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Cambio climático y acción política


Incendios devastadores, olas de calor mortales, sequías pavorosas, inundaciones catastróficas, riadas arrasadoras,… los huracanes están al caer, dicho sea de paso, y no pongo la pandemia porque ésta, concretamente, no puede ser asociada de manera clara y directa, lo que no quiere decir que no tenga como origen nuestro modelo de producción y consumo. Sí, estamos hablando de cambio climático. Es un recorrido por esas predicciones que se hacían hace tres décadas y motivaron la famosa frase de Aznar de que podría ser, o no, un problema para nuestros nietos.

Este lunes, un nuevo informe del IPCC (Panel Intergubernamental de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático) nos confirma que se han venido pasando de prudentes durante los últimos 20 años. Por hacer una síntesis rápida de lo que dice, sin perjuicio de análisis más a fondo en próximas entregas, el cambio al que nos dirigimos si seguimos con lo que en la jerga se conoce como BAU (business as usual, los negocios como siempre) es tal que desapareceremos como especie. No vamos a cargarnos el planeta, sino nuestra vida en él. Y no será un problema de nuestros nietos, el problema ya estaba ahí cuando Aznar soltó esa perla para la historia universal de la infamia.

Lo que el informe del IPCC quiere transmitir es la urgencia de la acción. Ya no hay margen para componendas y actuar como si nada estuviese pasando. Hay que tomar decisiones difíciles desde ya, que tienen costes muy claros: actividades que no se harán, empresas que no ganarán dinero y empleos que no se crearán o desaparecerán. Y en algunos casos, con repercusiones que van más allá de lo económico. Estoy hablando, como no, de los aeropuertos de Barcelona y Madrid.

La cuestión no está en el impacto ambiental que tienen esos proyectos, ni dónde ha quedado la ambición política del nacionalismo catalán. Son dos temas que dan para mucho pero no son los importantes. Lo que está en cuestión es la transición ecológica y el compromiso con ella de este gobierno.

Porque este es el tipo de decisiones que confieren autoridad moral a una politica, y de hecho la configuran. No necesitamos incrementar el trafico aéreo, sino reducir nuestra dependencia económica del mismo. Ese es el nudo de la transición ecológica: crear otras actividades que vayan sustituyendo a aquellas que debemos abandonar. Y en España la tarea es ingente, vistas las dimensiones del sector turístico.

La astronómica inversión debería ir destinada a crear actividades alternativas que creen empleos tanto para el presente como para el futuro. La pandemia y los fondos de reactivación que lleva asociados deberían ser el punto de partida para empezar a construir un nuevo modelo económico. Y podríamos empezar por gastar dinero precisamente en concebir esas actividades, en diseñar que cambios legales, sociales e institucionales habrá que hacer, en pensar y diseñar un país adaptado al cambio climático que ya nos hemos garantizado. Sólo con canalizar el gasto que supondrá la ingeniería de esos megaproyectos tendríamos una aproximación bastante solvente a soluciones sobre lo que van a ser nuestras necesidades reales.

Nacido en 1967, es economista desde 1990 por la Universidad Complutense. En 1991 se especializó en Ordenación del Territorio y Medio Ambiente por la Politécnica de Valencia, y en 1992 en Transportes Terrestres por la Complutense, empezando a trabajar en temas territoriales, fundamentalmente como profesional independiente contratado por empresas de ingeniería.

Ha realizado planeamiento urbanístico, planificación territorial, y evaluación de impacto ambiental. En 2000 empezó a trabajar en temas de desarrollo rural, y desde 2009 en cuestiones de políticas locales de cambio climático y transición con su participación en el proyecto de la Fundación Ciudad de la Energía (en Ponferrada, León).

En 2012 regresó a Madrid, hasta que, en diciembre pasado, previa oposición, ingresó en el Ayuntamiento de Alcalá de Henares, en el Servicio de Análisis Económico.