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Alimentos ultraprocesados y tabaco: tal para cual


Los alimentos con alto contenido de grasas añadidas y carbohidratos refinados son como los cigarrillos: adictivos y nocivos para la salud. Sin embargo, existe una diferencia importante entre el tabaco y los ultraprocesados. Todos tenemos que comer. Nadie puede elegir dejar de hacerlo.

Cada año, millones de personas concienciadas de todo el mundo intentan reducir el consumo de alimentos ultraprocesados, los preparados industriales que suelen tener un alto contenido de grasas añadidas, carbohidratos refinados o ambos. Piense en galletas, bollos industriales, helados, pasteles, papas fritas, pizzas y tantas otras cosas a las que, sin saber cómo, mucha gente se ha aficionado.

En muchos de los que intentan modificar sus hábitos alimentarios, el deseo de cambiar se desencadena por sus preocupaciones sobre afecciones a la salud potencialmente mortales, como la diabetes y las enfermedades cardíacas. El impacto de la dieta en la salud no es un problema menor. De hecho, un informe publicado en The Lancet por un equipo multidisciplinar de 37 científicos eminentes de todo el mundo identificó las dietas poco saludables como un riesgo mayor para la salud humana que la práctica del sexo sin precauciones y el consumo de alcohol, drogas y tabaco combinados.

Aunque mucha gente sabe que la mayoría de los alimentos ultraprocesados ​​no son saludables, los intentos por dejar de consumirlos fracasan en la mayoría de los casos. ¿Por qué? Probablemente, un exfumador sabría la respuesta: los alimentos ultraprocesados ​​pueden ser adictivos y tienen más en común con los productos derivados del tabaco que con los alimentos frescos de cualquier tipo.

En la universidad estatal de Michigan, un grupo de psicólogos clínicos del Food and Addiction Science and Treatment Lab (Laboratorio sobre la Ciencia de la Alimentación, la Adicción y su Tratamiento), que aplica los criterios la Asociación Estadounidense de Psiquiatría para identificar a las personas susceptibles de ser adictas a los alimentos ultraprocesados, ha creado una escala de adicción a los alimentos.

Según sus datos, el 15% de los consumidores alcanzan el umbral de adicción a la comida que se asocia con enfermedades relacionadas con la dieta, la obesidad y una peor calidad de vida. Ese porcentaje está notablemente correlacionado con la de las adicciones a otros productos legales comercialmente accesibles. Por ejemplo, el 14% de los estadounidenses cumple con los criterios para ser diagnosticados con trastornos provocados por el consumo abusivo de alcohol.

De su investigación se desprende claramente que todos los alimentos no provocan esa atracción adictiva. Los alimentos ultraprocesados ​​que tienen niveles artificialmente elevados de grasas y carbohidratos refinados como el azúcar y la harina blanca son los que la gente consume de forma adictiva. Por ejemplo, el chocolate, los helados, las patatas fritas, la pizza y las galletas son algunos de los alimentos que los consumidores encuentran más adictivos. No es sorprendente que las personas digan que es muy poco probable que pierdan el control de consumir brócoli, judías verdes o ensaladas.

Pero ¿pueden los alimentos ultraprocesados ​​ considerarse como realmente adictivos? ¿No será simplemente que mucha gente abusa del consumo de algo que le gusta? Para ayudar a responder esas preguntas, investigadores de las universidades de Yale y Michigan han recurrido a uno de los últimos grandes debates en temas de adicción: ¿el tabaco es adictivo? La idea de que el tabaco provoca adicción fue objeto de una acalorada polémica durante décadas.

A diferencia de las drogas como el alcohol y los opioides, los productos del tabaco no son intoxicantes y permiten que las personas sigan con su vida normal mientras los consumen. A diferencia del alcohol y los opioides, los derivados del tabaco tampoco causan síntomas de abstinencia potencialmente mortales. Tampoco se viola la ley ni para comprar tabaco (salvo que sea de contrabando) ni para consumirlo a menos que se fume en un lugar específicamente prohibido.

En 2005 el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero aprobó la primera Ley antitabaco. El artículo 3.2 de la ley normativa cerraba las puertas al negocio de este tipo de golosinas: «Se prohíbe la venta de dulces, refrigerios, juguetes y otros objetos que tengan forma de productos del tabaco y puedan resultar atractivos para los menores».

Las mayores empresas de la industria tabacalera mundial, agrupadas en un lobby coloquialmente conocido como Big Tobacco, se encargaron de destacar la diferencia entre el tabaco y las drogas adictivas "clásicas". Sin embargo, en 1988, el Surgeon General, el equivalente al ministerio de Sanidad en Estados Unidos, proclamó oficialmente que los productos del tabaco como adictivos. Ese informe contradecía directamente a las grandes tabacaleras cuando publicitaban masivamente que el consumo de tabaco era una cuestión de elección del consumidor impulsada por el sabor y el efecto sensorial de la nicotina y no por el añadido de aditivos adictivos (perdón por el pleonasmo).

El Surgeon General fundamentó gran parte de la clasificación de los productos del tabaco como adictivos por su capacidad para desencadenar impulsos de consumo fuertes, a menudo irresistibles, a pesar de su deseo de dejar de fumar por las consecuencias letales para la salud que acarrea el tabaquismo. Otra evidencia destacada en el el informe era la capacidad de los derivados tabaqueros para suministrar rápidamente altas dosis de nicotina, lo que reforzaba extraordinariamente sus efectos: los fumadores desean repetir el hábito que les proporciona más nicotina, es decir, más droga. El último criterio de adicción que cumplía el tabaco era su capacidad para alterar el estado de ánimo (aumentando el placer, reduciendo las emociones negativas) porque la nicotina afecta al cerebro.

