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La violencia política: crónicas de la realidad I


(Tiempo de lectura: 5 - 10 minutos)

Para el que no tiene nada, la política es una tentación comprensible, porque es una manera de vivir con bastante facilidad.

Miguel Delibes

Como hemos visto en otros artículos, la estructura económica sigue dividiendo a la sociedad en dos partes: la burguesía y el proletariado. Dos grupos se enfrentan, uno domina los medios de producción y el otro no, que no puede dejar de oponerse profundamente. Esta oposición es el motor del progreso ya que el conflicto entre la tesis y la antítesis conduce a la síntesis, que marca un paso en la dirección de la meta política, el advenimiento de una democracia consumada. Esto no es verdad. Ya no hay oposición que valga.

La fuerza que anima la dialéctica de la historia y pone al mundo en movimiento no es, por tanto, el conflicto de naciones (como creía Hegel), sino el conflicto de clases. Por supuesto, Marx no descubrió la lucha de clases, pero fue el primero en convertirla en el principal motor de la historia. La lucha de clases –algo demodé- se considera así capaz de explicar hechos frente a los cuales la historia tradicional calla. La lucha de clases conduce inevitablemente a la transformación perpetua de la sociedad. La antigüedad estuvo dominada por la relación amo / esclavo, la Edad Media por la relación señor / siervo y la modernidad por la relación capitalista / empleado. ¿Y ahora en qué punto estamos?

El político, a quien puede faltarle y de hecho le falta, el sentimiento y el sentido de la ciudadanía, lo capital es hacer elecciones: la política no es para él, sino el arte de ganar elecciones y beneficios. Ningún ciudadano debería abstenerse de tomar parte en la cosa política; que todos tenemos el deber de pronunciarnos en uno o en otro sentido ante los problemas políticos. No debemos olvidar que la neutralidad política es un gravísimo pecado civil y contra la civilidad y contra la civilización; pero eso no quiere decir, ni mucho menos, que hayamos de matricularnos en uno de los partidos organizados con programa jefe mandatario, más con jefe que con programa. El que tenga oídos que oiga.

Esta situación parece estar sin duda muy clara para unos –los políticos- frente a otros –el pueblo- de una nación que no se entera o que prefiere mirar hacia otro lado. Para comprender esta cuestión de choque de intereses de las clases sociales, debemos partir del trabajo y su papel en el desarrollo de la especie humana. Alienados, estamos ciegos a esta verdad fundamental: los humanos solo estamos vivos gracias al trabajo humano, cada vez más múltiple y complementario. Esto nos diferencia fundamentalmente de los animales y plantas que sobreviven gracias a sus habilidades biológicas. Pero, nuestras propias habilidades biológicas están tan degradadas que no podemos ser otra cosa que bocadillos para los depredadores (y por tanto desaparecer) si no contamos con los productos y servicios de nuestro trabajo colectivo. Los políticos ya se encargan de dividir y de sembrar cizaña para que no salga un grupo universal en ideas que pueda provocar una rebelión. ¡Aquí no se rebela nadie, señores! Parece que nos dicen nuestros dirigentes, porque eso es lo que hacen, dirigir sus intereses o su incapacidad siguiendo algún consejo asesor oscuro, dominante y traicionero.

Es la Clase de los Depredadores Humanos del modo de Producción de la época (hoy los grandes Capitalistas) la que constantemente lleva a cabo y lleva a cabo una lucha de clases contra la Clase de Trabajadores de toda índole a la que emplean y explotan, directamente (empleados ) o indirectamente (franquicias y subcontratación). ¡Silencio, que no se mueva nadie!

La clase obrera ya unida de nuevo con el campo, no tiene más remedio que “estrellarse” (por lo tanto, caer en una miseria cada vez más agravada) u oponerse (luchando también pero al contrario) a la clase obrera, sus explotadores. Pero con el agravante de la alienación y del engaño. A muchos les hacen creer que les están salvando la vida. Reflexiónese sobre el caso de los restauradores en Madrid.

