HEMEROTECA       EDICIÓN:   ESP   |   AME   |   CAT
Apóyanos ⮕

No tienes covid pero te quedas en el “hospi”


(Tiempo de lectura: 7 - 14 minutos)

¡Oh! ¿Ustés no vieron lo del hospital? Pues yo sí: allí caían las bombas como el granizo. Los enfermos viendo que los techos se les venían encima, se arrojaban por las ventanas a la calle. Otros se iban arrastrando y rodaban por las escaleras. Ardían los tabiques, oíanse lamentos, y los locos mugían en sus jaulas como fieras rabiosas. Otros se escaparon y andaban por los claustros riendo, bailando y haciendo mil gestos graciosos que daban espanto. Algunos salieron a la calle como en día de Carnaval, y uno se subió a la cruz del Coso, donde se puso a sermonear, diciendo que él era el Ebro y que anegando la ciudad iba a sofocar el fuego. Las mujeres corrían a socorrer a los enfermos, y todos eran llevados al Pilar y a la Seo. No se podía andar por las calles. La Torre Nueva hacía señales para que se supiera cuándo venía una bomba; pero el griterío de la gente no dejaba oír las campanas.

Pérez Galdós, Zaragoza, 1874, pág 16.

La seguridad social en España es de las cosas que van bien o como asevera la mayoría de las gentes es algo que “funciona muy bien”, claro con toda probabilidad no saben lo que dicen. El covid no lo es todo,¡rediós! Supongo que cuando tienes algo que no tiene remedio o alguna cosa de fácil diagnóstico, el sistema de la seguridad social y la magnífica atención primaria madrileña –totalmente gratuita para todas las gentes- el suspense dado de lado y puestas las manos a la obra, funciona en cierta medida. Con suerte y si es grave en unos meses puedes operarte. Siempre está la posibilidad de que te atiendan por urgencias, que ahí atienden a todo el mundo sin rechistar, casi por el hecho de estar en territorio español. Pero claro, las enfermedades que se llevan a urgencias más que enfermedades son casos a resolver de forma rápida. Es decir, que no van a dejar que te mueras. Son muchos los extranjeros y gentes que van de paso y que se benefician de esta cruel institución que pagan algunos para que otros muchos la disfruten, así es la cosa. La cuestión es que si has logrado que te operen o que te atiendan en un parto, legrado o cosas así que son las que atienden de urgencia, pues ya solo te queda salir de ahí lo mejor posible.

Es cierto que los equipos médicos españoles son de calidad superior a muchos europeos, igualmente el ejercicio de la profesión también tiene su marchamo de calidad comparado con la de nuestros vecinos europeos, solo es que hay mucho sindicalismo, unos sueldos de risa y una masificación que corta la respiración. A la cuestión que quiero llegar es que también en otros países la medicina o la atención al cliente está masificada.

Dicho esto, pasamos a la paliza que uno recibe cuando está o cuando llega a un hospital. En general, lo que más importa son los protocolos, aunque hay que decir que esto en Francia es mucho peor porque son protocolarios por naturaleza. Lo de los papeles es algo que aunque te estés muriendo hay que hacerlo, por lo general la labor la desarrolla alguien que te acompaña alucinado en general a causa de la resolución administrativa y preocupado por su abandonado familiar que se encontrará malo y a la espera de un diagnóstico. Cuando ha pasado un tiempo prudencial –que en algunos casos se puede demorar en dos o tres horas- viene el saber qué pasa y a partir de ese momento una lluvia de palizas será soportada sin rechistar, el pinchazo de sangre, la prueba de orina porque siguen sin saber qué está pasando, si eres enfermo crónico te hacen repetir una y dos mil veces más ¿qué medicamentos está usted tomando?... Pregunta si se quiere absurda, la mayoría de las veces hay muchas crisis o enfermedades raras que son las que te hacen acudir a urgencias que muy a su pesar son efectos secundarios de los medicamentos que se toman. Pero esto da igual, pues a nadie le da por reflexionar sobre esta posibilidad, es más fácil la medicina combativa y solicitar cuarenta mil pruebas también inútiles y a cuál más agresiva. Pero con ello “nos curamos en salud” por si acaso metemos la pata.

