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EL PERIÓDICO
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Solidaridad europea en la policrisis*


La entrada en un período de crisis en el siglo XXI - entre ellas la originada por la pandemia del Covid 19- nos obliga a profundizar en la capacidad de la Unión Europea para enfrentarse a tal tipo de disrupciones. Una de las más importantes perspectivas a considerar es la de la solidaridad. En el interior de la Unión y hacia el exterior. La solidaridad como principio y guía moral y política para un tiempo de “policrisis”.

I.- La solidaridad en los Tratados

El artículo 2 del Tratado de la Unión Europea (TUE), en su redacción del Tratado de Lisboa de 2009, señala los valores sobre los que está fundada: la democracia, el Estado de Derecho y los derechos y libertades fundamentales. Y añade que estos valores son comunes a los Estados Miembros, en una sociedad en la cual prevalecen el pluralismo, la no discriminación, la tolerancia, la justicia, la igualdad entre mujeres y hombres, y la solidaridad. Así que uno de los elementos esenciales que habitan en el corazón de la Unión es la visión compartida de que cada nación, por sí misma, ya no es viable en el mundo globalizado. Se trata de una forma de construir Europa que no se reconoció tan explícitamente cuando en 1957 se firmó el Tratado de la Comunidad Económica europea.

El Tratado de Lisboa introdujo precisamente dos cláusulas llamadas “de la solidaridad”: la primera está en el artículo 42 (7), que establece la obligación para todos los Estados Miembros de dar ayuda y asistencia por cualquier motivo a su alcance a un Estado Miembro víctima de una agresión armada sobre su territorio (aunque la Unión Europea no es una alianza militar).

La segunda cláusula está en el artículo 222 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea, y dice que la Unión y sus miembros actuarán conjuntamente, en un espíritu de solidaridad, si un Estado Miembros es objeto de un ataque terrorista o es víctima de un desastre natural – como el del Covid 19 -, a requerimiento de las autoridades políticas de ese Estado.

La necesidad de una cláusula así se había puesto de manifiesto en 2004 en Madrid, ante el trágico ataque del 11 de marzo, y poco después, el 7 de julio de 2005, en otro ataque terrorista en Londres.

En definitiva, la solidaridad en los Tratados no es un mero deseo de paz y bienestar, sino un principio nuclear del proyecto europeo.

II.- La solidaridad de la Unión Europea en la práctica

Hemos visto que este principio ha tardado en plasmarse al máximo nivel en una Unión que nació para conseguir la paz en un continente golpeado por dos guerras mundiales fratricidas (principio latente), pero que inicialmente se edificó sobre cimientos económicos: libre circulación de factores de producción y política agrícola (principio patente).

Creo que la expresión más explícita de la idea de solidaridad en la práctica comunitaria de la última parte del siglo pasado ha sido la creación de los Fondos Estructurales y de Cohesión, coincidiendo con la entrada de España y Portugal (1985), los países menos ricos de la Unión en ese momento. España, y después Polonia, han sido las más beneficiadas por la solidaria política de cohesión, plasmada cada siete años en los Presupuestos multianuales de la Unión.

Sin embargo, ese precedente solidario no hizo acto de presencia, sino todo lo contrario, en la reacción de la Unión Europea a la Gran Recesión que se desencadenó en 2008 en EEUU y que golpeó mucho más a Europa. Como sabemos (yo lo viví como Secretario de Estado para la Unión Europea) la política de “austeridad” que los países ricos, los acreedores o prestamistas, impusieron a los deudores (Portugal, Irlanda, Grecia, también España en parte del sector bancario) fue un desastre económico y social. Una prueba de que políticas profundamente insolidarias como aquéllas son incompatibles con una Europa unida.

Una cierta solidaridad tuvo que ser introducida forzadamente por el Banco Central europeo en la época de Draghi, tras la incomprensible e insolvente política monetaria de Trichet.

La experiencia de lo que he llamado metafóricamente ”La Edad de Hielo” (título de un libro publicado en 2015, por RBA editores) ha permitido a la Unión hacer exactamente lo contrario que en 2008 ante la pavorosa y devastadora pandemia de la Covid 19. Esta ha introducido en el pensamiento y sentimiento de las y los europeos un apego a políticas de intervención publica y, sobre todo, de solidaridad real. Muestra de ello es la coordinación centralizada por la Comisión Europea de la compra y distribución de las vacunas. También, el salto cualitativo hacia una gran emisión conjunta de deuda pública dirigida por la Comisión, como modo de financiar la ayuda de la Unión a los Estados Miembros por importe de 750.000 millones €, a través del programa Next Generation. Una ayuda en proporción al daño sufrido, de forma que los países más beneficiados van a ser con seguridad Italia y España. Esto sí merece el nombre de solidaridad.

III.- Los desafíos futuros de la solidaridad

En la coyuntura actual asistimos a una serie de crisis que se montan una sobre la otra y que multiplica la entidad de los retos que se le presentan a Europa y, por supuesto, no sólo a ella. Son desafíos a la pretensión de que la Unión esté inspirada en el valor de la solidaridad. Son nudos que sólo pueden deshacerse desde la solidaridad misma, que adquiere así una enorme dimensión estratégica y geoestratégica.

Me refiero a cinco fenómenos críticos que reclaman una respuesta solidaria por parte de la Unión.