La pregunta de por qué esta barbarie de la explotación - durante unos 7000 años en la Tierra - sigue siendo un enigma histórico; se puede suponer por el estado de ánimo de los cazadores-recolectores de la Prehistoria que consideraban cualquier entorno como explotado-cazado, y no consideraban a los demás grupos humanos como “hombres” como ellos mismos. Sufrimos la violencia de unos políticos y no es barbarie lo que le lleva al pueblo a cobrar cariño a ciertos bandoleros, es que sienten alguna generosidad bajo los crímenes que ellos cometen: desahucios masivos, empleo de nuestros peculios para armas, apoyo incondicional a regímenes de explotación, malversación de fondos…todo parece asumido.

¡Qué canallas son las gentes honradas!, -exclama un personaje de una novela de Zola- o ¡Qué malo es ser bueno!, -decía Pío Coronado en El abuelo de Galdós. Claro. En una forma o en otra estalla a menudo en el pueblo el sentimiento que dicta tales frases. Y junto a eso rinden culto el bandido generoso, el buen malhechor que, después de una vida de delitos y fechorías, muere confesándose culpable y es canonizado por Jesús mismo, no por ésta o aquella Iglesia.

Postular que el conflicto es un elemento constitutivo de cualquier sociedad no es una audacia excesivamente intelectual. Después de todo, ¿cómo funcionaría la máquina social sin una "diferencia de potencial", sin un desequilibrio interno que produzca movimiento y orden? ¿Y cómo podría pensarse la existencia individual y colectiva de los hombres sin la categoría de "guerra"?

Pero que este conflicto se defina enteramente como "lucha de clases" y que esta afirmación, que va mucho más allá de la observación empírica de que, en las sociedades industriales, existen entidades socioeconómicas (clases) a las que se opone la conciencia de sus intereses particulares, se convierte en un principio. Este principio es inteligible a la totalidad del campo social, y eso es lo que nos coloca en un registro completamente diferente. La creencia antigua de que la lucha de clases es el centro donde se generan las características de una sociedad, las leyes de su futuro histórico y los sistemas simbólicos que organizan la práctica de los agentes sociales, exige cuestionar no el grado de relevancia científica (allí encontramos, de hecho, más allá de toda verificación posible) sino del tipo de proyecto político que allí se legitimaba. No hay lucha de clases, hay intereses incluso en el propio partido, por ejemplo, socialista.

La historia se transforma en un teatro de sombras donde siempre se representa la misma obra: por un lado el proletariado, por otro la burguesía; ante ellos, y en papeles análogos, el esclavo y su amo, luego el siervo y su señor. El vestuario cambia, el enfrentamiento permanece, siempre reiniciado y siempre idéntico en un duelo. Hasta el momento en que se anuncia el acto final, que ve el triunfo de la clase como portadora del bien; la reconciliación consigo misma de la humanidad desgarrada hasta entonces; el advenimiento del "reinado de la libertad" donde los hombres acceden a la transparencia de su ser y al dominio de su historia. No. Ahora el pueblo está dormido y alienado por el capitalismo y esto lo sabemos todos. Cualquiera es susceptible de ser comprado no por su ideología, sino por el dinero.

Sin lugar a dudas, el proyecto socialista y su disfrazada concepción de defensa del desfavorecido o de un trampantojo de lucha de clases depende por completo de un proyecto político que busca una filosofía donde poder legitimarse, pero no lo consigue. Este juego no es ni mucho menos, el de la lucha ni las clases, sino la existencia, en este juego de contrarios, de un sujeto histórico decretado como sujeto particular: el proletariado; quien ve misteriosamente coincidir en su ser su clase particular y su interés universal, ya que sólo a él se le asigna un papel mesiánico y el advenimiento de tiempos radiantes. Por encima de él sigue una burguesía, integrada igualmente por la clase política que tampoco demuestra en ningún momento ser mejor que los de siempre.

