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Elecciones en Alemania: ¿el fin de la hegemonía conservadora en Europa?


El 26 de septiembre se celebrarán las elecciones para elegir al nuevo canciller de Alemania y, sin embargo, los medios de comunicación no parecen darse cuenta de la trascendencia de estas elecciones. Unos comicios que pueden significar el principio del fin de la larga hegemonía de la derecha, no sólo en Alemania, sino en toda Europa.

Conviene recordar que la CDU de Angela Merkel lleva en el gobierno dieciséis años. Y que la Gran Coalición entre la CDU y el Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), en vigor desde 2013, ha irradiado desde Berlín las políticas de austeridad fiscal y devaluación salarial que asolaron Europa, especialmente a los países del Sur. La aquiescencia y complicidad de la socialdemocracia alemana en esas políticas fue determinante para la aceptación pasiva de estas políticas por parte de otros partidos socialdemócratas europeos. Y a la vez ha supuesto un férreo corsé para una mayor integración política y social europea. 

Las encuestas, a menos de dos semanas de tan crucial elección, han dado un vuelco impresionante. El SPD las encabeza con una intención de voto del 26%, cuando hace menos de tres meses no superaba el 15%, el mismo misérrimo porcentaje que obtuvo en las elecciones europeas de hace dos años.

En los sondeos se está hundiendo el candidato de la CDU-CSU, Armin Laschet, que sustituyó deprisa y corriendo a la primera candidata a suceder a Merkel. Annegret Kramp-Karrenbauer (AKK) rechazó ser la candidata de la derecha alemana hace año y medio debido a que su partido votó en Turingia con la ultraderecha de la AfD para elegir como jefe del gobierno al liberal Thomas Kemmerich, que apenas había alcanzado un 5% de los votos. En Turingia la CDU, por primera y única vez, rompió el cordón sanitario frente a la ultraderecha con el objetivo de impedir que Bodo Ramelow, el candidato ganador de Die Linke (La Izquierda) con un 31% de los votos, volviera a formar gobierno.

El terremoto causado por la dimisión de AKK obligó a la CDU a replantearse su acuerdo con la AfD, y varios meses después Die Linke volvió al gobierno de Turingia con el apoyo del SPD y Los Verdes.

¡Qué diferencia de comportamiento con la derecha española!, que desde el minuto uno ha blanqueado al partido de ultraderecha Vox, incorporándolo a la gobernabilidad, aunque no al gobierno, de numerosas comunidades autónomas y ayuntamientos de nuestro país.

Todos estos vaivenes de la derecha alemana, y el poco carisma de su candidato, han hecho que sus expectativas de voto de hayan pasado de un 29% en julio a tan sólo un 21% en la actualidad.

La candidata de Los Verdes, si bien tuvo su momento de gloria en la primavera de este año cuando encabezó las encuestas con un 25% de intención de voto, ha visto cómo perdía apoyo popular. Y ello a pesar de la creciente conciencia medioambiental de los alemanes, y de los dramáticos efectos del cambio climático en Alemania, como hemos visto en las inundaciones que ocurrieron este verano.

La pregunta relevante es: ¿cómo un agonizante SPD en apenas unos pocos meses ha conseguido situarse como la opción preferida por los alemanes?

Para ello hay que retrotraerse un par de años, cuando el SPD presentó un relevante documento político: ‘Un nuevo Estado social para una nueva era’, con el objetivo de forzar un giro a la izquierda en el SPD y de presentar un perfil diferenciado frente a la CDU, después de ocho años de Gran Coalición (Groko) entre ambos partidos.