No hay que pensar nunca que se está muy bien en un hospital porque aunque sea para una triste apendicitis, suerte tienes ya de que hayan dado con la tecla de tu problema. Una vez operado, sea de apendicitis, sea de cesárea, nariz o cornetas llega el calvario máximo que empieza por tener que compartir una habitación minúscula con otra persona enigmática por completo, que te mira con la misma o peor desolación que tienes tu. ¿Y la gente? Se dice uno, pues no, la gente no está porque estás tú solito, tu cama y el de al lado que vete tú a saber. Un horror. Dependiendo de los gustos de el de al lado podrás quizás intentar, solo intentar, dormir. Cosa difícil si el de al lado tiene la costumbre –por ejemplo- de ver la tele a toda pastilla. En cualquier caso dará igual el respeto por los demás no se contempla en la vida ordinaria del ser y seguirá dando igual porque justo cuando parece que el sueñecillo llega, viene una auxiliar a ducharte, otra a verte la cura, traerán un desayuno horroroso que consta de un inquietante café pues su origen será desconocido y unas galletas –dieta blanda- que no saben a nada, pero claro a buen hambre no hay pan duro que se dice o que decimos y esas galletas masoencefálicas te sabrán a pan bendito. Una vez limpito y con esos horribles camisones que te dejan en pelotas prácticamente, vamos, con el culo al aire, vuelves al redil o cama, esperando a ver si se puede dormir algo porque desde las 5 y media de la mañana no para de entrar gente. Ahí es cuando vienen las visitas de por la mañana, primero los médicos y después la visita será por lo general de amigos o familiares que no tienen nada que hacer, por eso van por la mañana, porque si lo tuvieran irían lógicamente por la tarde. Llegan dicharacheros preguntando ¿qué tal? Tú que en general estás hecho polvo no quieres saber nada de nadie pero como tienes que aguantar el tirón y el protocolo de ese alguien que viene a verte con todo su cariño u holganza que ya se duda, pues perjudican tu recuperación al no dejar ni siquiera que ventosees a discreción. Seguramente te entrarán ganas de ir al water, hábito mañanero lógico en un enfermo, pero claro, no vas porque te mueres del corte y además estás con el culo al aire por la mierda de camisón comodísimo que te han dado. Será cómodo por si tienen que intervenir los médicos en plan Equipo A, porque sino...Sigues mirando el techo que es lo único que se puede mirar, porque la ventana estará clausurada para prevenir suicidios y la claustrofobia que esto produce es para tenerla en cuenta.

La visita que viene a verte estará arrumbado en una esquinita con toda su mejor intención, el de al lado enterándose de todo lo que hablas, cuando sabes que no le interesa. Por fin, viene una visita del vecino de al lado, que viene meándose y pregunta si puede entrar en el baño. Ahí tienes que intervenir y decirle de manera educada en el mejor de los casos y borde en el peor, que no se deben, que no se pueden, utilizar los baños de los enfermos, que puedes contagiarles cualquier cosa, que no sea cerdo o cerda. Pero claro, viéndose descubierto ante la evidente prueba de nula educación, se suele pasar a la fase de cabreo simulado. Y empieza con el de al lado a preguntarle ¿qué tal? Mirándote de refilón, como diciendo “vaya compañía que te han puesto” cuando lo único que has hecho es defender tus derechos de enfermo y tu protección. Bien.

