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EL PERIÓDICO
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Esperanza frente al miedo


El miedo a lo desconocido. El miedo al extranjero. El miedo al diferente. El miedo al futuro. El miedo a mirar al pasado. El miedo a equivocarme. El miedo a sufrir. El miedo a llorar. El miedo a no agradar. El miedo a ser excluido. El miedo a discrepar. El miedo a tomar decisiones. El miedo a la soledad. El miedo a la vida. El miedo a la muerte. El miedo a ser ignorado. El miedo al miedo…

Recurrentemente, volvemos a los asuntos que nos atenazan porque hoy las incertidumbres son grandes y el porvenir sombrío. Reconozco que me angustia cada vez más el panorama que dejamos a las próximas generaciones. Pero también asumo que no siempre ese temor me impulsa a moverme, sino al contrario, me paraliza y me confunde. Hace cuatro años, el filósofo y sociólogo alemán Heinz Bude publicó La sociedad del miedo (Herder, 2017), un ensayo que de forma sencilla describe nuestro tiempo y lo coloca frente a sus manifiestas angustias y sus amargas reacciones.

Para este pensador, en la actualidad “todas las posibilidades están abiertas, pero ninguna carece de relevancia”. Nada es garantía de éxito. Ni siquiera el rendimiento. Sólo unos pocos se lo llevan todo. Nadie se fija en los perdedores, pero son la mayoría. El miedo de los ganadores “es la pérdida de control sobre el campo de la competencia”. Los derrotados “solo pueden aspirar a soñar con estas situaciones de miedo evocadas. A ellos les domina el veneno del resentimiento.” Esta misma semana, la reportera Anne Helen Petersen (El País) reconocía que los millennials pertenecen a una generación cansada. No creen en la meritocracia y saben a conciencia que trabajo y esfuerzo no garantizan automáticamente el éxito.

Por lo tanto, tienen miedo aquellos que tienen algo que perder. Es el miedo por la pérdida de estatus de las clases medias. Un estamento compensado –menos mal– por el Estado del bienestar y en el centro neurálgico del interés de la sociedad de consumo, pero víctima principal de la inestabilidad de las últimas dos crisis (financiera en 2008 y pandémica en 2020). Y se pregunta Bude: “¿No se basa este miedo en las expectativas erróneas de una prosperidad y una respetabilidad inequívocas y continuas de las clases medias de nuestra sociedad?”.

Como ya pronosticaron Giddens y Beck, desde hace décadas nuestra sociedad está obsesionada con la seguridad, aunque para este último (La sociedad del riesgo) esta situación está propiciada por los cambios de la modernidad, que a las sociedades le permiten avanzar y adaptarse. La pandemia ha universalizado, aún más, el miedo. Lo ha globalizado, al mismo tiempo y por una sola causa. La pandemia ha mostrado a una sociedad muy vulnerable, pero especialmente débil en su capacidad de decisión por sí misma.

Lo que hoy le falta a esta sociedad son las referencias, los asideros a los que agarrarse en momentos de hundimiento. El progresivo proceso de individualización ha mejorado la autonomía y la libertad personal, pero ha deteriorado el trabajo de la cooperación colectiva. Se ha evaporado el fundamento del espíritu comunitario de supervivencia y ayuda, tan útiles en el pasado. El ecosistema selvático cultivado en las sociedades capitalistas ha acrecentado el “sálvese quien pueda”. Como diría Eduardo Galeano, “los que trabajan tienen miedo de perder el trabajo. Y los que no trabajan tienen miedo de no encontrar nunca trabajo. Quien no tiene miedo al hambre, tiene miedo a la comida.”

En pleno auge de los fascismos, Erich Fromm escribía su famoso artículo El miedo a la libertad. En medio de la desprotección social y de la desesperanza plantan su semilla los movimientos más extremos y reaccionarios. Tras dos años de grave crisis sanitaria, económica y social, la tierra es fértil para ellos. El miedo es su mejor aliado y el instrumento más eficaz para penetrar en la piel cual aguja hipodérmica. En pleno siglo XXI, la desinformación y los altavoces de viralización de la mentira se convierten en los aceleradores de las partículas venenosas que impregnan nuestras frágiles sociedades.

Como apunta el propio Bude, el miedo es una emoción difícil de verbalizar y concretar, pero a su vez está generada por el desamparo y la desconfianza que siento en quien debiera protegerme. Cuidado con alentar ese miedo, y atención a aquellos agentes que se aprovechan de él de forma grotesca, o a veces sutil.

Doctor en Comunicación por la Universidad de Deusto, es profesor de ética profesional y comunicación organizacional en el Grado de Comunicación de la Facultad de Ciencias Sociales y Humanas.

Tiene publicados los siguiente libros: Ética del profesional de la comunicación (2004), junto a Arantza Echaniz; Comunicación para el desarrollo; la reponsabilidad en la publicidad de las ONGD (2009); Proyectos de comunicación (2012), junto a Elvira García; y Ética profesional para una comunicación como encuentro (2017).

En la Universidad de Deusto desempeñó la dirección del Máster en Gestión de la Comunicación Audiovisual, Empresarial e Institucional (2005-2012), y desde 2018 es coordinador del Grado en Comunicación.

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