El primero y más evidente – y urgente – es la crisis pandémica, con las implicaciones humanitarias y económicas que ha desencadenado. Aquí la solidaridad tiene muy visiblemente una doble faz: interna y externa. En la parte interna, la Unión ha trabajado bien. Los niveles de vacunación son altos en la población europea y entre ellos destacan, por cierto, los de España. Sin embargo, la solidaridad externa ha dejado mucho que desear. La Unión no ha sido suficientemente solidaria con los países más pobres. En África, sólo el 2% de la población ha sido vacunada con la pauta completa. Y una parte de la culpa la tiene el “proteccionismo de vacunación”. Es una política suicida. Ningún país puede estar seguro del virus si no lo están todos los países. Coincido con un reciente artículo de Tony Blair sobre la necesidad de “vacunar al mundo entero”. Es una tarea que rebasa las fronteras, para comprometer al G-20 y evitar lo que se ha denominado “apartheid” de las vacunas.

Este desafío humanitario solo podrá ser resuelto en su integridad con la creación de una arquitectura global de la salud. Es, como dice el editorialista económico del Financial Times, Martin Wolff, el más grande test para la cooperación mundial. Yo añadiría: la más importante prueba para la solidaridad, si nos referimos al ámbito de la Unión Europea.

El segundo desafío para la solidaridad europea es el cambio climático. Puede hablarse así de una “solidaridad climática”.

La magnitud de este desafío la ha puesto de relieve el reciente informe de Naciones Unidas, presentando un horizonte verdaderamente catastrófico para el planeta: inundaciones inesperadas, fuegos fuera de control y grandes tormentas, que desconocíamos por su impactante intensidad.

Estos fenómenos no harán más que recrudecerse en lo sucesivo, debido al tan mencionado cambio climático, originado por la forma de producir de los seres humanos y de los países más industrializados.

La división política respecto a las medidas a tomar existe en el interior de la Unión – con creciente protagonismo del grupo de Visegrado -; y, por supuesto, existe como confrontación global.

Las naciones más pobres demandan solidaridad de los más ricos. Solicitan planes que aborden el cambio climático con mayor rapidez, aunque el Acuerdo de París ha supuesto un avance en esa dirección. El COP26 de noviembre en Glasgow tiene la intención de adoptar decisiones más ambiciosas, y no sólo declaraciones no vinculantes.

La toma del poder de los talibanes en Afganistán nos ha recordado que hay otras crisis, además de la pandemia y la climática. Se trata de la crisis migratoria y de los refugiados que tratan de escapar de la persecución ideológica, de la discriminación de la mujer y de los niños y niñas, de la intolerancia con orientaciones sexuales no ortodoxas, etc.

Europa ha de aplicar la solidaridad entre Estados Miembros para repartir equitativamente las cargas de las migraciones que predominan en el área mediterránea por obvios condicionamientos geográficos. Aún no hay una política europea de migración y asilo. Hay una evidente escisión al respecto entre el norte y el sur del continente europeo. ¿Qué o quién puede solucionar esa discrepancia sobre una migración con raíces en la desigualdad y la pobreza? De nuevo la solidaridad.

El anterior desafío está conectado con otra asignatura pendiente: la Europa social. Göteborg (2019) no fue suficiente. Oporto (2021) tampoco. La Unión ha de plantearse objetivos en lo sociolaboral tan concretos como en las reglas fiscales. Con señales de emergencia cuando se incumplan. Me refiero al ámbito del salario mínimo, de las pensiones, del acceso a la vivienda, del abandono escolar, de los servicios sociales, o de la violencia de género.

Hay una última solidaridad para hacer posible las anteriores: la fiscal. La Unión sólo se comporta como tal en la política monetaria, no en la económica. Destaca a ese respecto la escandalosa ausencia de armonización tributaria, que hace que los Estados que integran la Unión Europea luchen entre sí por bajar impuestos directos con tal de atraer capitales, haciendo con ello competencia desleal al vecino. No sólo no hay solidaridad aquí; hay antisolidaridad, que llega a ser extrema en lo relativo a lo que es una vergüenza para la humanidad: la existencia de paraísos fiscales. Algunos de ellos en la propia Unión Europea. Paraísos que permiten la evasión y elusión fiscal a gran escala.

Hay actitudes en la OCDE y en el G-20 alentadoras, pero no concretadas en nada. Ello contrasta con la libérrima voluntad elusora del pago de impuestos de las grandes tecnológicas norteamericanas.

Vivimos un momento en el que un cúmulo de crisis sistémicas (pandemia, cambio climático, movimiento migratorio) han desembocado lógicamente en un gasto público elevado y el consiguiente endeudamiento. La política de aumento de los tipos impositivos directos a las grandes corporaciones y las mayores rentas y capitales es inevitable, y absolutamente necesaria. Sin esa política, ¿cómo podríamos decir que la Unión Europea está basada en el principio de la solidaridad? Se trata de hacer lo que ya ha planteado con admirable inmediatez el presidente Biden. En 2010 Barack Obama se adelantó a Europa. Parece que en 2021 pasará lo mismo.

Se ha dicho con acierto que la historia humana es un relato sobre la cooperación. Y, añadimos, un relato sobre desastres (dos guerras mundiales) cuando no ha sido así. Hay que desarrollar un consenso europeo sobre cooperación y solidaridad. Es lo que pide la población europea, como pone de relieve un reciente sondeo de opinión a 17.000 ciudadanos y ciudadanas de varios países: más cooperación entre éstos.

En suma, la solidaridad y la cooperación no solamente son referentes principales de la cultura europea, sino la orientación incuestionablemente necesaria para resolver el archipiélago de crisis que nos inunda en este primer cuarto de siglo sorprendente y retador.

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*Texto de la intervención en el Economic Forum celebrado en Karpacz, Polonia (7-9 de septiembre de 2021)

Vicepresidente ejecutivo de la Fundación Alternativas.