Tu visita se ha ido ya, ha estado unos quince minutos, suficientes para saber que ya estaba de más, pero sigue la visita de el de al lado que ahora se han convertido en cinco visitantes. La habitación está que echa humo, tú sin poder gritar que es justamente lo que quieres hacer. Las visitas de el de al lado han venido a justificar su obra del día: vamos a visitar a un enfermo, pero no se dan cuenta de que no puede haber tantas personas juntas mareando al enfermo y asesinando al que está al otro lado que en nada tiene que ver ni con la enfermedad del visitado ni con las visitas que paulatinamente van cogiendo su puesto y hablando más y más alto. Tú estás ya que revientas, claro, pero no puedes decir nada porque ya lo has dicho con lo del water y has quedado de borde total. Siguen, hasta que por fin ¡albricias! Y aunque no puedes dormir, una enfermera echa fuera a las visitas, pero ¿por qué? Porque van a entrar los médicos. ¡Uff! Por fin te vas a enterar de lo que te pasa o de cómo evolucionas. Una vez solventada la entrevista, se van con su patrulla de estudiantes que te han metido mano uno por uno y se han regocijado pero bien de tu cuerpo instrumental, eres un instrumento para estudiar, ¡no te quieren!, no lo olvides. Con todo parece que se han ido sin poderles decir que sí, que la cicatriz de la operación va bien, pero que vas a reventar las coronarias de un cabreo con el de al lado y con la paliza que te dan. Los médicos han investigado tu caso y han creado cierto suspense porque hablan entre ellos, un jefe y otros que aunque médicos son aprendices, todos palpan, todos toman apuntes, todos te observan y te preguntan cosas, muchas que no tienen nada que ver con tu enfermedad, pero se ve que están pasando algún examen con el jefe y hay que responder para ayudar. Yo suelo hablarles de filosofía y así termino con ellos.

Parece que se van. Entra otra enfermera te vuelve a sacar sangre porque el médico ha exigido nuevas exámenes, ¡vaya por Dios! Otra vez el pis, y la toma de tensión y temperatura, que generalmente no sube si no tuvieras el vecino de al lado. ¿Ha ido usted al water? Dices que no, que no, ¿cómo vas a ir si está la habitación llena de gente? Es muy buen síntoma lo de ir al water por lo visto, cuando te dejan, bien entendido. Se han ido todos y ya se oyen los trastazos de las bandejas de la comida, servida a eso de las 13:00 casi casi horario europeo, cosa normal, llevas en danza desde las cinco y media. Unos olorcillos que cuando estás malo te da un asco que no puedes soportar, pero en fin. ¿Qué habrán traído? Pues qué van a traer: dieta blanda y sin sal. Entonces viene la auxiliar y dice: usted dieta blanda, sin sal y estas pastillas. Y tú le contestas, oiga que yo no tengo ningún problema de sal ¿y estas pastillas para qué? La auxiliar vuelve a mirar el número de tu cama y contesta: a sí es para la 405. Te retira la bandeja –por dentro has dicho ¡albricias! ahora me traen un paellón descomunal. Pues no, no traen eso, traen un pescadito horroroso, derrengado en el plato como un pájaro aplastado por un coche, con una menestra de verduras y un yogurt, ¡ah! y pan, tremenda barrita. Sospechas. Bueno, menos mal, entonces te comes el pan, sorteas los guisantes y judías de la menestra que tristes quedan repartidas por el plato. Has probado el pescadito, solo un poco, con un trozo de pan a ver si entra y das por terminada la comida, bueno eso sí te comes el yogurt ya sin ganas porque el de al lado ha puesto la tele y tu estás que te subes por la paredes porque te duele todo y quieres dormir. No puedes dormir porque tienen que recoger la bandeja de la comida, vienen, bronca ¡tienes que comer bonita!, esto no puede seguir así. –No tengo apetito, -pues tienes que hacer por tenerlo. Vale. Se van por fin.

