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El nuevo orden bipolar y el riesgo de la simplificación populista


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

Últimamente veo con preocupación a una nueva escalada propagandistica, de despliegue de armamento ofensivo o disuasorio y como último recuso la diplomática, está vez en la frontera entre Rusia y Ucrania, nada más y nada menos que entre dos potencias nucleares como son los EE.UU. y Rusia, que a pesar del paso del tiempo, mantienen la capacidad para la destrucción mutua asegurada y por ende para el holocausto nuclear de toda la humanidad. Algo que no deberíamos olvidar.

Lejos de la lógica preocupación y por tanto por extremar prudencia en el análisis, dada la complejidad de la política internacional, con la prioridad de contribuir en nuestra limitada medida favor de la diplomacia y la desescalada militar, sin embargo aparece una vez más la lógica populista de simplificación de los antecedentes, así como del desarrollo y el contexto del conflicto, todo ello con la clave del amigo de la Alianza Atlántica como los pacíficos representantes de la democracia liberal, salvo significativas excepciones, frente al enemigo malo del regímen autoritario de Rusia y su agresiva nostalgia de la Unión Soviética. En esta dinámica, Europa se ha visto arrastrada a jugar el papel de protectorado, cuando no de comparsa. Sin embargo no todos sus miembros han actuado igual. Entre el seguidismo atlantista del gobierno español alineado con Gran Bretaña y la prudencia de Alemania y Francia ha habido una distancia considerable. Una España sobre actuando con la vista puesta en el norte de áfrica como si los problemas se pudieran solucionar unilateralmente y prescindiendo de un compromiso Europeo sobre los problemas sociales del norte africano. Está por ver como el interés nacional español, que debería estar centrado en y con la UE, se refuerza con una política de gestos al margen de Francia y Alemania. Desde luego la frágil autonomía estratégica de la UE puede verse afectada por actitudes como la de España, muy similar a la ensoñación aznariana de entrar a formar parte del eje anlgosajón. Ya vimos como acabó.

Vayan por delante mis convicciones democráticas, y en consecuencia mi rechazo de todo totalitarismo y de las actuales derivas autoritarias, tanto dentro de nuestro país como en el ámbito internacional, y en particular las protagonizadas entre otros, seguro que demasiados, por los regímenes ruso y chino, pero también por Hungría en Europa, en la OTAN de Turquía y recientemente en el seno del imperio norteamericano. Por eso estoy convencido que la superioridad de la democracia se demostrará solo si somos capaces de responder mejor a las aspiraciones de bienestar y libertad de nuestros ciudadanos y a su reflejo en los pueblos del mundo, y nunca mediante una escalada militar y nuclear ofensiva ni de hipotéticas victorias territoriales y de seguridad que alteren los equilibrios entre las grandes potencias, cosa que hasta ahora no ha hecho más que alejarnos de esos ideales en el mundo y acercarnos por el contrario peligrosamente a un conflicto militar y con ello a un holocausto nuclear. En este sentido, un mundo multipolar sigue siendo el ideal para el avance de la democracia y siempre es preferible tanto a uno unipolar, como es el que hemos tenido hasta hace poco tiempo, como a uno bipolar en el que de nuevo nos adentramos a pasos agigantados.

Es precisamente por eso que asisto con redoblada preocupación a la transposición del tópico conmigo o contra mi, es decir con la OTAN, justo después de asistir mudos y desinteresados al resugir del totalitarismo talibán en Afganistán, y contra Rusia en el debate público en nuestro país, como si fuera un tema más que añadir al fuego de nuestra ya bastante caldeada polarización política. Una lógica populista que nos ha traído hasta la actual polarización y crispación de la política española, pero que resulta extremadamente peligrosa en la política internacional, en la que se requiere capacidad de pactos y miradas a muy largo plazo.

El abandono de las Naciones Unidas, el olvido de los pactos explícitos o implícitos alcanzados, la huida hacia adelante para evitar cesiones amargas en los hipotéticos nuevos acuerdos, la lógica de los hechos consumados, el monopolio de la moral y de la razón, el abuso de la mayoría, del veto o de la reinterpretación interesada de la ley internacional, y hasta el recurso a la fuerza y a la humillación del adversario, son algunos de estas peligrosas prácticas contra la seguridad y la paz internacional. En este sentido es curioso constatar el olvido del argumentario americano en la crisis de los misiles. El populismo puede estar devolviéndonos a lógicas previas incluso a la segunda mitad del siglo XX.

Parece que no hubiéramos aprendido nada de la etapa vivida con el fin del equilibrio bipolar de la guerra fría y la disuasión nuclear, en un mundo unipolar donde el uso unilateral de la fuerza y la guerra justa, muchas veces con la excusa del deber de proteger y de la extensión de la democracia, se ha impuesto mediante campañas de desinformación, de desestabilización y finalmente de destrucción militar de la soberanía, la independencia de los pueblos al margen del derecho internacional, de los cuales tenemos aún vivo el recuerdo en las nefastas catástrofes humanas y políticas provocadas en países como Afganistán, Iraq, Yemen, Siria, Libia o más recientemente en Crimea. Una política de hechos consumados también como los de la administración Trump en Palestina y el Sáhara, incumpliendo las resoluciones internacionales, sumadas a las campañas de desinformación, de desestabilización, de imposición de gobiernos títeres e incluso de invasión directa o mediante terceros, que han sido desarrolladas por las grandes y las medianas potencias sin ninguna excepción.

Porque, en su momento, en vez de aprovechar el fin del Pacto de Varsovia para el fin de la Alianza, el desarme nuclear y la integración de Rusia en el nuevo orden multilateral, la continúa ampliación de la OTAN dentro de un mundo cada vez más unipolar, se ha dado de bruces finalmente con su peor pesadilla, lo que se ha dado en llamar "la pesadilla de Brezinski", la gran alianza ruso-china y el resurgimiento de la lógica imperial de la guerra fría entre los EEUU y sus aliados de un lado y la alianza ruso-china del otro.

Hoy, los europeos corremos el riesgo de ser además, no solo los principales afectados por la mayor parte de las sanciones económicas, energéticas y financieras de respuesta a la escalada, sino en convertirnos en la primera linea de un futuro escenario de guerra. En este sentido, lejos de ser un espacio de diálogo entre potencias, Europa diluye su papel, siempre asignado por EEUU, y con ello Ucrania corre el riesgo de convertirse en una gran frontera armada entre las dos grandes potencias. Algo que no solo difícilmente tolerará el régimen ruso, a menos de quinientos quilómetros de Moscú, sino que se puede tornar en un peligro mucho mayor para la defensa de la democracia, la soberanía y la independencia de Ucrania.

 

Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.

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