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EL PERIÓDICO
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No hay quinta ola buena


Al final no hubo cuarta ola como tal en el conjunto de España, las medidas de control y sobre todo la vacunación funcionaron en la mayoría de las CCAA que lograron mantener una incidencia sostenida a la baja, si bien todavía superior al objetivo enunciado de los cincuenta casos por cien mil en catorce días. No cumplíamos pues el objetivo de incidencia acumulada previsto para flexibilizar las medidas de control, a diferencia de la primera ola en que la incidencia llegó a ser prácticamente inapreciable.

Por eso, como ya ocurrió el verano pasado, se dirá de nuevo que nos precipitamos en la desescalada y que hemos sido incapaces de coordinar la apertura entre el gobierno central y las CCAA. Y es que todas las desescaladas son a posteriori prematuras, precipitadas y desordenadas, al igual que las medidas para parar los rebrotes son siempre tardías e insuficientes.

De nuevo ha llegado la ola pandémica veraniega antes de tiempo, como nos ocurrió también el año pasado, pero con una diferencia radical que nos habla de otra etapa y casi de otro tipo de pandemia, más de transmisión de la infección que de enfermedad, y que se sostiene en un alto nivel de vacunación y como consecuencia en menos hospitalizaciones, menos enfermos críticos y menos mortalidad. Se trata en definitiva de lo que hemos estado buscando desde el principio de la pandemia: que la enfermedad no afectase los más vulnerables y que con ello no provocase el colapso del sistema sanitario, y en particular en los hospitales y en sus unidades de críticos, evitando el exceso de muertes y graves complicaciones futuras en los afectados. Todo para que sea posible recuperar la vida social, la actividad económica y el empleo.

Lo que no ha cambiado en toda la pandemia, incluso cuando ya parece verse el final, es que ha seguido siendo de nuevo un motivo añadido de confrontación política, jurídica y mediática, y no de unidad y cooperación. Los tiempos populistas mandan.

Polarizacion primero en el mes de Mayo, con respecto a la precipitación del momento final del estado de alarma, luego que si el mensaje de relajación del fin de la obligatoriedad de las mascarillas al aire libre en Junio y finalmente con el rechazo al carácter de imposición, devaluado en meras recomendaciones, de las actuaciones coordinadas propuestas por el gobierno al Consejo interterritorial con el objetivo de ordenar la desescalada. De nuevo, más que el momento, que nunca es el oportuno y menos para todos, lo fundamental era la posibilidad de acordar la progresión y coordinación de las medidas de desescalada, en particular en el proceso de apertura de la hostelería y el ocio nocturno, en el contexto delicado del incremento de la movilidad de las vacaciones veraniegas y de la aparición de nuevas variantes del virus con una mayor capacidad de transmisión. Lo que no esperábamos era que a la clásica contradiccion entre salud y economía, se sumase además en nuestro caso la de la hostelería y el ocio nocturno con respecto a la calificación de España como lugar favorable para la afluencia del turismo internacional. Ni contigo ni sin ti parecen tener mis males remedio.

Sin embargo, a estas alturas de la pandemia, todavía hay expertos que le echan la culpa de esta quinta ola al levantamiento de la obligación de la mascarilla en espacios abiertos con distancia de seguridad. Aunque hace tiempo que todos sabemos que no tiene incidencia alguna en la trasmisión y que ni siquiera ha dejado de utilizarse en esos espacios por parte de una gran mayoría de ciudadanos, sea debido a la inercia, por comodidad, por miedo o lo más seguro por precaución. Porque con carácter general la población ha seguido al dedillo las indicaciones sobre el uso de la mascarilla y el mantenimiento de la distancia social a lo largo de toda la pandemia, hasta convertirlo en un hábito social. Es verdad que no todos ni siempre lo han hecho bien, sobre todo en determinadas circunstancias, como en el momento de fumar caminando por la calle y en especial en localizaciones concretas como las terrazas, pero no ha dejado de ser por parte de una minoría escasamente relevante. Ahora, con el rebrote de la pandemia, hay también quien además de buscar culpables volviendo la vista atrás para reprochar la desescalada o la retirada de la mascarilla al aire libre, sigue proponiendo las medidas más estrictas, propias del estado de alarma, como los toques de queda nocturnos y los cierres perimetrales de ámbito general o autonómico, a pesar de haber sido cuestionadas recientemente por el Tribunal Supremo, pero sin antes adoptar medidas previas más selectivas, y no por ello menos eficaces, como son el control, las limitaciones de horarios o incluso el cierre de los locales públicos que no garanticen las distancias y la ventilación o las limitaciones de aforos para mantener la distancia de seguridad en los espectáculos al aire libre.

