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Bajo el volcán: la metáfora de la nueva sociedad de las catástrofes


"El sol desparramaba cristal derretido en los campos. En el violento crepúsculo los volcanes adquirían un aspecto aterrador". Malcolm Lowry.

El callejón de la gata de uno de los polígonos industriales de La Palma me ha evocado el callejón del gato de luces de Bohemia de Valle Inclán, en que representa la realidad del esperpento de una España decadente que se deforma al reflejarse en sus espejos cóncavos y convexos. También sirve para representar la realidad actual, no sé si tan decadente, que hoy se encuentra en plena transición, a medio camino entre la sociedad productiva y sólida del trabajo, la familia, el barrio y el estrés para toda la vida y la sociedad líquida de la precariedad, el riesgo, la exposición en las redes sociales, la depresión y la incertidumbre en la fase final pandemia, precipitándose aceleradamente hacia la sociedad de las catástrofes en la que todo apunta que nos estamos adentrando, entre otras con la nueva catástrofe de la erupción volcánica de La Palma.

Entre la biopolítica de lo que antes era sólido, la psicopolítica de la sociedad líquida y lo que hoy nos anuncian en La Palma los signos de la sociedad de las catástrofes: de lo magmático a lo gaseoso, de lo efusivo y lo explosivo, y en definitiva de la nueva anormalidad de la incertidumbre, la amenaza y la obligada convivencia con las crisis que ya hemos aprendido en casi dos años de pandemia. Aparecen también nuevos vocablos que se suman a las zoonosis, las olas, los brotes, la incidencia y la inmunidad de grupo, como los enjambres sísmicos, el magma, las erupciones, la lava y sus coladas, los piroclastos, las partículas MP10 y las cenizas, términos como los anteriores también aplicables a una dinámica social donde prima lo inseguro, temporal, precario, cambiante y evanescente, así como a la aversión, la agitación y la sobreactuación convulsa de la política actual. Para muestra una sesión de control parlamentaria, las sentencias de nuestro Tribunal Constitucional, las portadas polarizadas de los principales medios de comunicación o la redes sociales.

Cuando parecía que después de veinte meses estábamos por fin, sobre todo en España, en Europa y en el sudeste asiático, saliendo de la mayor pandemia del último siglo gracias a las vacunas, las medidas de control de salud pública, la atención sanitaria y la responsabilidad ciudadana, resulta que una vez más nos equivocábamos pensando que el rosario de calamidades ya había terminado con la expectativa otra vez de la tan deseada normalidad, y he aquí que entonces nos ha sorprendido con su estruendo la erupción del volcán cumbre vieja en La Palma. Antes, a modo de aviso, también nos había visitado una tormenta de nieve denominada Filomena de consecuencias hasta entonces desconocidas, como una señal más de la profunda catástrofe climática en que ya nos encontramos. La erupción del volcán de cumbre vieja ha arrasado con la vieja normalidad de nombres tan evocadores como los llanos de Aridane, la Laguna o el ya mencionado callejón de la gata, pero también con la pretendida nueva normalidad del final de la pandemia.

Salimos pues de la quinta ola de la catástrofe pandémica de la covid19 en la que pasamos de la incredulidad inicial a la aceptación de la vulnerabilidad, de la responsabilidad con las medidas de salud pública y la exageración disciplinaria, a la decepción de la nueva normalidad, luego al cansancio y la búsqueda de culpables, fuera por defecto o por exceso, y más tarde, ya contando con la seguridad de la vacunación generalizada, llegamos a recobrar la esperanza y finalmente sentimos el alivio de la salida con el control funcional de la pandemia, la recuperación de la normalidad y la terapia del olvido. En todo caso, con ello se ha acelerado el cambio, que ya estaba en marcha, hacia la sociedad del riesgo y la incertidumbre frente a la declinante sociedad productiva, del bienestar y de la seguridad de la técnica. Hoy estamos asistiendo además a los primeros signos de la sociedad de las catástrofes, en la que se conjugan la tensión de las amenazas y el miedo con el negacionismo y las teorías de la conspiración, y sobre todo con sensaciones como la fatalidad, la resignación, la nostalgia y un sentimiento generalizado de vulnerabilidad y de fragilidad.

