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Miedo, mentiras y carne


El nuevo pecado de la carne no es el que era. Ahora se trata de entrar a debatir con la derecha en su propio marco ideológico y mental. Y visto el éxito de hace un semestre, aquí estamos de nuevo con los mismos protagonistas, el mismo tema, el mismo argumento. El comienzo del año estaba pintando feo para el PP: buenos datos económicos, un acuerdo social reciente y la agenda judicial apuntando a Génova 13. Poner en marcha la máquina de esparcir mentiras estaba descontado, y han apuntado al que parecía un punto débil con un tema ya gastado. El ministro Garzón no se ha bandeado mal, intentando poner sensatez en la cuestión, pero no hay victoria posible en un marco de discusión como el establecido.

Para los que no hayan seguido la historia, todo arranca con una entrevista en “The Guardian”. En ella, Garzón no dijo nada nuevo ni que se saliera de la postura que defiende el Gobierno en la Unión Europea, y en línea con lo que plantea también la propia Comisión. De ahí, un medio de la patronal cárnica hizo su propia versión “creativa” de los hechos más de una semana después, a partir de lo cual se desata la tormenta.

El señor Mañueco, presidente de Castilla y León, usó el bulo ya creado para atacar al ministro, y acto seguido entró Vox en esa línea, amplificando el ruido en las redes sociales (que es su modus operandi habitual). Y es en ese punto cuando entran primero el señor Lambán, presidente Aragon, y posteriormente Page, presidente de Castilla-La Mancha, haciéndose eco del bulo, dándolo por bueno y pidiendo la dimisión del ministro. Una vez estos dos abren el juego todo se sale de los parámetros de la racionalidad, porque la discusión ya no está en el contenido del texto original, sino en el bulo: lo que el PP dice que dijo. Ya en ese punto, cada vez que un miembro del gobierno, o del PSOE, ha abierto la boca ha sido para empeorar aún más las cosas, pues en ningún caso se ha denunciado el bulo, sino que se ha dado como cierto.

Este episodio plantea distintas cuestiones, a cual más preocupante. La primera es el tema de fondo, las macrogranjas, que ha sido por desgracia lo de menos. De hecho, parece un Macguffin pensado por un brillante guionista. Resulta que, ante la abrumadora evidencia científica, la Comisión de la UE, el Ministerio de Transición o los gobiernos regionales de Castilla La Mancha y Aragón ya trabajan para limitarlas ante los gravísimos problemas ambientales que generan, aparte de desmantelar las economías rurales y del problema de las emisiones de gases de efecto invernadero. En ese sentido, lo que de manera obvia se pretende es torpedear la política de transición ecológica. Sobre el particular ya escribí, hace seis meses, no uno sino dos artículos en El Obrero.

El segundo tema es dar por buenas las mentiras en el debate político. Vox ya lo hace de manera sistemática (de hecho, su planteamiento ideológico se construye sobre mentiras), lo peligroso es que la tendencia continua. El PP ya ha entrado de lleno en su “era Trump”, y el asunto se ha extendido a ciertos líderes del PSOE. Dar por buenas las mentiras, para este caso y para todos, es rendirse al marco ideológico de la derecha y pone en serio riesgo la democracia. Quienes han creído las primeras publicaciones podían haber rectificado y, sin embargo, al mantener su posición inicial han abierto la posibilidad de que la discusión siguiese sobre el bulo. Esto va a permitir al PP sacar petróleo a través de declaraciones en los ayuntamientos apoyando un modelo claramente perjudicial y contrario al que defiende el Ministerio de Transición. Es difícil ser más torpe, pero no descartemos nada.

La mediocridad de los equipos políticos y de comunicación socialistas es notoria. No solo han conseguido oscurecer los buenos datos económicos y los problemas judiciales del PP, además han creado un problema que no tenían justo en el momento en el que empieza una campaña electoral, han contribuido a fortalecer un marco interpretativo contrario a las políticas que están desarrollando sus gobiernos y han fomentado una imagen perversa del aliado político, que además quedará entre los simpatizantes socialistas como desleal. En este contexto, las palabras vacías de contenido habituales para salir del paso no van a servir de nada, y de hecho pueden ser contraproducentes: para la derecha, no arropar a Garzón significará mucho más que reconocer una grieta en el gobierno, es una cortina de humo perfecta de cara a las elecciones en Castilla y León; para la izquierda, abre una crisis innecesaria e incomprensible, y promueve enfrentamientos cuando se ha de procurar justo lo contrario. Y para todos, implica poner en cuestión la política ambiental y de transición ecológica.

Ese es el tercer asunto importante, dónde queda en realidad la política de transición ecológica. En toda esta historia la gran ausente ha sido la ministra y vicepresidenta. Cuando empezó la marejada debería haber atajado la cuestión radicalmente, ciñéndose a la cruda realidad: no hay transición ecológica posible con macrogranjas. La ausencia de ese mensaje claro y contundente va más allá de desencuentros coyunturales con aliados, de hecho pone en cuestión la política que desarrolla su ministerio. Y si las políticas van en serio, la que realmente se ha mostrado redundante es ella.

Y el último pero a mi juicio más grave asunto, es lo que explica que hayan sucedido las cosas que han sucedido y de la forma en la que lo han hecho: el miedo. Hay miedo a afrontar una política real de transición, que necesitamos de forma cada vez más urgente. Y lo hay porque esa política implica necesariamente confrontar con los intereses de grandes empresas, que verán reducidos sus beneficios, por lo que va a hacer falta más que rigurosos estudios científicos y técnicos. El conflicto con el “business as usual” es inevitable, los que lo defienden ya están manejando todas las herramientas disponibles, lo que incluye emplear a sus mercenarios para desacreditar a cualquiera que les pueda poner en cuestión. Y ya han olido el miedo.

Nacido en 1967, es economista desde 1990 por la Universidad Complutense. En 1991 se especializó en Ordenación del Territorio y Medio Ambiente por la Politécnica de Valencia, y en 1992 en Transportes Terrestres por la Complutense, empezando a trabajar en temas territoriales, fundamentalmente como profesional independiente contratado por empresas de ingeniería.

Ha realizado planeamiento urbanístico, planificación territorial, y evaluación de impacto ambiental. En 2000 empezó a trabajar en temas de desarrollo rural, y desde 2009 en cuestiones de políticas locales de cambio climático y transición con su participación en el proyecto de la Fundación Ciudad de la Energía (en Ponferrada, León).

En 2012 regresó a Madrid, hasta que, en diciembre pasado, previa oposición, ingresó en el Ayuntamiento de Alcalá de Henares, en el Servicio de Análisis Económico.

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