El flanco populista de la sociedad de las catástrofes
- Escrito por Gaspar Llamazares Trigo
- Publicado en Opinión
En la transición acelerada de la sociedad del riesgo a la sociedad de las catástrofes, la sociedad se vuelve de líquida a gaseosa y al mismo tiempo la política se torna populista con erupciones, explosiones, temblores sísmicos y emanaciones tóxicas que van de la agitación del negacionismo a la simplificación del maniqueísmo, la polarización, el bloqueo de la gestión y el dogmatismo. Sin embargo, en la erupción volcánica de La Palma paradójicamente se vislumbra la posibilidad de la recuperación de la política democrática de la complejidad, el acuerdo y la representación, conjurando el miedo y gestionando la incertidumbre.
En el mundo, los afectados por las distintas olas de la pandemia se han encontrado inmersos en el miedo a lo desconocido, las fake News y las teorías conspiranoicas, entre la ansiedad propia de la biopolítica propia de la sociedad productiva y la depresión y la manía de la psicopolítica individualista de la sociedad del hiper consumo y la sociofobia digital. No ha ocurrido así en la sociedad tradicional palmera, del modelo agrario, pesquero y de servicios, todavía asentada en la vieja solidaridad.
De nuevo, se ha visto sobre todo que las catástrofes no son iguales para todos. Por si a estas alturas aún no lo sabíamos, se ha demostrado tanto en la pandemia de la covid19 como en la erupción volcánica de La Palma, que han sido los sectores más deprimidos y vulnerables los que han sufrido las consecuencias más graves.
Todavía hoy, la situación de los países empobrecidos sigue siendo dramática, después de veinte meses del comienzo de la pandemia, la imprescindible generalización de la vacuna y con ello de la inmunidad no se espera hasta bien avanzado el año 2022. Todo como consecuencia del acaparamiento por parte de los países desarrollados y la cerrazón de las compañías farmacéuticas a suspender sus patentes. Algo que solo en los últimos días parece corregirse por parte de los organismos internacionales y de alguna compañía dispuesta a compartir la propiedad intelectual. En este mismo sentido, tendríamos que adelantarnos cuanto antes a los efectos catastróficos de la actual emergencia climática.
En la pandemia unos la han sufrido y la están sufriendo mucho más debido a su sus peores condiciones de vida y a los factores de riesgo y enfermedades crónico degenerativas, que en conjunto les han hecho más susceptibles a la transmisión y al padecimiento de las formas más graves y letales como producto de la multiplicación de los efectos de dichas pandemias en forma de sindemia. Otros, al situarse sus viviendas y sus explotaciones familiares agrarias en las zonas aledañas y de avenida de la lava del volcán, que han sido las más destruidas por las coladas o afectadas por las emisiones del volcán. En definitiva, también en el volcán de la Palma y sus coladas, temblores y emisiones han encontrado el terreno más propicio en las haciendas y en la vida de los más débiles.
Sin embargo, la principal diferencia entre la pandemia infecciosa y la erupción volcánica, salvando la muy diferente magnitud y extensión en el tiempo de la catástrofe, ha sido en particular la división dentro de la política y de las instituciones. Así, mientras en la pandemia ha destacado la respuesta de los sanitarios y los trabajadores de los sectores esenciales y de otro lado la responsabilidad, el compromiso y la solidaridad de la inmensa mayoría de los ciudadanos, en abierto contraste a la negación inicial y la polarización negacionista de una minoría y luego la generalización del clima populista que se ha extendido como una mancha de aceite en la política, en los medios de comunicación e incluso al conjunto de las instituciones.
Tampoco hemos podido reaccionar todos juntos ni por desgracia estamos saliendo más unidos de todo esto como pretendíamos, sino que si bien la gran mayoría han colaborado de forma responsable y solidaria, sin embargo una exigua minoría negacionista se han situado al margen, como si la catástrofe no fuera con ellos, cuando no han ignorado las medidas frente a la pandemia. Otros, más numerosos, aprovechando el río revuelto, aunque no han negado la realidad, han preferido la confrontación oportunista a la colaboración y siempre que han podido han obstruido y a veces bloqueado las medidas tildándolas de innecesarias y desproporcionadas.