Con ello se olvidan que esta ola no es igual a las anteriores. No sólo porque ya no sepamos si es la réplica de la cuarta o se trata de una quinta ola, sino porque el alto índice de vacunación en España y en buena parte de Europa y de los países desarrollados, ha provocado ya un cambio cualitativo de la enfermedad inicial a otra pandemia básicamente infecciosa que, por otra parte es lo que hemos buscado desde su aparición entre nosotros. Ha vuelto la transmisión comunitaria a partir de la retirada de las medidas restrictivas del estado de alarma y la negativa al cumplimiento de las actuaciones coordinadas, pero esta vez la explosión está ligada al los grupos de edad más jóvenes, porque además aún no están vacunados, pero que también se encuentran en mejores condiciones de superar la infección de forma asintomática o con afectación leve. El brote ha sido finalmente explosivo, ya que por si no nos habíamos percatado de ello desde las elecciones madrileñas, se ha demostrado que psicológicamente hace tiempo que hemos pasado del cansancio pandémico a la nueva normalidad de la incertidumbre y la prudencia y en muchos casos, particularmente entre los jóvenes, a la euforia del verano, por otra parte también comprensible.

Por eso los indicadores de incidencia y de saturación hospitalaria tan solo ya no nos sirven, si no tenemos en cuenta además la incidencia en los tramos de edad más jóvenes y aún no vacunados, junto la atención primaria y los datos de rastreo para describir esta nueva ola, que tal parece otra pandemia pero que es el final de la misma pandemia, con un clima de esperanza, pero todavía con incertidumbre y riesgo. En consecuencia, tampoco las medidas pueden ser las mismas, salvo acelerar en lo posible y mejorar el acceso de los grupos vulnerables de los países empobrecidos a la vacunación.

Además, si alguien pensaba que era necesaria una nueva ley de pandemias, para tomar medidas restrictivas de la movilidad por razones de salud pública, más allá de la ley de medidas especiales de salud pública y del estado de alarma, sobre todo después de la reciente sentencia del TC, eso será prácticamente imposible. Para nuestro Tribunal Constitucional la única ley de pandemias es el estado de excepción. Las CCAA ya han empezado a comprobarlo en las resoluciones judiciales. Se ha abierto la veda y no precisamente en favor de la salud pública.

En resumen, no quiero ni imaginarme lo que estaríamos escuchando si al gobierno socialcomunista se le ocurre prorrogar hasta hoy el estado de alarma, como pedían los que primero lo votaron a favor, luego cambiaron para reclamar la libertad y ahora piden responsabilidades por el fallo del TC, al tiempo que echan la culpa a la decisión de finalizar la alarma y permitir estar sin mascarilla al aire libre. Las leyes de infecciones y de salud pública o los estados de emergencia y calamidad, que han regido la lucha contra la pandemia en Europa, en España al parecer no son suficientes. Los tribunales constitucionales que en Europa las avalan, sin embargo en España las tumban.Y todo porque para algunos España sigue siendo diferente, también en lo jurídico constitucional.

Tampoco soy capaz de ver las razones de peligro para el orden público y las instituciones democráticas que en marzo de hace un año habría podido esgrimir el gobierno para declarar el estado de excepción sin ser calificado de autoritario, y sin embargo sí las sigo viendo para hacer frente a la pandemia con el estado de alarma. Será que soy rojo y en consecuencia raro.

Médico de formación, fue Coordinador General de Izquierda Unida hasta 2008, diputado por Asturias y Madrid en las Cortes Generales de 2000 a 2015.