Un pestuzo horrible se ha quedado en la habitación. Ahora que parece que no viene nadie aprovechas para ir al water. Te levantas como puedes a riesgo de echar a perder la intervención pero es que eso de hacer tus necesidades en la cama, en la cuña de las narices...es duro. Cuando vas mareada y caminando muy lentamente se abre la puerta con fuerza y casi te da. Es una auxiliar que viene a buscar algo. Te ve haciendo de las tuyas para ir al baño, y por fin recapacita y te ayuda, cae en la cuenta de que eres un enfermo. ¿Quieres que te ayude? ¿Pero no ha venido nadie a cuidarte? Pues no, ahora mismo no hay ningún familiar aquí, no señora, todos trabajan, de hecho sería el trabajo de usted ayudar a los enfermos, ¿no? ¡Tiapelleja! Bueno esto lo piensas porque sientes que te tratan con muy poco cariño y las palabrotas invaden tu mente, pero no lo dices oralmente, claro, porque eres muy vulnerable y temes que te hagan algo. Ha pasado el incidente y con mil esfuerzos regresas al potro de tortura que en esas circunstancias es la cama. Ahora es cuando puedes coger un poco de sueño, a eso de las 15:00, pero cuando parece que te estás relajando y que el de al lado ha quitado la tele no por ti, que eres despreciable, sino porque como también está enfermo en realidad está cansado de tanta tele y quiere dormir. Lo de estar panza arriba puede llegar a ser terrible, imposible para poder conciliar el sueño, vamos que no se puede dormir así. Suena un toc-toc, y ¿Qué es? ¿Quién es? Otra visita que te dice, ¡Ay!, ¿te molesto? ¡He salido del trabajo y me he dicho: voy a verla!

-Ostrassssss!! Con lo cuál estás tan agradecida que no puedes decirle: pues iba a dormirme porque estoy destrozada. Entra y como ya ha salido del trabajo y no tiene nada que hacer se queda dos o tres horitas –sin que tu lo hayas pedido- que se juntan con más y más visitas. A las cinco viene la merienda que por un lado agradeces por lo de las galletas que aunque insípidas al final te parece un manjar absoluto y el café inquietante también es bien recibido. Coincide generalmente que las visitas no paran de hablar de sus enfermedades, de contratiempos, de familiares que se han muerto, en fin...cosas alegres y optimistas para que tú que estás destrozado te animes. Entra la enfermera como un sargento y ahí sí se le agradece cuando dice ejercitando su poderío: por favor, aligeren y márchense que no pueden estar tantas visitas al mismo tiempo. Todos la miran horrorizados por borde, claro, ¡qué borde la tía! –se dicen, nos echa, si total somos quince y los dos enfermos diecisiete. ¡No tienen humanidad! Se oye. A eso de las 20:00 horas viene la cena, esta vez sopa absurda y tortilla francesa, una naranja y pan. Te comes solo el pan y un poco de tortilla. Yo que me gusta la sopa abrasando, pues está templadita que viene a ser lo mismo que vomitiva. Y todo se sucede entre conversaciones que te marean, tu náusea perpetua y esa escucha absurda y casi provocadora de suicidio, cuando alguien te dice: nos vamos porque ya vemos que no tienes muchas ganas de hablar. Te queda el horror de volver a pasar mil horas sin comer, es decir, toda la noche, desde las ocho que tomaste la tortillita hasta las 9 o 10 de la mañana que vendrán con el desayuno...tarde muy tarde aunque hayan tenido primero que pinchar a los diabéticos, no es razón para tener a toda la peña en ayunas. Cuando a las 12 de la noche abrazabas la posibilidad de dormir por que el de al lado se ha hartado de tele, pues entra una auxiliar que a grito pelado te pregunta si quieres una infusión...Tú te imaginas que eres por lo menos uno de esos pistoleros del oeste con su pistolón en una mano y la recortada en la otra matando gente...No sabemos lo que tenemos cuando estamos bien ¡Qué felicidad es estar sano y en casa!

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.

Tu opinión importa. Deja un comentario...


Los comentarios que sumen serán aceptados, las críticas respetuosas serán aceptadas, las collejas con cariño serán aceptadas, pero los insultos o despropósitos manifiestamente falsos no serán aceptados. Muchas gracias.

Periodismo riguroso
y con valores sociales
El periodismo independiente necesita el apoyo de sus lectores y lectoras para continuar y garantizar que los contenidos incómodos que no quieren que leas, sigan estando a tu alcance. ¡Hoy con tu apoyo, seguiremos trabajando por un periodismo libre de censuras!
Slider