Jefes políticos, corregidores y alcaldes pedáneos
- Escrito por Rosa Amor del Olmo
- Publicado en Opinión
La Sociedad, en cuanto se creyó fuerte, no quiso limitarse a la defensa ideológica de los derechos políticos. Los principales fines de la oligarquía dominante eran ganar las elecciones, repartir a su gusto los impuestos cargando la mano en los enemigos, aplicar la justicia conforme al interés de los encumbrados, subastar la Renta (que así llamaban entonces a los Consumos) en la forma más conveniente a los ricos, y establecer el reglamento del embudo para que fuese castigado el matute pobre, y aliviado de toda pena el de los pudientes. Con tales maniobras, no sólo era reducido el pueblo a la triste condición de monigote político, sin ninguna influencia en las cosas del procomún, sino que se le perseguía y atacaba en el terreno de la vida material, en el santo comer y alimentarse, dicho sea con toda crudeza. Pérez Galdós, La vuelta al mundo de la Numancia, pág. 20.
En filosofía, nada más vasto que la política. Ya, porque en filosofía no se habla sólo de “la” política que concierne al mismo tiempo al funcionamiento concreto de las instituciones y la dirección que se da al gobierno de los ciudadanos, también se habla, y a veces con esnobismo, de la política, definida sobria pero ambiciosamente como “el hecho político” o “lo político”. En otras palabras, distinguimos lo que entra en acción (régimen, elecciones, partido, gobierno, etc.) y lo que se relaciona con la política.
A este respecto, Aristóteles, escribió sobre este vínculo natural entre los hombres: el hombre es un animal político, nos dice. Bien se puede discutir esta tesis, reformularla y preguntarse si, por naturaleza, el ser humano es un ser político o no, ligado o no al otro, la historia de la filosofía política es en parte el testimonio de esta discusión.
Pero lo que siempre me ha llamado la atención con esta tesis, y más aún, cuando veo el desinterés actual por las elecciones, los partidos o los parlamentos, es menos su vigencia que su concreta extensión en política.
¿Cómo es la política, es decir esa natural propensión humana a convivir con el prójimo, no siempre seguida del interés por la política, en lo que organiza esta vida con el prójimo? ¿Por qué "la" política no siempre encaja bien con "la" política en nuestras mentes? Ya sean ciudadanos o jefes de Estado, ¿por qué esta naturaleza política no está más presente? ¿No habría existido nunca, la política sería sólo una cuestión de intelectuales y conceptos, o no encontraría en la política algo para florecer?
Esa miserable farsa de nuestros partidos con todo su cortejo de misérrimas mezquindades, de esta vil politiquería parece, por desgracia, llevarse a lo mejor de los nuestros. La política absorbe las energías de los hombres de algún talento que se creen ambiciosos, porque tienen la máxima ambición que es la de tener gloria duradera. Una falacia descomunal.
En cuanto aparece en una tranquila ciudad de provincias un joven más o menos talentudo, con ingenio e incluso con cierta elocuencia, todos sus vecinos le señalan para ministro o líder de partido. El pobrecillo rara vez consigue dar beneplácito a las tentadoras voces que truenan a su alrededor. Rápidamente deja de estudiar y de formarse en espíritu humanista para meterse a la política, -esto se ve mucho por Madrid- pero también en otras cocinas, claro. La cosa es que una vez llegado a político es uno más, tan huero, tan ramplón, tan ignorante y tan desaprensivo como suelen serlo por lo general los políticos.
La cuestión es que si llega a algo, sus convecinos le admiran y le aplauden, sobre todo si reparte entre ellos credenciales. Aunque a la vuelta de veinte años en rigor, después de su muerte, nadie se acuerde de él o ella, incluso nadie se acuerda ni de las trafullas.
Esta suerte de políticos no suelen dejar nada cuando mueren, ni les importa gran cosa. Tampoco se lo pide el público que les aclama, porque le aclaman como lo harían a un actor o algo así. Sólo quiere de ellos que le entretengan y entreteniéndole le explotan y perjudican al país. Los políticos por lo general atribuyen a envidia o a rencores o a venganzas todo tipo de censuras. Pero en este territorio, se considera un triunfo parlamentario como la consagración de un talento. ¡Ahí te querría ver yo, parece que dicen las huestes! Pero es que estos primeros espadas de la política hispano-mundial, grandes oradores, son tan inferiores en cultura, en inteligencia y en arte comparado con nuestros grandes artistas y literatos, hombres de ciencia que eso, da vergüenza.
Intento elegir uno de esos discursos de nuestras gachís de Madrid por ejemplo, y ¿qué sucede al leerlo? Es imposible, son una serie de resobadas frases más difusas y más saháricas del mundo. ¡panorama lamentable!
El deber de los intelectuales y de los editores estriba ahora, más que en el empeño de modelar al pueblo bajo este u otro plan, casi siempre jacobino, en estudiarle por dentro, tratando de descubrir y describir las raíces de su espíritu. Algo a todas luces imposible para uno de estos políticos.
Un régimen verdaderamente descentralizador acabaría con las elecciones por encasillamiento gubernativo y, por ende, con el régimen de los actuales partidos. Es este desgraciado sistema en que no puede gobernar ministerio que no cuente con mayoría absoluta en el parlamento…es una de la causas de las mas de nuestras desgracias, madrileñas y de otros, claro.
El primer deber hoy en España de las clases que lo dirigen es más que enseñarle al pueblo física, química y a hablar en anglosajón, estudiarle con amor y a fondo, sacarle su inconsciente ideal de vida, el espíritu que lleva en su paso por la tierra, comprender sus diferencias llamémoslas “regionales” para consagrarlas e integrarlas estudiando seriamente y con honradez el porvenir del capital y del trabajo. Aquí en Madrid ya lo he dicho otras veces, falta un trabajo de intensa cultura crítica, una labor que temple y neutralice en cierta medida la disposición dogmática de este pueblo tradicionalista. A un pueblo enérgico y lleno de ideales como pensé que era el mío, el mayor beneficio que le trae a los políticos es imponerles frente a sus buenas tradiciones, otras y obligarles a creerlas.
¿Son los ciudadanos tan indiferentes, tan apáticos, cuando se trata de la vida en comunidad, la vida con los demás? ¿De dónde viene esta idea paradójica de que un ciudadano es esencialmente un ser político pero no le interesa la política? Cuando vemos las iniciativas individuales durante el encierro, la solidaridad durante esta crisis, los artículos de denuncia, los movimientos de huelga y hoy, los levantamientos ante la violencia policial o la castración ideológicocultural, me cuesta entender esta idea. Espero que este año vuelvan iniciativas más efectivas y certeras.
Rosa Amor del Olmo
Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.
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