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El símbolo personal para afrontar la depresión del nuevo año


(Tiempo de lectura: 4 - 8 minutos)

Sospecho que estas páginas tendrán más amenidad hablando en ellas de mí mismo, de la honda depresión de mi ánimo en aquellos días de amodorrante sensatez. Sin que pudiera decir que estaba enfermo, yo me sentía desganado y triste; apenas salía de mi casa; ni una sola vez traspasé la puerta del Congreso (…)

Pérez Galdós, Cánovas, 1912, pág. 104.

Cuando enfrentamos un nuevo año y por ende, otro año más de incomprensión ante todo lo que nos rodea, la intimidación con uno mismo se torna muy complicada. Recuerdo cuando vivía en Francia las tardes de domingo –para los franceses son momentos complicados de cambios de humor y rarezas varias- conscientes todos los millones de franceses de que estaban padeciendo en ese momento horas depresivas ante la llegada del lunes, analizaba la realidad que era sin duda parte de los sentimientos convertidos en nuestras ideas. Mis sentimientos también. El domingo por la tarde nos deprimimos ¿Por qué? ¿Por lo que sucederá el lunes? Porque… ¿no hay vida en las calles? ¿No hay comercios abiertos? ¿Todo es raro? Puede ser. He visto muchas veces y de manera más general, que en los meses de enero y febrero hay un hálito depresivo, son meses terribles, la persona expresa sentimientos de desesperanza o de no tener un propósito, de sentirse atrapada o de enfrentar un dolor insoportable o de ser una carga para los demás, de no tener un duro, la idea de imposibilidad para afrontar otro año más cuando el que hemos dejado no ha sido muy halagüeño. Pero recuerdo esos momentos en que no había esperanza y puedo ver que a veces sale el sol para todos, que el trabajo nos salva…puedo encontrar ideales, defenderlos porque me da la gana, ser útil para mi misma. Ahí está la clave: ser útil para uno mismo.

Hay igualmente lo que consideramos como pistas de comportamiento (cambio radical de actitud, donación de objetos significativos, disminución del rendimiento en la escuela o en el trabajo, retraimiento, aislamiento, modificación de la alimentación, higiene, vestimenta, consumo excesivo de alcohol, drogas o medicación, riesgo excesivo). Señales emocionales (desinterés, pérdida de placer, deseo, tristeza, llanto, ansiedad, fatiga, apatía, desánimo, sentimiento de fracaso e inutilidad, falta de autoestima, inutilidad, inconsistencia, cambios bruscos de humor, agresividad, emociones contradictorias y cambiantes, etc.…). La vuelta al colegio suele ser igualmente traumática hasta que no pasan por lo menos diez días. Toda la carga personal, es decir, mis proyectos y metas, suelo aplicarlas en esta fecha del año, porque me conozco. Y en efecto, nada como conocerse a uno mismo para poder superar aquello que se nos hace bola: el comienzo de otro año cuando estoy deprimido.

La depresión, el bajón y las ideas suicidas se entremezclan muchas veces. Estos signos muestran un estado de sufrimiento y angustia en las personas, en jóvenes, en niños, en mí, en ti. Por sí mismos, no determinan un estipulado estado por ejemplo de suicida, pero sí un debilitamiento que debe tenerse en cuenta y rearmarnos para enfrentarnos a nosotros mismos porque quizás sí que podemos cambiar aquellas cosas de nuestra vida que no soportamos, añadiendo algunas que sí nos gustan. Es decir, pensar y amarse a uno mismo por la sencilla razón de que lo necesitamos.

A un nivel más clínico, es importante recordar por ejemplo, que las personas que se suicidan no tienen como objetivo principal morir, sino sobre todo acabar con su sufrimiento, que luego consideran insoportable. Entonces, el suicidio les aparece como la única forma de silenciar este sufrimiento tras días de altibajos potentes. Esa es la cuestión: querer terminar con una situación que nos supera, que nos invade y aniquila.

El suicidio es el resultado de un proceso muchas veces no espontáneo que aún puede ser observable. Es la culminación de una causa que incluye el desarrollo de pensamientos suicidas así como la fijación en estas ideas hasta el desarrollo de un plan específico. Todo el mundo puede enfrentarse tarde o temprano en su vida a uno o más eventos difíciles y traumáticos (muerte de un ser querido, accidente, pérdida del trabajo, enfermedad, desastre natural, etc.) que será necesario adaptarse. En la búsqueda de una solución, la idea del suicidio puede cruzarse por la mente de una persona sin hacer que formule un plan y actúe. Sólo está ahí.

La mayoría de los suicidios son el resultado de una estrategia cuidadosamente elaborada para lidiar con muchos problemas personales que se perciben como no resueltos; a menudo hay muchos días o semanas entre la primera idea del suicidio y el acto; aunque puede desarrollarse más rápidamente en jóvenes y personas de naturaleza impulsiva.