Aunque mucha gente piensa que la declaración realizada por el Surgeon General se basó en la identificación de una respuesta cerebral específica al tabaco, en la década de 1980 los investigadores sabían que la nicotina tenía algún impacto en el cerebro, pero en ese momento se sabía muy poco sobre cómo las drogas adictivas afectan exactamente al cerebro. De hecho, todavía no existe un marcador biológico objetivo de la adicción tabaquista, es decir, como una respuesta cerebral específica y mensurable que confirme que alguien sea adicto a una sustancia.

Al designar al tabaco como un producto altamente adictivo, el Surgeon General, aumentó el porcentaje del público que veía el tabaquismo como una adicción del 37% en 1980 al 74% en 2002. El caso científico de que los cigarrillos eran adictivos dificultó también que las grandes tabacaleras defendieran sus prácticas.

En 1998, Big Tobacco perdió una batalla legal que acabó con el pago de miles de millones de dólares para cubrir los costes de salud relacionados con el tabaquismo causados en los sistemas sanitarios estatales. Los tribunales ordenaron que se divulgaran los documentos secretos que demostraban que las tabaqueras ocultaban la naturaleza adictiva e insalubre de sus productos. Además, el fallo judicial impuso importantes restricciones a la capacidad para comercializar los productos tabaqueros, especialmente en el caso del acceso a los jóvenes.

Los alimentos ultraprocesados ​​cumplen todos los mismos criterios que se utilizaron para designar al tabaco como adictivo. Ambos ​​alteran el estado de ánimo aumentando los efectos placenteros y reduciendo los efectos negativos. Los altos niveles de carbohidratos refinados y de grasas trans en los alimentos ultraprocesados activan extraordinariamente los sistemas de recompensa cerebrales.

Los alimentos ultraprocesados ​​son extraordinariamente reforzantes: pueden moldear el comportamiento del consumidor para que vuelva a por más. Por ejemplo, los maestros y los padres usan alimentos ultraprocesados ​​para recompensar el buen comportamiento de los niños y aumentar la probabilidad de que continúen comportándose bien. En ratas de laboratorio, los investigadores han descubierto una y otra vez que los sabores dulces son incluso más reforzantes que drogas altamente adictivas, como la cocaína.

Como en el caso de los fumadores irredentos, las altas tasas de fracaso de las dietas que intentan abandonar el consumo de ultraprocesados dejan dolorosamente claro que esos alimentos ​​pueden desencadenar impulsos fuertes, a menudo irresistibles, de consumir a pesar del deseo de dejar de hacerlo. Por el contrario, los alimentos tradicionales y mínimamente procesados ​​como frutas, verduras y legumbres no cumplen con estos criterios de adicción.

A partir de la década de 1980 , la cantidad de alimentos ultraprocesados ​​y poco saludables en Estados Unidos se disparó. Al mismo tiempo, las empresas tabacaleras Philip Morris y RJ Reynolds compraban empresas de alimentos y bebidas ultraprocesados, incluidas General Foods, Kraft, Nabisco y Kool-Aid. Philip Morris y RJ Reynolds utilizaron sus viejos conocimientos científicos, de marketing e industriales para diseñar y vender productos de tabaco adictivos y altamente rentables y los aplicaron a sus nuevas adquisiciones de alimentos ultraprocesados. Aunque en la década de 2000 estas empresas tabaqueras vendieron sus marcas de alimentos a conglomerados internacionales de alimentos y bebidas, ya habían dejado su sello en el negocio alimentario moderno.

El relato actual en torno a los alimentos ultraprocesados ​​que dominan el entorno alimentario es que las personas que luchan por comerlos con moderación, es decir, la mayoría de los estadounidenses, carecen de voluntad. Es el mismo cuento que se usaba para explicar por qué las personas no pueden dejar de fumar. Ignora el hecho de que la industria que creó los cigarrillos también desarrolló y comercializó muchos de estos alimentos, trabajando deliberadamente para mejorar el "antojo" y crear "consumidores afectos".

La naturaleza adictiva de los alimentos ultraprocesados ​​pone la libertad de escoger y la salud de los consumidores al servicio de los beneficios de empresas sin escrúpulos. Sin embargo, existe una diferencia importante entre el tabaco y los ultraprocesados. Todos tenemos que comer. Nadie puede optar por dejar de hacerlo. Como sucede en el caso de los productos de tabaco, se requiere una regulación de que reduzca la popularidad de los alimentos ultraprocesados ​​y los problemas de salud que los acompañan. Por eso, el reciente anuncio de que, tomando como referencia los perfiles nutricionales de la OMS, el Ministerio de Consumo prohibirá la publicidad dirigida a niños y adolescentes de chocolates, dulces, postres, galletas, zumos y helados en horario infantil es un paso en una buena senda que habrá que recorrer en el futuro.

Catedrático de Universidad de Biología Vegetal de la Universidad de Alcalá. Licenciado en Ciencias Biológicas por la Universidad de Granada y doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad Complutense de Madrid.

En la Universidad de Alcalá ha sido Secretario General, Secretario del Consejo Social, Vicerrector de Investigación y Director del Departamento de Biología Vegetal.

Actualmente es Director del Real Jardín Botánico de la Universidad de Alcalá. Fue alcalde de Alcalá de Henares (1999-2003).

En el PSOE federal es actualmente miembro del Consejo Asesor para la Transición Ecológica de la Economía y responsable del Grupo de Biodiversidad.

En relación con la energía, sus libros más conocidos son El fracking ¡vaya timo! y Fracking, el espectro que sobrevuela Europa. En relación con las ciudades, Tratado de Ecología Urbana.

 

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