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La mascarilla que nubla nuestros ojos


(Tiempo de lectura: 3 - 6 minutos)

"Con la generalización de la vacunación y con la nueva variante Ómicron urge un cambio de estrategia y de comunicación pública en la fase final de la pandemia".

Es cierto que no debemos cerrar los ojos a la nueva ola de la pandemia pero tampoco a sus características peculiares que la sitúan en un momento de transición, de la epidemia estacional hacia la endemia, como tampoco volver atrás a las mismas restricciones generalizadas que adoptamos cuando todavía no estábamos tan masivamente vacunados y no había aparecido la nueva variante Ómicron, mucho más transmisible pero con casos menos graves y asintomáticos.

Unos nos aseguran que ya estamos de hecho en una endemia y que no tiene sentido ninguna medida, otros que hay que volver atrás a las restricciones más duras y en medio los ciudadanos cansados y frustrados en las expectativas de salida de la pandemia con la vacunación, mientras los gobiernos europeos y las distintas administraciones españolas responden con medidas a medio camino, aparentemente contradictorias, a pesar de de que éstas puedan aumentar la confusión y no contentar a nadie, como ha ocurrido en la Conferencia de Presidentes. El tiempo de los maniqueos en pandemia continúa, cuando aumenta la incertidumbre y la frustración al final de la pandemia. Ni el confinamiento inicial, ni el cierre perimetral o el toque de queda intermedios, pero tampoco la mascarilla en exteriores tienen ningún sentido en esta confusa fase final de la pandemia.

Como tampoco la incidencia desbocada en esta la nueva ola puede ser el indicador adecuado para la comunicación ni para la adopción de las medidas de salud pública, si queremos mantener a un tiempo la esperanza, la confianza y la responsabilidad de los ciudadanos. Es cierto que nunca ha sido la única, sino en combinación con otros datos como la positividad y la ocupación de los dispositivos sanitarios, pero con la generalización de la vacunación y con la nueva variante urge un cambio de estrategia y de comunicación pública de la pandemia, y no solo en cuestiones concretas como los tiempos de aislamiento de los positivos y en las cuarentenas de los contactos ya vacunados, sino en el conjunto de la estrategia de control y de mitigación de la pandemia.

En cuanto al marco legal, ya no había antes ni hay ahora ley de pandemias que valga. Nuestras leyes de pandemias eran el estado de alarma y las leyes de salud pública, similares a las de nuestro entorno europeo, hasta que las sentencias del Tribunal constitucional han llegado para trastocar todo: así, si se fuera al confinamiento domiciliario, después de la primera sentencia del Tribunal Constitucional, la única ley que lo avala es el estado de excepción, algo hoy por hoy impensable por disparatado. Para los toques de queda o los cierres perimetrales generalizados, de ámbito provincial o de Comunidad Autónoma, sería repetir el estado de alarma, una medida también totalmente desproporcionada, incluso con las restricciones de la tercera sentencia del tribunal de garantías.

En cuanto al semáforo, éste requeriría de las actuaciones coordinadas de la ley de cohesión y reabriría el debate recurrente sobre su carácter ejecutivo o meramente orientativo y de las mayorías requeridas para acordarlo, pero sobre todo nos retrotrae a momentos ya pasados de la pandemia. Se echa de menos el ámbito compartido de la agencia de salud pública preciso y no desarrollado en la ley general de 2011. Es por eso que las conclusiones de la última Conferencia de Presidentes se han concretado de nuevo a través de un decreto ley, que deberá ser convalidado (en su caso) por el Congreso de los Diputados.

En cuanto a las medidas aprobadas, sigo creyendo que la relativa a la mascarilla obligatoria en exteriores tiene más inconvenientes que ventajas, ya que como en el caso de las vacunas se siguen utilizando por la inmensa mayoría de los españoles con responsabilidad e incluso con exceso de celo, y sobre todo porque es un nuevo error de comunicación que provoca la frustración de las expectativas creadas con el éxito de la vacunación y desvía la atención de medidas, estás sí necesarias y algunas más efectivas, como es la aceleración de la tercera dosis en los grupos vulnerables, la mascarilla, la separación física y la ventilación en interiores, como también de la carencia del fondo covid para el mantenimiento del refuerzo presupuestario de la sanidad pública, y especialmente de las medidas de salud pública y de atención primaria, de nuevo con el último recurso a profesionales jubilados y extranjeros, junto con los miembros del ejército en las labores de rastreo. En definitiva, la mascarilla en exteriores es un mal sucedáneo de las restricciones de aglomeraciones, cierres de locales y limitación aforos en interiores, que por otra parte nadie ha querido generalizar mediante las denominadas actuaciones coordinadas en las fiestas previstas para estas fechas, y esa es la razón por la que se ha venido bloqueando durante las últimas semanas el nuevo semáforo propuesto por la ponencia de alertas y emergencias sanitarias en la Comisión de Salud Pública y en el Consejo Interterritorial del SNS.

El objetivo debería ser incrementar el ritmo actual de vacunaciones y sobre todo evitar el colapso de la atención primaria, sumado en su caso a la reducción de aforos en interiores por parte de las CCAA en situación de descontrol de la transmisión, pero sobre todo ante la presión y posible colapso de la atención sanitaria como consecuencia de la covid grave y de las listas de espera del resto de las patologías severas. La confusión actual no es sólo cosa de una supuesta equidistancia de los decisores políticos entre la salud y la economía, sino del avance de la vacunación, de la nueva variante y como consecuencia del tramo final de la pandemia, como también de la percepción y la voluntad de salida de los ciudadanos expresada en las encuestas y con su voto. No seamos hipócritas.

Las elecciones de Mayo en la Comunidad de Madrid constituyeron un mensaje de una parte de la ciudadanía para dejar atrás las restricciones y avanzar hacia la normalidad social al final de la pandemia, más tarde y sobre todo con el éxito de la vacunación generalizada, la gestión política de la pandemia ha entrado en otra fase y no solo en España. Todos lo sabemos.

El problema es que la flexibilización y la resistencia a nuevas restricciones desde entonces no se ha formulado como parte de una nueva estrategia y tampoco se ha explicado a los ciudadanos. Desde entonces, venimos dando tumbos a merced de la última ola, atrapados entre los que dicen que siempre llegamos tarde y los que nos reprochan que prolongamos artificialmente la situación de emergencia, entre los que dicen que escurrimos el bulto y los que nos acusan de estar obsesionados por el control social.

Por otra parte, en algún momento habrá que entrar de nuevo en contacto con los virus, aunque solo sea por nuestra propia inmunidad sino por salud mental. No podemos estar en una burbuja permanente.

Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.

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