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EL PERIÓDICO
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Deslindando lo privado de lo público (democracia económica: primero de tres)


  • Escrito por Ignacio Liniers
  • Publicado en Opinión

Definir el socialismo sin duda es una tarea que pudiera complicarse exponencialmente según avanzáramos en ella, de manera que a los efectos de estos tres artículos que tenemos por delante concluiremos que el socialismo versa sobre el reparto de la riqueza haciendo que ésta sea justa y eficaz, solucionando un problema antiguo y al parecer endémico de nuestra sociedad, incluso de las sociedades mas avanzadas.

Esa diferencia en la riqueza es la causa fundamental de que, en una segunda fase, lo meramente pecuniario se consolide en diferencia social

Para dejar el tema enfocado podemos decir que las revoluciones liberales, cuyo ciclo acaba en la revolución francesa consiguen resolver el problema político, es decir encuentran un sistema definitivo y no mejorable a la hora de estructurar los poderes del gobierno de una nación o estado, pero que sin embargo, no consiguen dar con la solución del reparto de la riqueza. De los tres conocidos lemas de la revolución francesa, quedarían resueltos la libertad y la igualdad (igual en términos de derechos políticos o públicos) pero el tercer lema que parece ser algo más tardío de la fraternidad, entendida como la igualdad de oportunidades económicas, parece que sigue siendo una quimera inalcanzable. La precariedad y la temporalidad laboral ahora siguen siendo el caballo de batalla fundamental y queda un mundo para que dicha igualdad se una a la igualdad de derechos políticos y civiles.

Dado que lo que sí está resuelto es el sistema político, la socialdemocracia actual intenta solucionar desde lo público tal desigualdad, pero dichas medidas entendemos que sólo cumplen una labor subsidiaria, dejando que el problema subyacente siga enquistado.

El socialismo ha intentado dar solución a este problema desde el inicio de la existencia del problema mismo con un amplio abanico de actores, teorías y con diferentes niveles de éxito, desde los sindicatos ingleses a Marx y a Lassalle llegando a la actual socialdemocracia de la Tercera Vía.

Las revoluciones comunistas intentaron resolverlo también desde el estado, sin duda Marx confunde ambos conceptos en uno solo, que más adelante tomaría fuerza en la filosofía política con la definición del “homo economicus” a la que más adelante le daremos alguna pincelada, haciendo al Estado protagonista indiscutido de todo el proceso de producción de un país, eso sí, destronado a la democracia como sistema político para pasar a uno de partido único o dictadura del proletariado. Su escaso éxito es conocido por todos, acrecentado por el hecho de que los países industrializados que eran los sujetos pasivos del problema del proletariado, no cayeron en la a vorágine revolucionaria.

La socialdemocracia también ha utilizado al estado como el instrumento protagonista de la solución, en este caso no tomando las riendas del sistema productivo, sino solo paliando los síntomas de las inestabilidad es del sistema capitalista, redistribuyendo la riqueza en forma de estado benefactor con una enseñanza pública, una sanidad pública o el reparto de subsidios.

Pero no siempre fue así, no siempre las soluciones al problema del reparto de la riqueza vino de la mano de lo público, del estado. Contemporáneos a Marx son Ferdinand Lassalle y Schultze Delitzsch que apuntaron al corazón mismo de la organización de la producción, es decir a las empresas. Si bien S. Delitzsch lo hizo de modo subsidiario mediante las cooperativas financieras para los trabajadores (hoy el concepto de cooperativa se ha extendido a todo ámbito de autoconsumo aunque resumido al ámbito local) para que aquellos obtuvieran los fondos necesarios para adquirir el capital de las empresas para las que trabajan. Ferdinand Lassalle apuntó a la totalidad de las empresas y a la totalidad de los sectores, es decir, a la generalidad del sistema de la producción. Lassalle aboga porque todo el sistema productivo este compuesto de empresas en donde la titularidad de las mismas (capital social y ampliaciones) pertenezcan a sus trabajadores, a dichas empresas las llamó “Sociedades Voluntarias”, que representarán el grueso o la totalidad de lo que hoy conocemos como Sociedades de Capital.

