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Para que no me olvides


  • Escrito por Mikel Navarro
  • Publicado en Opinión

Amada Cecile,

Concluida la guerra sigo aferrado a ti, a tu recuerdo, a tu sonrisa y a nuestro amor. Continúo anclado en tu conquista siendo desterrado de mi destino, sin tierra, sin honor, muriendo sin tu cabello normando de oleaje indómito. Desde que quedé ciego por la metralla de mi infortunio, ni siquiera mis manos son capaces de escribir sin un dictado ajeno y mi corazón ya no late sin la tinta de tu recuerdo. Esquivo de mi sombra por la ausencia de tu luz, me he convertido en un amante intenso de alcobas vacías y de retratos a fuego en la noche perpetua de mi visión. Me dirijo al ocaso de la vida acompañado de delgadas siluetas en blanco y negro que tan solo tu tacto puede colorear. Fui héroe fuera del campo de batalla, en la victoria de tus labios, en el fuego cruzado de tus besos; en la inmortalidad de tus piernas de lirios y azahar. Herido de muerte en el silbar de aquella tormenta que empapó nuestro miedo, te protegí para siempre entre mis brazos bajo las ruinas de tu natal Carentan.

Siento tu perfume en cada caricia imaginada, en cada lágrima que baña mi rostro, en cada gota de sangre que sigo derramando por ti. El perfume de tu mirada es el mismo que el amanecer de tu presencia y aunque aquellas balas enemigas apagaran para siempre mis ojos, simplemente lo que hicieron fue borrar de mí todo lo insignificante. Es tu cuerpo el paisaje que habitan mis ojos velados, es en mi alma en donde se encuentra el iris de nuestro amor. No hay espejo que refleje ya una visión propia, pues sin ti ya no soy nadie, ya no soy más que un enfermo de tu ausencia, no soy más que un soldado derrotado.

Jamás volví a rezar, no pude despertar tu belleza inerte bajo aquellos ladrillos, bajo el derrumbe de tu tejado. El estallido de mil bombas y el zumbido de ese preludio de muerte rompieron mis tímpanos y destrozaron mi corazón para siempre, quedando sordo y ciego de amor.

Cada noche recito esta carta desde que te perdí, es mi plegaria, es mi esperanza, jamás volví a rezar. Jamás volvió la mañana, ni el camino que me llevó a tu eterna primavera, a tus palabras entusiastas, a tus planes de vida futura, a nuestra boda soñada en Nueva York. Sobreviví a la guerra y sigo muriendo en tiempos de paz. No fue la batalla, ni mi valentía o cobardía, fue el amor. Me apago en soledad, con pena y dolor en el corazón.

Recuerdo caminar juntos de la mano por Rue Holgate, calle arriba acelerábamos el paso entre risas cuando nos esperaba el café de las doce, tu mediodía en mi rostro y el saludo de un espontáneo rayo de sol. Sentados en el café de Normandie sorbíamos nuestras miradas que ya nadie recuerda. A nuestro alrededor jóvenes paseaban su olvido en bicicleta, las señoras caminaban erguidas su rutina y un soldado de mirada triste ojeaba las últimas páginas del periódico. Mientras, rebotaba una pelota que tímidamente llegaba a sus pies, tras ella, un niño de pantalón corto corría inocente y despeinado.

Vuelve el sueño recurrente. Otro sorbo al café de la vida que ya no volvió a humear, ya no había taza, ni soldado, ya no había pelota, ni niño, ni bicicletas… Te alejabas en la distancia con la mano de espiga y adiós.

Ese dolor era la peor herida abierta y mi angustia la que cada día me hacía despertar con dicha pesadilla.

Cecile, Cecile… ¡dios mío te estoy viendo Cecile! Vuelvo a ver, vuelvo a ser joven. Vuelven los niños a jugar, ya no hay guerras ni soldados, solo una vida por compartir y una eternidad para amarnos, por fin. Ha valido la pena esperarte toda una vida Cecile, percibo tu fragancia a lirios y azahar, hubiera esperado mil vidas para este reencuentro.

Hola mi amor, mi Cecile… mi todo.

(Carta al dictado. Últimas palabras de Paul Leonard Miller, fallecido por coronavirus a los 96 años en el Hospital New York Center. Nueva York, 3 de abril de 2020).

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