obsesión patológica quitarse de en medio adversarios y obstáculos en la consecución de sus objetivos.
A pesar de sus incontrolables y compulsivos deseos de tenerlo todo y en todo momento, sin ningún esfuerzo y aprovechándose de los demás, son seres insatisfechos, porque por mucho que logren poseer, jamás se les ve, y nadie y nunca es capaz de mirarlos y reconocerlos, porque tal vez no existen, son solo fantasmas de quienes podrían ser.
No ayudan a resolver los problemas sino crearlos, y cada vez que abren la boca sube el pan, provocando un conflicto donde no existen diferencias insalvables y mostrándose tal y como son, personajes de pega y paja a las ordenes del jefe de turno.
Deberían aprender que el olvido no nos debe hacer caer en los mismos errores, y que todo viaje, aunque sea de miles de kilómetros, depende en gran parte del primer paso, que es muy peligroso por la autocomplacencia dar cobijos a fabulaciones absurdas y argumentos sin sentido.
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