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Ulises ha muerto, pero el extranjero siempre vuelve a empezar y renace


(Tiempo de lectura: 5 - 9 minutos)

¿Crees tú que puede un hombre estar de amor extático tanto tiempo?...Al extranjero, al extranjero (palmoteando). Yo quiero que tú y yo seamos extranjeros en alguna parte, y que salgamos del bracete sin que nadie nos conozca. - Sí, mi vida. ¡Quién te verá á tí...!

Pérez Galdós. Tristana, 1892. Pág. 125.

La Odisea, narra el viaje de Ulises, tras el sitio de Troya, para volver a casa, a la isla de Ítaca, de la que era rey. Mientras él está de regreso, una tropa de pretendientes instalados en su palacio buscan su sucesión y la mano de la reina Penélope. Ulises tarda diez años en regresar a la isla de Ítaca, de la que es rey. Durante ese tiempo su esposa Penélope y su hijo Telémaco sufren en su palacio el acoso de los múltiples pretendientes que buscan desposar a Penélope, pues creen que Ulises ha muerto. Este relato antiguo y apasionante siempre me creó cierta inseguridad, especialmente por encontrar en Ulises una especie de alter ego. En otras ocasiones la cuestión se me planteó como en el Quijote saliendo de su casa para desfacer entuertos en busca de un ideal que no existe y de cómo ese hombre regresó a su humilde morada. No puedo evitar ser como alonso Quijano. Quién iba a pensar que la historia de un jubilado motivadísimo con las novelas de caballerías sería la obra más genial que se haya escrito en la Humanidad. Ya ves, cosas de los españoles. Su autor, otro desgraciado más de este país sin igual.

En efecto, libros como el Antiguo Testamento, narran idas y vueltas, asentamientos, escapes… también será por prueba de ADN digo yo, esa trashumancia del pueblo hebreo que se hereda, dicen, como sus secuelas genéticas entre los grupos sefarditas a los que pertenezco por herencia. Una cuestión casi bíblica la de cambiar de lugar por unas u otras razones. Ser extranjero como todos saben –creo que ya he hablado de ello- no es fácil. Tanto es así que debido al estrés y al desarraigo entre los inmigrantes, el miedo al fracaso y otros asuntos…existe el síndrome de Ulises que tiene muchas vertientes, claro. Yo lo aplico a dos conceptos fruto ellos de la experiencia: el creer que te has muerto por parte de los tuyos como a le pasó a Ulises y el afán de querer partir a encontrar otros ideales porque tu pueblo no es que no te considere rey, es que no existes.

La hospitalidad y el reconocimiento se dan y se reciben sin que una u otra postura sean definitivamente propias de una misma persona, lo que explica que el “anfitrión”, es decir el que recibe al extranjero, pueda interpretarse a la vez como alguien que ofrece una acogida o se beneficia de ella. En la perspectiva en que el extranjero comparte nuestras reglas, imaginamos que puede sorprendernos, pero no más allá de un marco que sabemos compartido y que, por tanto, tranquiliza; esta seguridad permite acoger no sólo al extranjero, sino lo que tiene que decirnos.

Gracias al símbolo, que permite el reconocimiento mutuo, la relación puede (re)iniciarse y establecerse la confianza; en la odisea, Este reconocimiento de los valores esperados (neutralidad, respeto por lo que las partes involucradas (re)construirán y... lo dejarán ir) puede convencer de que es posible compartir con este recién llegado e inaugurar nuevas relaciones. Pocas veces sucede. Este no obstante, será un extraño tanto para el pueblo que le acoge como para los que le vieron irse. Ser extranjero, con todo, nos permite volver a nuestra propia realidad después de habernos descentrado de ella, para salirnos de nuestro foco, que no nos agrada porque no hay lugar en él. Esa es la realidad del que se va del país.

Cualquier español –me da igual su pueblo- cuando se marcha y llega a otro lugar con el tiempo sabrán apreciar y reconocer lo que hace, por aquello de que nadie es profeta en su tierra. Dejar el hogar o emigrar ya no se considera y se presenta solamente como un desarraigo más o menos doloroso de la familia; salir de casa significa también, cada día, para miles de personas, tener la certeza de que la aventura migratoria se ha vuelto por definición incierta: volver a casa por la fuerza o morir en el camino no eran elementos constitutivos de la condición de candidato a la emigración y la inmigración. Estas posibilidades ahora son consideradas explícitamente por quienes se van y sus familias. Antes el miedo colectivo residía en que el país de inmigración pudiera “tragarse” o “comerse” al inmigrante, todos temían que este último “olvidara” a su familia y terminara “casándose” con su país de adopción. Estas no son ni las razones para irse, ni la elección inicial del destino final que marca la diferencia entre uno y otro; es la imprevisibilidad y la incertidumbre permanente de la empresa migratoria; es la imposibilidad de (uno mismo) construir un destino del inmigrante en condiciones legales y sociales estabilizadas. Con Internet, toda esta semántica, cambia.