Hoy, el volcán de Cumbre Vieja se nos presenta como una metáfora de nuestra sociedad actual, una nueva catástrofe, también natural, pero esta vez circunscrita a la isla de La Palma como zona ya conocida de riesgo, pero a pesar de ello una erupción siempre inesperada, tanto por el momento y como por su fuerza y ahora con la incógnita de su posible duración, una calamidad que causa el miedo y la impotencia de los directamente afectados por la pérdida de sus viviendas, de sus explotaciones agrícolas y de sus medios de vida, y de otra parte el renovado interés de los científicos y tanto la preocupación como la actuación de los gobernantes, así como una sensación al menos ambivalente en el resto de los ciudadanos, que se mueven entre la sorpresa y la inquietud ante la fuerza incontenible de la naturaleza, la solidaridad humana y también la fascinación de observadores que se sienten a resguardo, lejos del peligro de sus efectos más directos. En todo caso, la erupción afecta al pilar económico de la actividad turística, en la práctica casi suspendida en pandemia, y con ello acentúa aún más la sensación de incertidumbre, de amenaza y de fragilidad de todos.

Como consecuencia, vuelven las frases hechas como mecanismo de defensa, como la que asegura que la consulta y la enseñanza telemáticas han venido para quedarse, sin siquiera pararse a pensar en sus efectos en la desigualdad social y en la fractura digital, o el objetivo de no dejar a nadie atrás cuando la pandemia y todas las catástrofes se han cebado y se ceban hoy en los más débiles o la sobreactuación política que significa el dicho de dejarse la piel, precisamente en el momento de mayor impotencia de la política, todos ellos resumen los términos de las contradicciones de la nueva sociedad de las catástrofes que se mueve entre la retropía de la vuelta a la seguridad pérdida de unos y la quimera tecnológica de los otros como expresiones básicas de la sobreactuación y la omnipotencia populistas.

La respuesta inicial de las autoridades han sido las clásicas, pero esta vez coordinadas y eficaces medidas de protección civil, a diferencia del pulso populista de la pandemia, mediante los desalojos de las zonas aledañas a la erupción del volcán y sus coladas para evitar la pérdida de vidas humanas, los confinamientos ante la emisión de gases, el refugio y realojos temporales de los más directamente afectados por las coladas de lava, la continua monitorización del volcán, la declaración de zona gravemente afectada y la aprobación de recursos extraordinarios, que por otra parte nunca serán suficientes para reparar el tremendo daño económico, social y psicológico causado. Y ahora el intento de hacer compatible una actividad volcánica que no tiene perspectiva cierta de terminar a corto plazo y las explosiones, las emisiones y los seísmos consiguientes, con la necesaria recuperación de la actividad y el mantenimiento de la vida cotidiana. La anhelada recuperación de la nueva normalidad, esta vez en medio de la catástrofe, que supone en realidad una nueva anormalidad llena de amenazas y de incertidumbre. A todo esto, la utopía de los directamente afectados por la erupción volcánica y los seísmos consiste de nuevo en la nostalgia y la melancolía de lo perdido junto al miedo y la incertidumbre de un presente y un futuro incierto bajo el volcán. Su utopía es pues la búsqueda de la retropía en los términos acuñados por Bauman: la de la comunidad y de la seguridad perdidas, ambas embellecidas por la memoria. Mientras tanto, entre nosotros los ajenos y los espectadores de la nueva catástrofe continúa al final de la pandemia la compleja transición y asimismo la nueva división entre la utopía social del mundo sólido, la tecnológica del mundo digital y los signos que nos anuncian la sociedad de las catástrofes. De la sociedad líquida y de riesgo, de nuevo en transición a una sociedad de la amenaza de la catástrofe y la conciencia de la fragilidad.

En definitiva, una sociedad magmática de la incertidumbre, las amenazas y las catástrofes, y de una reacción populista, eruptiva, sísmica, explosiva y efusiva. La urgencia ante todo ello de un nuevo contrato social, ecológico y de seguridad. También de seguridad.

Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.

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