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Hablar con un muro


(Tiempo de lectura: 3 - 5 minutos)

A menudo las parejas incluso recién avenidas y de reciente afiliación –como yo digo- se cansan de esperar respuestas a peticiones que sin embargo son "simples", "básicas", "legítimas", pero que no son escuchadas. “Al principio tuve la impresión de que teníamos una relación casi telepática. Prestó atención a todo lo que dije, se contuvo y lo usó para hacerme feliz. Ahora tengo que repetir una y otra vez. No me adivina, no me escucha. Es como si fuera sordo, como si no tuviera consistencia en sus ojos”. Esta queja incesante que surge en muchas parejas se instala con frecuencia –hoy- desde el inicio de la relación. Está ligado a una fantasía fusional: imaginamos poder ser entendidos a medias palabras, o incluso no necesitar el lenguaje para ser oídos. No hay necesidad de abrir la boca. Bastaría mirarse a los ojos para entenderse. El otro debe responder a una expectativa comprendida intuitivamente sin que haya sido formulada. Y cuando, de repente, nos damos cuenta de que el otro –la otredad que siempre aparece en mis poemas- no tiene respuesta a peticiones que nunca han sido expuestas, nunca formuladas con claridad, nos enfadamos con él.

La psicoanalista Valérie Blanco, autora de L'Effet divan (L'Harmattan) 2015, subrayó en su momento que la incomprensión va de la mano del hecho comunicativo: "Es la paradoja del lenguaje, nos permite hablarnos a nosotros mismos, pero no decirlo todo. Los malentendidos son inevitables porque no podemos expresar plenamente lo que deseamos, lo que somos. En cualquier caso, nunca seremos capaces de hacernos escuchar o entender del todo por nuestra pareja. Las palabras no tienen el mismo significado o el mismo significado entre sí. Nuestro vocabulario está lleno de nuestro pasado, que nada tiene que ver con el del otro. Ninguna palabra es única. Es un señuelo, una fantasía pensar lo contrario. »

Algunos también disfrutan de su condición de eternamente incomprendidos, gozando de una posición de víctimas que les permite satisfacer impulsos masoquistas, para mi, absurdos. Este placer en el dolor, Valérie Blanco lo denomina con el siguiente neologismo: “jouiffrance”. Puede haber verdadera alegría en el sufrimiento, nos asegura, en el sentimiento de no ser comprendidos, de ser maltratados por la incapacidad del otro para responder correctamente a nuestras expectativas, de ser la pobrecita/ito de todos. Pero en general, de lo que nos quejamos es porque quizás no participamos o tenemos algo que ver con ello.

Si el sentimiento de incomprensión se repite indefinidamente en nuestra pareja o en las diferentes relaciones que mantenemos, siempre es señal de que algo no nos va bien o que en verdad no trabajamos sobre aquellos sobre lo que nos quejamos. La pregunta entonces que debemos hacernos es ¿qué relación tengo con mis propias palabras? A menudo, el otro nos escucha y comprende solo parcialmente, pero cuando sentimos que no estamos siendo el centro y que necesitamos serlo, aparece el problema de incomunicación total y de juego al frontón con el muro que es el otro.

Ahora, las relaciones son así. A veces me encuentro con alguna amiga a la que voy a ver una o dos veces al año y por ejemplo, no cesa en mirar con ansiedad su móvil. ¿En serio? ¿No puedes desconectar un pelín por estar conmigo? ¡A esta colega se la ha ido la flapa! Pienso para mis adentros. Seguro que es ministra o así, aunque cuando he hablado con alguna ministra, me han prestado atención y me han mirado a los ojos para intercambiar ideas, osea, para conversar. ¡Pum!

El muro ahora está mucho más reforzado por la presencia hostil del móvil todo el tiempo, por lo que se anula el poco acceso a la comunicación entre los miembros de una familia. ¡En la cena se dejan los móviles chavales! ¡Que no será tan importante! Pero de repente es como si fuera yo mi propia madre diciendo: ¡ni móvil ni móval! O algo así. Pero es que sino, no hay manera de conversar. Me veo un poco Goebbles, pero sufro mucho cuando alguien tiene un problema y nadie se da cuenta. En las familias sucede, en las parejas, también.

Las claves: formulación y reformulación, atreverse a preguntar a los otros, qué escucharon, a tu pareja, al vecino, panadero, ese fontanero de toda la vida que sabe metafísica mas que mi queridísimo Ángel Gabilondo. Terapia de grupo en casa.

En fin, no es que vayamos a tener como objetivo llevar a nuestra pareja a entrar en un espacio de confesión y viceversa…pero porqué no. Lo importante es estar alerta ante las personas que nos rodean, porque son muy importantes, por eso nos rodean. Y eso implica dejar de permanecer ciego para los demás, demasiado atentos hacia uno mismo, pasar por el miedo a perder al otro, porque “la palabra dice algo de nosotros que no necesariamente coincide con lo que quiere oír”. Hoy me preocupa ese ser escuchado por el otr@, en definitiva, sentir que existes.

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.


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