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Los desafueros del orgullo humano


(Tiempo de lectura: 4 - 8 minutos)

Todo esto era preciso, pues ha de haber siempre algo de mutua adulación entre la hueste y el caudillo para que el enfático orgullo de la victoria arrastre a todos al heroísmo.

Benito Pérez Galdós, Zaragoza, 1874, pag. 206

El orgullo es una imperfección que se puede observar fácilmente en los demás pero que raramente admitimos en nosotros mismos. La mayoría de nosotros lo considera una falta en algunas personas que están en la cumbre, como ricos, eruditos, políticos que nos miran a nosotros por encima del hombro. Sin embargo, hay una dolencia mucho más común entre nosotros, y es la del orgullo de los que están abajo mirando hacia arriba; éste se manifiesta de diversas formas, como la crítica, la invención, la calumnia, la murmuración, la pretensión de gastar más de lo que tenemos, la envidia, la codicia, la supresión de la gratitud y el elogio que podrían elevar a otro, así como el rencor y los celos. En ocasiones se utiliza en su doble acepción de satisfacción, optimismo, gozo. Es lógico en este sentido estar “orgulloso” de los alumnos, de los hijos…el famoso orgullo gay, o el orgullo patrio al que referiré unas líneas más abajo. Pero de este “orgullo” no me interesa escribir hoy.

La desobediencia es esencialmente una lucha orgullosa por el poder en contra de alguien que tiene autoridad sobre nosotros. Puede tratarse de los padres, de un líder de un maestro y hasta de Dios. El orgulloso aborrece la idea de que haya alguien que esté por encima de él, pues piensa que esto rebaja su propia posición.

El egoísmo es uno de los aspectos más comunes del orgullo. “La forma en que todo me afecta a mí” es la idea central de lo que es importante para la persona: el orgullo de quién es, la autocompasión, el interés por la fama del mundo, la gratificación de los deseos personales y de los propios intereses.

Otro aspecto del orgullo es la contención. Las discusiones acaloradas, las peleas, el dominio injusto, las brechas entre las generaciones, el divorcio, el abuso de cónyuges, los tumultos y disturbios, todos encajan en esta categoría del orgullo. La contención en la familia aleja de ella el buen hacer, el respeto, la mansedumbre o armonía; también aparta a muchas personas de su familia. Su expresión varía desde una palabra hostil hasta los conflictos mundiales. Sabemos que los orgullosos se ofenden fácilmente y guardan rencor por las ofensas o fallos incluso sin intención de otros, se diría que no son individuos aptos para la convivencia. Se niegan a indultar a otros, a fin de mantener a la otra persona en el papel de deudor y de justificar sus sentimientos heridos. El orgulloso no acepta mansamente los consejos ni la corrección Se pone a la defensiva para justificar sus debilidades y sus faltas. Es así y todos lo vemos a diario.

El orgulloso depende del mundo para que le diga si vale algo o no. Su autoestima se determina según el lugar en que se le juzgue en la escala del éxito mundano. Se considera de valor si la cantidad de personas que están por debajo de él en logros, talento, belleza o intelecto es bastante grande. El orgullo parte de alguna premisa como: Si tú tienes éxito, yo soy un fracaso, pero voy a por ti.

El orgullo limita o detiene el progreso de la persona. El orgullo es una imperfección que hace al individuo rehén de si mismo en todo el sentido de la palabra, y limita o detiene su progreso. El orgulloso no es fácil de enseñar, no considera que tenga que aprender algo porque para eso ha nacido sabio y cargado de razón. No cambia su manera de pensar para aceptar otra cosa, otra verdad, porque eso implicaría que ha estado equivocado. El orgullo afecta de manera adversa todas nuestras relaciones: nuestra relación con uno mismo, entre esposo y esposa, padres e hijos, patrón y empleado, maestro y alumno, y entre toda la humanidad. Según el nivel en que esté nuestro orgullo, así trataremos a los demás.

El orgullo opaca nuestro sentimiento de hermandad con los hombres; nos separa y divide en “clases”, de acuerdo con nuestras “riquezas” y nuestras “oportunidades para instruirnos por lo que la unión es imposible en un pueblo que sea orgulloso. Preferimos lanzarnos a la crítica de los otros, no al reconocimiento de los esfuerzos o de las competencias naturales de los demás. ¿Quién va a ser mejor que yo? Lo peor de nuestra historia ha sido además este orgullo potenciado por una desgraciada suerte de ganar una guerra. La verdadera masacre vino después de dicha contienda, con todos los ganadores plenos de orgullo contra los que habían perdido, una sociedad completamente enferma en su análisis moral. Y así pasó, claro, y así pasa, claro.

