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Lucha de egos en la derecha


Que en un partido político de amplio espectro electoral, como son el PSOE y el PP, existan discrepancias entre sus líderes debería aceptarse como algo normal e incluso deseable. Un viejo adagio sufí dice que “la verdad es un espejo roto en mil pedazos”, por lo que debemos suponer que cada dirigente discrepante aporta su pequeño pedazo a la verdad colectiva. Pero, lo que está sucediendo estas semanas en el PP dista mucho de deberse a discrepancias ideológicas o a la búsqueda de la verdad: se trata de una lucha descarnada por el poder, de una lucha de egos.

El resumen de la situación es conocido: Isabel Díaz Ayuso quiere hacerse con el control del PP en Madrid y la dirección nacional del PP —con Pablo Casado al frente— quiere lo contrario. Por un lado, el recuerdo de Esperanza Aguirre —la única de los dirigentes madrileños que reunió los dos cargos, el de Presidenta de la Comunidad y del partido— no es demasiado bueno: enfrentamientos con Rajoy, abundante corrupción que todavía es objeto de numerosos juicios, etc. Por otro, no se fían de ella: Ayuso ha dado demasiadas muestras de querer promocionar su imagen personal, muchas veces a costa de eclipsar las iniciativas de Casado.

Su insistencia en elegir como antagonista político a Pedro Sánchez, su consiguiente desprecio a la oposición en la Asamblea de Madrid —que debería ser el referente para su actuación política—, sus declaraciones provocativas en EE.UU., eclipsando la Convención del PP en Valencia y otras actuaciones del mismo tenor han despertado el temor de Casado, que contempla receloso su ascenso imparable y que tal vez ve tambalearse su silla.

Para terminar de complicar la situación, tanto Aguirre como Alvarez de Toledo —otros dos “versos sueltos” del PP— se han posicionado a favor de Ayuso y en contra de la dirección nacional. En el caso de Álvarez de Toledo, arremete en su reciente libro en términos muy personales contra Casado y su Secretario de Organización, García Egea, proporcionando “desde dentro” una imagen del funcionamiento del PP muy poco favorecedora.

¿Cuál puede ser el interés de estas batallas para el ciudadano de a pie? ¿Se ventila en ellas una orientación política de uno u otro signo para el Partido Popular? La realidad es que no. Para empezar, no debe olvidarse que tanto Alvarez de Toledo como Ayuso fueron aupadas a sus respectivos puestos —portavoz del grupo parlamentario la primera, candidata a la Comunidad de Madrid la segunda— por el dedo de Casado. La realidad es que todos ellos —Casado, Ayuso, Álvarez de Toledo, Aguirre y García Egea— representan lo mismo: la derecha más extrema dentro del PP. Veámoslo en detalle.

Todos los mencionados participan de lo que llaman la “batalla cultural” contra la izquierda y arremeten siempre que pueden contra las banderas que ha ido levantando la izquierda en los últimos años: el feminismo, el derecho al aborto, la lucha contra la violencia de género, la protección de los colectivos LGTBI, la batalla contra el cambio climático, la eutanasia, etc.

Bajo Casado, el PP se ha puesto de perfil numerosas veces en Estrasburgo en votaciones sobre los derechos de las mujeres y del colectivo LGTBI, se han separado del Grupo Popular Europeo y se han alineado con la extrema derecha. Por ejemplo, recientemente el Parlamento Europeo pidió que un matrimonio igualitario fuera reconocido automáticamente en Polonia, o que dos mujeres madres fueran reconocidas como tales en Hungría. Los populares españoles se abstuvieron. Dos días después, el PP de Casado se abstuvo en una votación que pidió, por amplísima mayoría, que la violencia de género fuera considerada delito en toda la Unión Europea.

En el parlamento español, el PP de Casado ha votado en contra de la ley que posibilita legalmente la eutanasia, contra la ley de libertad sexual, contra las de no discriminación y de reducción de la brecha de género, contra la de desprotección de la infancia en situaciones de violencia de género y se ha abstenido en la Ley de cambio climático. En la Asamblea de Madrid, Ayuso, por su parte, ha hablado en el mismo sentido contra esas leyes. Por otro lado, Álvarez de Toledo se define como “feminista amazónica” y no se reconoce parte de ningún colectivo de mujeres. Casado y Ayuso se autodefinen como “feministas liberales”. Prefieren cualquier etiqueta a la de feministas sin más.

Cuando cinco mujeres progresistas se han reunido en Valencia para poner en marcha una alternativa de izquierdas que reemplace a Podemos, Casado ha calificado el encuentro de “aquelarre” —o sea, reunión de brujas—, el mismo calificativo que dedicó un miembro de Vox a una diputada socialista que defendía en el Congreso una iniciativa para penalizar el acoso a las mujeres en las clínicas abortivas.

Con respecto al aborto, Casado ha prometido que, si llegase el gobierno, cambiaría la actual ley por otra mucho más restrictiva. Por su parte, Ayuso ha presionado para que no se practiquen abortos en los hospitales públicos madrileños y para que la mayor parte de sus médicos se declaren objetores de conciencia. Casi todos los abortos —legales en su plazo desde 2011— son derivados a las clínicas privadas. También ha impuesto trabas y retrasos a la aplicación de la ley de eutanasia aprobada por el Parlamento.

Últimamente, Casado ha incorporado a la agenda contracultural la energía solar —según él, “la única que le gusta a la izquierda”— y ninguno de los dos ha sido un entusiasta de la lucha contra el cambio climático.

Comparten también su odio visceral a la izquierda: desde el principio, ambos han negado legitimidad al gobierno de coalición PSOE-UP que fue investido en 2019. Ayuso tilda a Podemos de “cáncer” de la política española y la palabra “comunista” ha sido resucitada por ambos como un insulto, cuando nuestra democracia debe mucho más a los comunistas que a la extinta Alianza Popular, origen del actual PP.

Por lo tanto, si representan exactamente lo mismo, ¿por que se pelean? Obviamente, lo hacen por ganar poder dentro del partido, por lo peor que pueden pelearse dos políticos que piensan igual, por el viejo “quítate tu que me pongo yo”.

Pero, tan lamentable como esta batalla de egos, es el atronador silencio dentro del PP. Y no porque deban ponerse de un lado o de otro en esa lucha, sino por dejar en las manos más extremistas el destino de un partido que cada vez está más alejado de sus homólogos europeos.

Muchas de las supuestas banderas de la izquierda —muy notablemente la erradicación de la violencia de género y la necesidad de una transición energética— son banderas defendidas también por los partidos conservadores en gran parte de Europa.

El PP, dirigido por estos extremistas, está tristemente ausente de los grandes desafíos de nuestro tiempo. Enfrascados en sus batallas culturales contra la izquierda, están consiguiendo que este partido se diferencie cada vez menos de Vox. ¿No hay ninguna voz dentro del PP que señale otro camino?

Catedrático de Lenguajes y Sistemas Informáticos y profesor de Ingeniería Informática de la Universidad Complutense. Fue diputado por el PSOE en la legislatura X de la Asamblea de Madrid.

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