Siempre he pensado con gran acrimonia latente, como con una especie de rabia, que la vida está ahí, que en el fondo es lo único que tenemos, que debemos procurar que las vidas de los demás se defiendan, sean plenas, armónicas: ¡que hay que vivir!. Cuando te diagnostican que te queda poco tiempo de vida ¿qué hacemos? Pues eso mismo pienso yo, cuando recibo de vez en cuando a un paciente que tiene un gran problema que le supera. ¿Hay esperanza? Claro que la hay. A veces lo que no hay es lucha, rebelión, voluntad. Sufro muchísimo cuando vislumbro el trabajo que alguien tiene que hacer para salir, para salvarse y que sin embargo, no lo hace, quizás no puede, no está entrenado y permite anclarse en ello sin pensar que es mejor mirar hacia delante, y no recrearnos en el final que tenemos atrás y que se asoma constantemente. Esta vida es para que hagamos lo mejor que podemos con ella, sino con nosotros, entonces con los demás. Así nos alejaremos de nuestro yo que se impone tapándonos los ojos con las dos manos. La libertad es progresar también empujando otras causas si la tuya no la puedes soportar.

La mayoría de las personas, de alguna manera u otra hemos pensado alguna vez terminar con ese sufrimiento que nos ha causado lo que sea, una causa alpha, pero con ello, concluimos que al fin, no es resolutivo. Lo mejor, lo positivo es poder tener instrumentos, herramientas propias para enfrentar la situación que tengamos y que nos supera. Analizar los sucesos desde la infancia, hablarlos es la mejor terapia, junto con la observación y la lectura. Salir a caminar un rato…Es un aprendizaje importante basado en la comunicación de todo. ¡Hay que hablar chavales! En ocasiones es una cuestión biológica, no podemos dominar el dolor físico que también deprime, por ejemplo, otras veces nos afectan los actos de los demás, muchas más son nuestras propias decisiones o el impedimento de no querer dejar atrás cosas que no funcionan. Creo que es un privilegio de esta vida, poder vivir con lo que tenemos, asumir nuestros conflictos, a veces superarlos, contarlos, relatarlos, darles forma creativa, tener más corazón para comprender a los demás, ser socialmente más útiles…tantas cosas que tenemos gracias a que hemos vivido, que vivimos, que puede ser sinónimo de hemos sufrido o que estamos sufriendo, pero vivos.

Hace años cuando escribía mi tesis doctoral y criaba hijos en Lanzarote me dijo Francisco Rico: “trabaje, trabaje que el trabajo la salvará”. Aunque nos insultemos este genial académico y yo, también nos queremos, siempre nos hablamos de usted y me alegró ese comentario de una de las mentes más sabias de este país y de la Rae, claro. Yo pensé: pero este desgraciao ¿porqué me dice eso? Yo trabajaba –investigaba- como casi siempre sin cobrar, pero el truco no estaba en cobrar o no, obtener los peculios. Un investigador elabora su tesis doctoral en al menos seis años donde casi siempre tienes que poner de tu bolsillo, pero simplemente te apasiona y sigues con independencia de que en este país ser Doctor se la trae al pairo a toda la peña. El truco –Rico me lo estaba diciendo claramente- estaba en que yo aprovechando mi talento, la soledad que nos hace grandes y el tesón disciplinario que me caracteriza, escribí una supertesis sobre manuscritos de más de mil quinientas páginas, que sigue vigente hoy porque sigo publicando textos y textos de aquel trabajo. Lo realicé en tan solo tres años y fui a defenderla a la Autónoma de Madrid con al menos tres libros publicados y algún que otro artículo, cosa insólita en general. Por fin, alguien entendió como yo, que la acción y la voluntad son dos motores internos que debemos desarrollar como un ideal de vida porque, en efecto, nos salvan, aprendemos, nos hace gigantes. El resultado siempre está ahí, con independencia de lo que piensen los demás, los demás no juegan nuestro partido con la vida, no son nada, cuando un individuo impone la voluntad sobre él mismo.

Por ello, creo que cuando buscamos hacer lo que nos gusta, cuando nos amamos a nosotros mismos, cuando nos mostramos de dentro lo que tenemos para aceptarlo, tal vez analizarlo con una psicóloga amiga que guardará su secreto, o con uno mismo en su soledad, nos involucramos como voluntarios en la sociedad, aprendemos a hacer algo por otras causas que no sean la nuestra propia, aprendemos a escuchar, miramos a nuestro alrededor y aceptamos algunos envites de la vida…nos alejamos del buitre hasta vencerlo. El buitre se olvida de nosotros y se va. Por ello, morir no es la solución a priori. Adonde sea que vayamos, iremos con ese mismo problema que hemos querido liquidar aunque no queríamos morir, solo alejarnos de ello. Con todo, la muerte no es el fin, no tendría sentido.

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.

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