Un inmigrante ilegal puede convertirse en "indocumentado" y, algún tiempo después, en residente extranjero (un inmigrante ordinario). Un solicitante de asilo puede volverse ilegal y luego un día ser regularizado y terminar sus días en Francia como ciudadano francés, etc. Se podrían multiplicar las figuras y las pruebas adjuntas a ellas, así como los modos de transición entre ellas. Uno puede ser español, exiliarse en Francia, volverse de Francia y no querer ser español, entre otras porque los españoles no quieren que estés aquí, no vaya a ser que les quites el puesto. La diferencia es clara: los de aquí no tienen la opción de poderse marchar, eso da envidia, yo tampoco tengo las opciones, pero me quito a bofetadas la catetez de donde vivo, y si tengo opciones como sino, las busco y ahí os quedáis. Vine a empujar un país de desagradecidos que yo había magnificado al máximo, pero una vez aquí, prefiero empujar otro país aunque sea el país de otros y sea extraño para mí en todo. A los españoles les encanta presumir que un escritor, artista, intelectual, o músico le han hecho caso fuera de aquí y que eres un icono. Los políticos solo pueden pedir asilo político, pero tampoco es cosa fácil. Con todo, llegas y de repente te haces gigante. Ahí es cuando no te da la gana volver, salvo a lo que te interesa. Una vez que pones un pie fuera, el desarraigo está dentro de uno para toda la vida. Ahora me acuerdo de Jorge Semprún, bueno George Samprán, para los franceses, quien a pesar de que Felipe González le hiciera ministro de cultura como signo de “agradecimiento”, no se hallaba. ¿Por qué? Porque después de haber vivido y dado todo por la causa, lo que él hizo, España le era tan pequeña como lo es hoy para los catalanes, vascos y los propios españoles. Es un afán de hacerse de pueblo, de no abrir la mente a nada, de volver a la caverna y que se curren unos pocos el prestigio del país, fuera de aquí. Esto está muy generalizado. Tant pis pour toi.

Cuando se presenta un extranjero, a menudo suscita varios sentimientos: puede nacer una atracción, una curiosidad con “la llegada de un recién llegado”, pero a veces aprensión u hostilidad; es raro ser unánime en uno u otro de estos sentimientos. En verdad, uno no sabe qué pensar, a primera vista, del extranjero. Sentimos que el extranjero es otro “individuo” que no es ni el simple extraño ni el anónimo y que sin embargo tiene un poco de ambos. Quizá lo que nos llama la atención de él es que no siempre estuvo ahí, es decir, en nuestro pueblo. Sin embargo, el extranjero siempre tiene el mismo origen: viene de otra parte. En otra parte, no solo es el país que no conocemos porque está demasiado lejos para ser visitado, puede ser el país que siempre nos hemos olvidado de ver o incluso aquel en el que soñaríamos ir.

Las sociedades antiguas desconfiaban del extranjero, porque no sabían de dónde venía, cómo vivía en su país y si lo que trae consigo no corre el riesgo de ser fatal para el grupo que se presenta frente a él. Él, sí lleva el bagaje de lo vivido en otros espacios, donde quizás no piensen como nosotros, y quién sabe si el puñal que lo acompaña y lo protege en el recodo de sus caminos no está destinado a nosotros. Sin embargo, otros antiguos como los griegos eran conscientes de que ese extraño que viene de otra parte, puede bajar del Olimpo para venir a probarlos y premiarlos, a anunciarles algo a lo que puede ser vital prestar atención. Son perspectivas diferentes. Nuestra sociedad con Internet y la Nada ya tiene de sobra, pero ve siempre en el extranjero a aquel que se invita a sí mismo –o más bien a quien nosotros invitamos– a nuestro ensueño. Al optar por convocar la figura del extranjero, sucede que estamos buscando una forma de cambio de escenario, al encontrar con él lo que falta a nuestro alrededor. Esperar a ver eso, es pues un deseo que no dice su nombre y lo que esperamos del extranjero podría ser, en definitiva, una mirada diferente a través de la cual sea posible una nueva reflexividad, inaugurando una nueva relación con nosotros mismos, un mejor autoconocimiento. El extranjero puede por tanto llevar un valor y, según los casos, serlo; es por ello que casi con seguridad uno puede encontrar le bonheur, sentirse libre y con otras esperanzas sociales, ¿porqué? Porque se es extranjero. Una opción de la vida maravillosa que algunos tomamos con valentía y abrazamos cuando queremos ser libres y empezar de nuevo las veces que haga falta.

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.

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