La mayoría de nosotros piensa en el orgullo como egocentrismo, vanidad, jactancia, arrogancia o altivez; aunque todos estos son elementos de esta peculiar característica del ser humano, aunque su núcleo, su esencia, no está en ellos. La característica principal del orgullo es la enemistad: enemistad hacia Dios para los creyentes –quienes se creen superiores a su propio Ser Superior y enemistad hacia nuestros semejantes. Enemistad significa “tener odio, tener hostilidad y hallarse de forma casi continua en un estado de oposición hacia todo, el orgulloso quiere dominar, lo necesita.

La vanidad tiene además, una naturaleza esencialmente competitiva. Ubicamos nuestra voluntad en contra de la de Dios y de la sociedad en la que convivimos, de las personas a las que tratamos. Al competir o confrontar nuestra voluntad contra la voluntad de otras personas, permitimos que nuestros deseos, apetitos y pasiones se manifiesten desenfrenadamente. Esta es muchas veces causa y retroceso de las relaciones con los demás. Es la causa del maltrato, del abuso sobre los otros de alguna o de otra manera.

Los orgullosos no pueden aceptar que ninguna autoridad ni de Dios ni de nadie –padres, amigos, superiores en el trabajo- dé dirección a sus vidas, es decir, ninguna dirección o consejo. Ellos oponen sus percepciones de la verdad contra el gran conocimiento de otros o de Dios, sus aptitudes contra el poder también del Estado, del gobierno, sus propios logros contra las prodigiosas obras que suceden en el mundo en que vivimos, que también las hay. A algunos orgullosos no les preocupa tanto que su salario sea suficiente para sus necesidades como que sea mayor de lo que ganan otros. Hallan su recompensa en estar un poquito por encima de los demás. Ésa es la enemistad del orgullo.

Nuestra enemistad contra la sociedad, contra Dios, contra todo, puede ir marcada con diversas etiquetas, como la rebelión, la dureza de corazón, la dureza de pensamiento, la vanidad, la facilidad para ofenderse y el deseo de recibir señales. Los orgullosos quieren que un TODO esté de acuerdo con ellos; pero no tienen interés en cambiar de opinión para que la suya esté de acuerdo con la de los demás.

Los orgullosos hacen de toda persona su adversario, compitiendo con el intelecto, las opiniones, los trabajos, las posesiones, los talentos y otros valores mundanos de los demás. El orgullo no encuentra placer en poseer algo, sino en poseerlo en mayor cantidad que el vecino… Lo que nos enorgullece es la comparación, el placer de colocarnos por encima de los demás. Una vez que desaparece el elemento de competencia, el orgullo deja de existir.

En la tradición judeocristiana, los orgullosos temen más al juicio de los hombres que al juicio de Dios, pero esto no llega a ser del todo así porque vemos todos los días, personajes públicos, reyes, políticos y otros que no son tan populares y que se definen como de “firmes creencias” que no temen en absoluto al juicio de los hombres, de ser así, no robarían. La idea de “¿Qué pensarán los demás de mí?” pesa más para ellos que la de “¿Qué pensará Dios de mí?”, porque si crees en Dios, supongo que esa idea pesará sobre la persona: has infringido una ley, porque has robado, por ejemplo. Pero también existe eso del orgullo patrio que nunca he sabido qué es exactamente y a qué nos lleva como seres humanos. En El español, del 16 de abril de 2020 aparecía esta noticia que no he podido hasta ahora cotejar con el estado de la cuestión actual:

Los españoles han recuperado la autoestima y el sentido de orgullo patrio que pasa de 41 por ciento a finales de 2018 al 56 por ciento en marzo de 2020, según revela el último Barómetro del Real Instituto Elcano, un estudio realizado entre los días 2 y 19 de marzo y en el que las respuestas se han visto afectadas en mayor o menor medida por el coronavirus. Esta "recuperación del orgullo" se aprecia -según la encuesta- en todos los segmentos ideológicos, aunque "sigue siendo más fuerte entre la derecha que entre la izquierda, pero aumenta en todos los casos", afirma el estudio cuyo trabajo de campo no se vio afectado por el hecho de que el estado de alarma se decretara en mitad del periodo de encuestas, ya que se anunció el 14 y se hizo efectivo con su publicación en el BOE el día 16.

Solo puedo decir una frase muy castiza, española o nonaino que a estas alturas me da lo mimo: Aguanta la pedrá. Cuando el orgullo se apodera de nuestro núcleo, perdemos nuestra independencia del mundo y entregamos nuestra libertad al cautiverio de los juicios humanos.

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.

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