Si algo ha destacado para mal en el largo periodo de pandemia ha sido el negacionismo y sobre todo la confrontación contraproducente con la gestión política e institucional, mediante la manipulación trumpista del miedo, los maniqueos y la agitación de la culpa por parte de la derecha. Tampoco el papel de una parte de los expertos y de los medios de comunicación, situados éstos en un dogmatismo tecnocrático, auto denominado del cero covid, han abonado la confrontación con las administraciones sanitarias y la contraposición de salud y economía, ocultando que es de su relación de lo que trata la salud pública, sumándose con ello al populismo. En definitiva, éste tampoco han constituido precisamente un ejemplo a seguir.
Ahora, en el tramo final de la pandemia, ha sido el Tribunal Constitucional el que ha cogido el testigo de la contestación pública a las medidas legales para la protección de la salud pública, que hasta ahora se habían circunscrito a una minoría de tribunales de justicia, con una aplicación dogmática del derecho, al margen de su imprescindible adaptación a la extraordinaria realidad de la pandemia, que ha dado la razón a la política obstruccionista y a los recursos presentados por a la ultraderecha, lo que trasluce una negación implícita de las medidas restrictivas de la movilidad propias del estado de alarma y de cualquier estrategia de salud pública ante gravedad de la pandemia, una suerte de negacionismo institucional escandaloso y sin parangón entre los tribunales constitucionales europeos y a nivel internacional.
En el caso de la erupción volcánica, de consecuencias devastadoras en su entorno, en la actitud predominante ha destacado sobre todo la entereza y la dignidad de los palmeros junto a la empatía del resto de los españoles, con el hecho diferencial de la cooperación de todas las administraciones y del conjunto de las instituciones públicas. Una extraordinaria reivindicación de lo público y de la política en tiempos populistas.
Quizá porque la cultura palmera está grabada, a fuer de las experiencias pasadas, la normalización de la inseguridad, la fragilidad y la incertidumbre con respecto a la naturaleza sísmica y volcánica de la isla, que han configurado su carácter resiliente, de manera que nadie ha aprovechado el volcán para acusar a los responsables de su seguimiento y gestión durante décadas de no haberla previsto, de haber llegado tarde o de una respuesta descoordinada e ineficaz, como por el contrario ha sido la norma en toda la pandemia infecciosa. Tampoco los expertos geólogos y vulcanólogos han aprovechado su protagonismo como consecuencia de la erupción de Cumbre Vieja para buscar contradicciones o confrontar con las administraciones desde su atalaya técnica, sino que han hecho de la divulgación, la colaboración y la responsabilidad su norma de conducta como expertos desde el sector público y desde el privado. Tampoco nadie significativo desde la sociedad o desde la política canaria ha recurrido a ningún tribunal de justicia ni éstos en consecuencia han cuestionado los desalojos, los confinamientos y las restricciones de movilidad por ser supuestamente desproporcionadas, inadecuadas o por la falta de amparo legal de la medida en la normativa de prevención de volcanes, como sí se ha dado con más frecuencia de la necesaria en relación a la pandemia.
Por tanto, nada parecido a lo que ha sido la gestión de la erupción del volcán en La Palma, donde ha prevalecido la política, la solidaridad y la cooperación, del populismo ante la covid19.
Ambas catástrofes, tanto la pandemia infecciosa como la relacionada con la erupción en La Palma, así como con los efectos del cambio climático, lejos de desaparecer, todo apunta a que se quedarán entre nosotros, si bien de forma endémica o crónica, aunque no hay que descartar las más que probables reagudizaciones que nos puedan poner una vez más al borde del abismo. La Palma y sus lecciones de buena política y de virtud cívica deberían ser el camino.
Gaspar Llamazares Trigo
Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.