La corta vida de F. Lassalle, trucada por una muerte prematura en duelo de honor, y la urgencia de solucionar un problema acuciante como el de la Constitución Alemana con Bismarck y la creación del SPD, primer partido socialista, hizo que su idea de las “Sociedades Voluntarias” no pudiera ser desarrollada, lo que nos ha privado de tener una teoría política alternativa al capitalismo actual con sus sociedades divididas en acciones o participaciones. Nunca sabremos dónde hubiera llegado Lassalle en la definición y descripción de dichas sociedades y como llegaría a estructurarlas. Tampoco sabremos si hubiera desarrollado dicha participación en el capital como un derecho propio de las democracias modernas, que es la tesis de estos tres artículos sobre “Democracia Económica ”.

Este tipo de soluciones al capitalismo que ataca el problema no desde el Estado sino desde el lugar neurálgico donde se producen los bienes, es decir, en la empresa misma, hoy vuelven a estar en el tapete, también lo estuvieron en Suecia en los años ochenta. La democracia en la empresa es un punto de todo programa de los partidos socialistas o progresistas y España y su partido socialista no es una excepción, existe en la ponencia del 40 congreso un punto en este sentido, por poner un ejemplo, aunque no el único.

A la hora de resolver el problema del reparto de la riqueza creo que la primera pieza que hay que cazar es poner linde entre lo público y lo privado, es decir diferenciar aquello que incumbe a todos los ciudadanos y que en denotación matemática podemos llamar NxN, de aquella actividad individual o que sólo afecta a un grupo de ellos como es el caso de la actividad económica, la producción de bienes del tipo que sea que suponen un beneficio real para terceros, a esa actividad que genera el valor añadido (la riqueza) a una sociedad la de notaremos 1x1.

Esta diferenciación la considero fundamental, pues como ya hemos dicho, el problema NxN lo tenemos resuelto, lo que es una pista fundamental para intentar resolver el de menor importancia de una manera similar.

Los podríamos representar, pues, de una manera muy sencilla, como dos círculos con céntricos en donde el representado por las cuestiones privadas o que afectan a un número limitado de personas estaría circunscrito dentro del segundo que sería el círculo NxN de actividades públicas o que afectan a todos.

Lo fundamental del círculo grande sería la Democracia representativa, la separación de poderes y las leyes, que afectan a la totalidad de los ciudadanos, mientras que el círculo circunscrito estaría fundamentalmente referido al ámbito laboral y empresarial, donde se producen los bienes y servicios que generan, en origen, la riqueza de un país.

La revolución francesa y ese concepto troncal moderno donde se sustenta la Democracia como es el contrato social de Rousseau, sus equilibrios y compensaciones desarrollados por Montesquieu y los necesarios precedentes de Hobbes y su teoría del estado además de el necesario Tocqueville para poder poner en marcha el aparato democrático, generan ese momento mágico de la historia del hombre en donde se pasa de una organización vertical medieval o histórica sin más a un sistema horizontal de derechos donde los ciudadanos operan con libertad e igualdad en ese ágora que es el Estado. Sin embargo, como ya dijimos queda un fleco por componer que no es otro que un reparto de la riqueza que sea justo, eficiente y que tienda a la proporcionalidad.

Todo indica que las revoluciones liberales, donde el burgués juega un papel importante, no ha resuelto el último de los lemas franceses, la fraternidad que supone optar a las mismas oportunidades de salida

La Democracia es hoy un sistema político consolidado y al que todos bailan el agua, unos porque la tienen, otros porque les gustaría tenerla, y el que no la tiene ni quiere tenerla “disimula” en la impostura de poner el empeño en conseguirlo, como Rusia, Turquía, la antigua República Democrática Alemana, o la “Democracia orgánica” franquista.