Sin embargo, lo que nos muestra la observación de esta nuestra sociedad es que, nunca y en ningún lugar, encontramos un espacio social que podamos reducir así al antagonismo de dos clases. A lo que se suma la dificultad que implicaría la confusión en la misma categoría -la de "clase social" - de realidades tan distintas como las que detectábamos en sociedades antiguas, sociedades feudales o sociedades industriales democráticas (la única, quizá , donde el criterio socioeconómico tiene cierta validez).

Frente a todo aquello que, en la realidad contemporánea, contradice su simplificación, los más liberales quizás hijo del marxismo no han dejado de objetar que en su análisis se trata de resaltar una tendencia asintótica de la sociedad capitalista, en la que las clases distintas a la burguesía y al proletariado están históricamente condenadas. Nadie toma conciencia de ello porque se prefiere vivir de la mentira que cada día aparece por los medios de comunicación, y con eso nos vale. Pero la historia se opone cruelmente a su negación a tal perspectiva y quisiera que esto cambiara. Lejos de haber un proceso de homogeneización y reducción a dos de clases sociales, asistimos a una multiplicación y complejización de categorías sociales. Y hablar del proletariado como una clase que se expande, unifica y desarrolla constantemente su autoconciencia sólo puede ser una ilusión política.

Si uno definiera el imperialismo lo más brevemente posible, tendría que decir que es la etapa de monopolio del capitalismo actual. Esta definición abarcaría lo esencial, porque, por un lado, el capital financiero es el resultado de la fusión del capital de unos pocos grandes bancos monopolistas con el capital de grupos monopolistas de industriales; y, por otro lado, la división del mundo es la transición de la política colonial, extendiéndose sin obstáculos a las regiones de las que ninguna potencia capitalista se ha apropiado todavía, a la política colonial de posesión monopolizada de territorios de un globo plenamente compartido. La aniquilación del individuo ya se ha superado pero los políticos quieren además terminar con esa sociedad callada, sumisa que solo le da el voto y la razón. ¿Alguien entiende que sucede con los suministros eléctricos? Claro que no y ¿la manipulación del trabajo? ¿Y los desayunos de los pobres? Menos todavía. ¿A qué esperamos entonces? Al opio de pueblo, a que nos sigan dando opio para que nos callemos de una vez y para siempre.

Los que están bien acomodados –que son muchos más de lo que parece-, ricos propietarios y comerciantes chillan hoy contra eso de que sea el espíritu del dominio político que nos dice la propia política, pero es porque como no buscan sino la satisfacción de sus negocios y lucros –que también les ha ido muy bien- quieren que se les deje conspirar contra ella para obligarla a que sirva sus intereses más todavía. Y los políticos van y lo hacen. Pero el día que protesten todos –el campo, artesanos, artistas que no son de telecinco, teletrabajadores explotados- contra una patria forjada por clérigos mandatarios de universidades, ricos y otros lucrados que son muchos. Cuando sea que los que ya comenzamos a ser apátridas comencemos la crisis de ese montaje, entonces esos ricos propietarios, banqueros, jueces, industriales, comerciantes comprados y otros más movidos por hilos superiores, es decir por los fantasmas que mandan, nos pedirán que sigamos luchando para imponer la patria que ellos han querido forjar en división, pero que no gozarán más, porque se impondrá la otra patria, la de los que la sufren incondicionalmente y soportan sobre sus lomos la manipulación de una clase política que se empeña en hacernos invisibles pero que sin duda, caerán.

 

Doctora en filosofía y letras, Máster en Profesorado secundaria, Máster ELE, Doctorando en Ciencias de la Religión, Grado en Psicología, Máster en Neurociencia. Es autora de numerosos artículos para diferentes medios con más de cincuenta publicaciones sobre Galdós y trece poemarios. Es profesora en varias universidades y participa en cursos, debates y conferencias.

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