En dicho documento se hacía referencia: a la apuesta que debe hacer la socialdemocracia alemana por recuperar la identidad de clase de los trabajadores; la necesidad de incrementar la fiscalidad a los ricos; la reivindicación de un Green New Deal para Alemania que impulse la inversión pública para diversificar su economía, sin miedo a endeudarse con los actuales tipos de interés cercanos a cero, lo que supondría el fin de las políticas de austeridad; la necesidad de que Alemania afronte una Transición Ecológica que permita reducir las emisiones de gases de efecto invernadero de forma sustancial; la reversión de la privatizaciones de servicios públicos y de importantes parques de vivienda pública; la necesidad de que Alemania potencie su mercado interno incrementando los salarios, y particularmente el salario mínimo, que actualmente está fijado en 1.585 € mensuales; y desarrollar una Nueva Economía que sea capaz de incorporar a las mujeres.

Asimismo, en este documento el SPD hizo un ajuste de cuentas con su pasado reciente, poniendo en cuestión las polémicas reformas del mercado de trabajo que impulsó el canciller socialdemócrata Schröder hace casi dos décadas y que ocasionaron un profundo cisma en su interior, marcando el inicio del declive de la formación, que llegó a tener un 41% de los votos.

No hay que olvidar que todos los proyectos políticos salidos de su maquinaria ideológica –desde el programa de Erfurt de finales del siglo XIX, donde se declaró marxista bajo la dirección de Karl Kautsky, hasta el abandono del marxismo y la aceptación de la economía de mercado en el congreso de Bad Godesberg en 1959– han significado la puesta en marcha de estrategias con gran capacidad de influencia en el resto de partidos de la socialdemocracia europea, y particularmente en el PSOE.

Este giro a la izquierda fue refrendado por la militancia en la victoria que obtuvieron los candidatos Norbert Walter-Borjan y Saskia Esken, contrarios a la Groko, en las elecciones internas a la dirección del SPD frente Olaf Scholz, quien insistía en continuar la Groko, de la que era vicecanciller desde 2018. Posteriormente ellos mismos propusieron al vicecanciller como candidato socialdemócrata al gobierno alemán. Esta arriesgada apuesta ha permitido que el SPD haya recuperado su identidad y haya hecho patente su voluntad de volver a ser una alternativa real, a la vez que ofrecía un candidato con experiencia de gobierno. El partido por encima del gobierno, también algo muy diferente a lo que sucede en nuestro país, en este caso en el ámbito de la socialdemocracia.

La previsible victoria del SPD, y un posible gobierno con Los Verdes y otros socios aún por determinar, sería, sin duda, una buena noticia no sólo para el sistema democrático alemán, sino para toda Europa. Saltaría por los aires el eje de la hegemoníaconservadora que ha impuesto, desde la crisis de 2007-08, el actual rumbo neoliberal de Europa: el predominio del eje franco-alemán en Europa bajo la égida de una Alemania conservadora. Ya que ha sido el instrumento que ha permitido expandir las políticas de austeridad fiscal y reducción de salarios al conjunto de la Unión Europea con una escasísima contestación institucional, tanto en las propios organismos europeos como en los gobiernos nacionales afectados.

La propuesta del SPD, contenida en el “Programa de Futuro” con la cual se presenta a estas decisivas elecciones, de “creación de un reaseguro de desempleo europeo permanente” es un paso de gigante en la construcción de la Europa Social.

Si a la probable victoria del SPD dentro de dos semanas, en un marco de ruptura de la Groko, le añadimos la recientemente anunciada candidatura de Anne Hidalgo a la presidencia de Francia para 2022 por parte del también desfallecido Partido Socialista Francés, la suma de ambos elementos podría suponer el albor de unas nuevas coordenadas de la política europea que finiquitaran la actual hegemonía de la derecha, que dura ya casi dos décadas.

Indudablemente esta incipiente hegemonía europea de las fuerzas progresistas sólo podría ser fruto de una izquierda mucho más plural que la definida por los limitados y desgastados contornos de la socialdemocracia, como se ha demostrado de forma pionera en nuestro país por el gobierno de coalición PSOE-Unidas Podemos.

Economista. Adjunto a la Secretaria General de CCOO.