La Democracia hoy es un triunfo sin paliativos, por mucho que no estén resueltos todos los problemas de la ciudadanía, dado que esto nunca podrá ocurrir del todo. Por el contrario el sistema económico adolece de un desequilibrio intrínseco conocido desde la crisis del 29 y desarrollado por Keynes y sus ciclos, donde el estado jugaría un papel de compensación de dichos desequilibrios, pero parece que ni Keynes, ni la socialdemocracia misma haya podido resistir la presión del propio sistema que ha revertido todos los Checks and Balances planteados por el New Deal de Roosevelt y la teoría de ciclos compensatorios de Keynes, para llegar hoy día a un concepto “Neoconservador” de puro estilo especulativo y capitalista que ha logrado retrotraer el sistema impositivo, la capacidad de endeudarse de los estados y la protección laboral de los empleados por cuenta ajena hasta empeorar los ratios del reparto de la riqueza de las series más históricas.

La socialdemocracia, aquella panacea desarrollada después de la segunda guerra mundial y con la que se obtienen cuatro décadas prodigiosas de éxitos hasta la culminación (fallida en gran medida) por parte de Olof Palme en Suecia, queda revertido por Reagan, Thatcher y por el seguidismo progresista que supone la Tercera Vía surgido de las filas del laborismo inglés gracias a Tony Blear y del socialismo alemán en manos de Gerhard Schröder, la versión Española sería el socialismo de Felipe González, claramente en línea con el capitalismo como la vía indiscutible de la solución económica.

Reversión en la progresividad impositiva para las personas físicas, legislación sobre sicavs, exenciones masivas del impuesto sobre sociedades, facilidad de traslado de domicilios fiscales, exenciones en los impuestos de sucesiones y de grandes fortunas para atraer capitales… socialdemocracia tolerante con ese sarcasmo que llamamos “ingeniería financiera”. Hemos sacralizado al empresario como ese emprendedor épico al que le debemos la riqueza de los países, paradigma del ciudadano modelo.

La socialdemocracia, que sólo palia los síntomas de una enfermedad subyacente que no puede curar, parece que adolece de otro inconveniente que es la reversibilidad de sus medidas, tal y como Reagan y Thatcher nos han recordado con su “Neocon”

En esta actualidad neoconservadora en la que estamos es como si las multinacionales se sentaran con los distintos países a negociar sus condiciones en igualdad de nivel, como si ese círculo circunscrito del 1x1 de lo económico, traspasara la barrera de aquel en el que está inscrito, saliendo de su marco y actuando fuera de él. Las empresas cambian el domicilio de sus actividades para fabricar más barato con mano de obra nativa de otro país, dejando el derecho laboral de sus países de origen en suspenso, y trasladando sus sedes fiscales en una subasta al mejor postor con cualquier país con legislación de paraíso fiscal o con negociaciones a la carta como el caso de Luxemburgo y el ex ministro Jean-Caude Juncker, posteriormente presidente de la Comisión Europea.

Las sicavs, o las sociedades de tenencia de bienes, son otro indicador de que lo meramente económico sobrepasa en muchas ocasiones a la ley, a la lógica y al espíritu de nuestras Constituciones. El carácter redistributivo de los impuestos y las escalas progresivas que deberían de tener, quedan completamente desvirtuadas con estas sociedades que hoy día tienen cabida en todos los países desarrollados y que son un mero “puente de oro”, dejando el espíritu de las leyes, que diría Montesquieu, como un mero brindis al sol.

Los mercados, en sí mismo, también son una vía de escape de la original actividad productiva, sea por su poder de especulación con las divisas o haciendo fluctuar el tipo de interés sobre la deuda de las naciones ya sea por el carácter meramente especulativo del mercado secundario o del mercado de futuros.

Ese círculo circunscrito del 1x1 sencillamente se ha salido de madre, como se diría en un lenguaje vulgar pero gráfico y explicativo.

Y donde nos en encontramos ahora, pues donde nos ha traído este neoconservadurismo, que no es otro que la crisis de 2008, una crisis que ha sobrepasado ampliamente lo económico para entrar de lleno en la desafección de la política, lo que ha hecho del panorama electoral algo tan volátil y fragmentado que la actualidad social pública es un constante desasosiego donde proliferan partidos nuevos, muchos de corte populista que sólo consiguen subir los decibelios de las cámaras democráticas, los procesos legislativos y sobre todo los gobiernos, en donde ya no es posible conseguir mayorías monocolores, y en ocasiones inestables.

La ciudadanía ha visto como esta reversión del estado del bienestar, como los recortes propios al neoliberalismo han aumentado la brecha de la riqueza y las condiciones laborales han empeorado en todos los países, la precariedad ha aparecido incluso en algunos grupos de personas con trabajo, y la fragmentación del periodo medio del contrato laboral es un problema que afecta directamente a la estabilidad en el empleo. Todo ello a traído a Trump en los EEUU, a Beppe Grillo y el movimiento Cinco Estrellas en Italia, a Bolsonaro en Brasil, a Abascal y su partido de extrema derecha en España y además ha dado pie para que aquellos paises con democracias empobrecidas tiendan a empeorar la estabilidad de sus libertades, Putin en Rusia, Erdogan en Turquía o el reciente episodio de Kais Saied en la próspera Túnez de la primavera árabe. Conocemos bien el refrán de que a rio revuelto, ganancia de pescadores.

El planteamiento de este artículo y de los dos que le suceden no es otro que analizar cuál puede ser la mejor solución para conseguir un reparto justo de la riqueza, sin entorpecer un sistema de empresas y de mercado que sí parece ser el correcto.

Separar lo político de lo económico y saber diferenciar al sistema empresarial de mercado de lo que es la propiedad del capital, son dos cuestiones previas necesarias para dar con una solución no desde el Estado en donde solo conseguimos ”redistribuir” de manera indirecta o subsidiaria, sino en origen, es decir en el seno de la misma empresa

Como hemos destacado al comienzo, en los artículos subsiguientes veremos la manera de atacar, desde la empresa, este reparto de la riqueza con las herramientas de la cogestión y de la coparticipación, haciendo uso de los Consejos de Supervisión compuestos por los trabajadores y del reparto de votos en ellos es decir: introducir los métodos y la manera de actuar democrática en estos centros de trabajo, haciendo que el marco capitalista en el que actualmente nos movemos sólo cambie el concepto de propiedad de la empresa, sin cambiar lo esencial de este vehículo imprescindible en el mundo de la producción de bienes y servicios, es decir sin que cambie el concepto de la empresa y sin cambiar el mercado como lugar de encuentro de la demanda y de la oferta.

Creo que la confusión entre lo público y lo privado, el hecho de no tener delimitado ambos mundos, es el motivo fundamental del desacierto a la hora de proponer soluciones correctas. Además, el hecho de tener un buen sistema político hace fácil la intervención de estos temas desde el estado, lo que resulta una magnífica disculpa para no querer acometer una reforma en lo empresarial que sin duda no gustará a los actuales dueños del capital.

El continuar aceptando la propiedad de las empresas como algo particular e independiente del trabajo que se realiza en ellas, mientras que se considera que la propiedad de las naciones es indisoluble de los ciudadanos que las habitan, es creo un oxímoron, fruto del éxito que estamos gozando desde la revolución francesa y fruto de la pereza que creo que nos da el acometer otra revolución, de mucha menos envergadura, pero que necesariamente generará fuertes fricciones, como es adaptar la estructura empresarial al mundo democrático que debe de ser su marcó de referencia.

En definitiva, si tenemos un “contrato social rousseauniano” para lo público, que nos iguala a todos independientemente de nuestros méritos para las cuestiones más importantes, aquellas que nos afectan a todos, parece racional y consecuente el platearse un “contrato laboral rousseauniano” a efectos laborales de empresa, que no sea un mero contrato mercantil de intercambio de mercancías (dinero por horas de trabajo), sino un acuerdo para repartir de manera proporcional el capital de las empresas a modo de soberanía capitalicia, también independientemente de los méritos de cada uno. Siempre existirá un sueldo diferenciado según las responsabilidades que se desarrolle en el seno de la empresa, pero es necesario que a la hora del reparto de los beneficios todos los trabajadores tengan los mismos derechos. En este punto de conseguir no un sueldo, que siempre tenderá a la subsistencia o por lo menos a la baja en un mercado siempre tensionado por la falta de ocupación completa, sino que todos debemos de aspirar a unas “rentas del trabajo”.

… la pregunta que nos hacemos con esta trilogía de artículos es si es el reparto de la riqueza, a la postre, es una mera cuestión de reconocimiento de derechos ?

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